Marina Perezagua: “El lenguaje del horror es fundamental”

La que fuera gran promesa de la literatura española con la publicación del libro de cuentos Criaturas abisales (Los Libros del Lince, 2011), pero sobre todo, de la colección de relatos Leche (Los Libros del Lince, 2013), es ya una realidad. Con la publicación de su primera novela: Yoro (Los Libros del Lince, 2015), desarrolla todo un universo narrativo en torno a la crueldad, el amor y el dolor del que ya habíamos dado cuenta en nuestro anterior número. Hemos charlado con ella de esta y otras cosas en la siguiente entrevista:

No sé si debo preguntar esto a su autora pero, ¿cuál es la verdadera criatura que se gesta en Yoro, la criatura imaginaria que se encuentra en la psicología de la narradora, la niña desaparecida que esta busca, cuyo nombre coincide con el título del libro, o la novela en sí?

Pienso que lo interesante es pensarla como la gravidez de estas tres circunstancias. El embarazo psicológico deja de ser psicológico cuando se revela el final de la historia, y al mismo tiempo pensar en la novela en sí como criatura responde a un proceso metaficcional que en este texto en concreto tiene más sentido, pues se cuenta un embarazo a través del embarazo mismo, no sólo a través de la novela como trasunto del embarazo.

¿Cuál es el grado de documentación para una obra tan exhaustiva como la tuya, que pretende abarcar buena parte de la historia de la segunda mitad del siglo XX y la primera década del XXI? En este sentido, ¿podrías citarnos cuáles han sido las fuentes más útiles para tu trabajo narrativo?

En realidad pienso que la documentación fue anterior al proceso de escritura, y que por ello salió la novela. Ya tenía el material y se formó naturalmente. Había vivido en Japón y tuve la oportunidad de contar con testimonios de hibakushas. Anteriormente también había leído bastante sobre el proyecto Manhattan, así que ambos lados de la historia se fundieron sin demasiada dificultad. Leí sobre todo no ficción, desde los clásicos Hiroshima o Death in Life, hasta informes militares del proyecto Manhattan.

Me ha sorprendido tu perspectiva sobre la ciencia del siglo XX. La literatura española suele moverse entre la condescendencia, la ironía o la ignorancia del sujeto científico. ¿De dónde crees que has sacado tu personal punto de vista?

Qué risa, no sabía que tenía un personal punto de vista. Pues la verdad es que no lo sé. Imagino que haber tenido un padre científico podría influir, o estudiar en la academia norteamericana, donde las humanidades, mal que bien, tienen a una visión algo más plural de las letras.

Después de dos libros de relatos (Leche y Criaturas abisales) con gran éxito de crítica, te acabas de enfrentar a una narración de largo aliento. Aunque se observan en ella rasgos característicos de tu literatura, como tu obsesiva relación con Japón o la reelaboración de experiencias biográficas desde la ficción, ¿qué diferencias observas entre la construcción de una novela y la de un libro de relatos?

Principalmente, en la novela tenía dos preocupaciones: el crecimiento de los personajes y el buen manejo de la tensión. La tensión es necesaria en el cuento, pero más fácil de manejar por la menor longitud. Pero, en general, por mi carácter más bien obsesivo, me he sentido más libre con la novela. Todo es siempre mejorable, pero en un cuento uno tiene la sensación de que puede alcanzar la perfección, y quizá sea una quimera, pero ésa es la sensación, mientras que en una novela larga la perfección es claramente un espejismo, y esto me ha relajado un poco.

Háblanos de Japón. ¿Por qué es un espacio tan recurrente en tus textos?

Desde pequeñita mi madre me contaba historias populares japonesas. Mi familia por parte de padre es de Coria del Río, descendientes lejanos de japoneses. Una vez un vecino del pueblo me dijo que su padre se había muerto queriendo volver a Japón, aunque nunca había ido. Me pareció maravilloso, porque yo crecí con esa misma sensación de pertenecer un poquito a esa cultura, de querer regresar aunque nunca hubiera estado. No fue hasta años más tarde cuando me fui con mi pareja en aquel momento, japonés, a vivir allí por un tiempo.

Y ya puestos, háblanos de las cosas que de verdad te importan cuando escribes.

Me importan mis personajes, quererlos mucho, que sean libres, que sean honestos, que no piensen en lo que yo quiero, ni mucho menos en lo que quiere un lector determinado. Que tengan vida por sí mismos porque ellos son mi gran compañía. Es como quien construye robots, llega a tener una relación muy personal con ellos, y a mí me pasa algo parecido, son bastante reales en mi vida, por eso no tiene sentido que se parezcan a mí o tengan mi voz, porque yo los creo para no tener que hablar conmigo misma.

Por un momento, cuando había superado la mitad de la novela, ante la mezcla de géneros pero la ausencia de parodia o pastiche, me dio la impresión de que estabas proponiendo una estética que superara el posmodernismo. Una propuesta en donde pudiera tener lugar el compromiso político. ¿Podrías detallar cuál es tu apuesta estética y cómo participa Yoro de ella?

Ay ay ay… yo no sabría responder a eso. Realmente no sé leerme a mí misma, y cuando escribo tampoco tengo una apuesta concreta. Sí imagino que el compromiso político es parte de ella, pero no lo es de un modo consciente. Quizá la rabia contra las Naciones Unidas vino en parte por haber pasado por una época en la que conocí a varios de sus miembros y quedé profundamente decepcionada, y luego una época en la que conocí a varias de sus víctimas. No sé si eso es político, quiero decir, era una rabia muy personal que se coló en el texto, pero no estoy segura de haber querido denunciar nada.

Tu novela se presenta con un subtítulo que reza: “Un viaje al corazón de la crueldad y del amor”. En este sentido, y enlazando con la pregunta anterior, ¿qué papel juega el lenguaje del horror en tu novela y en tu proyecto narrativo?

Ese subtítulo, en realidad, lo escribió mi editor, Enrique Murillo, pero sí, el lenguaje del horror es fundamental, y lo es por esa parte de la temática que podría ser un melodrama si el lenguaje no lo salvara. A veces todo es una cuestión de lenguaje. El melodrama es un drama al que se le ven las costuras, y hay que evitar esas costuras. Por momentos YORO es muy dura con temas de la cotidianeidad, reales, pero por momentos, y si no fuera por el lenguaje, podría ser una historia de amor incluso cursi. El amor es lo que salva a la novela de caer en el último infierno, pero al mismo tiempo el lenguaje es lo que salva al amor de caer en la cursilería que, en un mundo así, sería más que nada una impostura.

¿Qué proyectos literarios tienes para el futuro?

Estoy muy emocionada con mi nuevo proyecto. Si todo sigue como hasta ahora se publicará en septiembre. Es una idea muy simple, por eso prefiero no decir nada, porque con una palabra ya lo diría todo, pero me emociona mucho porque para mí es un reto lingüístico. Se trata de una novela humorística.

Para finalizar, ¿me podrías dar el nombre de tres escritores/as que te hayan influido especialmente, al menos uno de ellos iberoamericano?

Céline, Jose María Arguedas, José Watanabe.

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Carlos Gámez

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado ‘Managua seis’. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela ‘Artefactos’. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, “El blog de Carlos Gámez”, estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.