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Toda la gente y todo el mundo ve
Una revancha redonda en su pie

Maradó, Los Piojos.

 

Mi hijo se despertó a eso de las dos de la tarde. Le pregunté cómo estaba y me contestó con un “bien” de compromiso. Yo no, —le dije—, se murió Maradona. Como a él la pelota le importa cero, tuve que refrescarle quién era el Diez. Y no pude, se me quebró la voz y lagrimeé.

Me miraba entre sorprendido y horrorizado, como muchos chicos a los que les toca ver llorar a su padre. Pero el más desconcertado era yo mismo. No soy de lágrima fácil. Ya quisiera, no es una pose de machote insensible. No se me da. La noticia me dejó helado, me sentía incapaz de realizar una tarea muy simple que tenía pendiente. Había seguido toda la mañana la repercusión en los medios pero sobre todo la de la gente. Cuando mi hijo apareció, yo acumulaba horas de resistencia a dar por comenzado el duelo.

En el 79 me levantaba de madrugada para ver los partidos del juvenil en Japón. En el 82 me partieron el alma con cada patadón italiano. En el mundial de México ‘86, yo tenía casi la misma edad que tiene ahora Teo. Recuerdo dónde vi el legendario gol a los ingleses. En casa había dos televisores: en la cocina, el Sharp que habíamos traído desde Brasil (a color, una caja enorme y pesada) y uno pequeño blanco y negro que hacía mucha lluvia en la habitación de mis padres. La guerra de Malvinas estaba fresca aún, —como si un mundial para los argentinos necesitase más morbo— y el enfrentamiento se promocionaba como una batalla más. El partido más importante de nuestras vidas. Por eso llevamos el TV al living y lo gritamos sin poder sentarnos, sin poder creerlo. En los recuerdos importantes, uno atesora infinidad de detalles.

No voy a ponerme aquí a reseñar la vida de Maradona. A defender sus decisiones polémicas o halagar su imperfección, sus claroscuros. Soy escritor y para mí Maradona era perfecto. Un personaje complejo, tridimensional como anhelamos construir a los nuestros. Su arco dramático podría surtir varias temporada de la mejor serie dramática. Un imposible antihéroe del sur, que se las buscaba difíciles y pedía la pelota siempre. Nunca se sabía para dónde saldría esa vez. Y aunque la cagaba seguido, siempre hice fuerza para que le fuera bien. Para que cerrara bocas. Para que emergiera de sus tinieblas.

Diego me hizo llorar. En el 86 y más todavía en el 90, cuando lloró él. Pero el de hoy fue inesperado. No la vi venir. Un pase al vacío que me dejó solo. Me toca definir, poner el punto final con un pase a la red. Y festejar su vida con un abrazo imposible, el último antes de que eche a volar este inmortal barrilete cósmico.

 

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