Los cuerpos

Cuerpo físico se le llama en la Física a un agregado de materia ordinaria. Los cuerpos físicos son “cosas” compuestas de materia que conviven con el espacio y el tiempo, ¿no?

Cuando oímos la palabra “cuerpos”, imaginamos la carne que vemos todos los días en la calle, en los edificios que tienen forma de torsos.

Damián miraba hacia arriba. Allí había un ombligo y unos pezones que podía tocar con la lengua: siempre estaban cubiertos de sudor.

A Damián le gustaba lamer el cuerpo de Carmen. Podía tocarla y recorrer todo lo que era ella y ella a su vez podía morderlo por sus amplios muslos que recordaban a las palabras “testosterona” y “sudor”, también.

El tipo era militar, pero tenía tatuajes muy tiernos: perritos y gatitos. Y le gustaba instalar en su cuarto neones con letras coreanas que no entendía. Su vida además implicaba estar hundido en el estómago de Carmen, con la cabeza casi rodeada. Él emparejaba la oreja con el ombligo y sentía una llama que quemaba debajo de la piel de su pareja.

Damián era “dominativo”. Tenía la firme creencia de que el cuerpo de ella era una extensión (inferior o degradada) del suyo, y Carmen pensaba similar, pero sin la connotación de poder. Ella lo veía a él como un cuerpo incoloro e inodoro que llegaba con fuerza hasta el centro de ella, para que luego ser atrapado por el vientre femenino mientras uno de los dos reía y reía y reía y reía.

Carmen vivía con un sentido de “curiosidad”, en especial por las distintas armas que Damián guardaba en el departamento. Una vez, mientras cogían, ella le dijo que le encantaría matar a alguien y él, sin mucho interés, le dijo que lo hiciera, “cuando quieras, anda”, y a ella nunca se le quitó la idea de la cabeza.

Entonces Carmen se imaginaba las balas recorriendo el espacio aéreo frente a sus ojos, lentas como en las películas. También veía videos sobre calibres de armas y disparos a objetos que iban desde pedazos de metal hasta trozos de carne de cerdo. Las moléculas saltaban y detrás de la explosión y sus fragmentos había algo “artístico”. Ella sentía emoción.

Lo que le importaba a Damián era tener cerveza adecuada en el departamento, a la hora adecuada, siempre, para satisfacer sus necesidades más básicas, ¿no? Necesidades que casi siempre eran ocurrencias nocturnas que se asemejaban a las que tienen las ratas en los laberintos de las coladeras de las grandes ciudades.

Damián se quitaba los audífonos, tomaba a Carmen de las muñecas y la miraba a los ojos. Luego la besaba, aunque ella se quedara fría. Unos segundos después Carmen sentía el deber de llevarlo a la cama para tener sexo como conejos. Sexo agresivo, cáustico.

Una vez, ella tuvo un sueño terrible donde sintió que las venas se le salieron de las muñecas, y despertó a Damián porque tenía miedo de suicidarse. Pero no pasó nada, no hubo ninguna muerte.

Él disparó pocas veces las armas que tenía en casa. A veces se tumbaba en el tejado en las madrugadas más oscuras, sacaba su Glock y apuntaba a los gatos que maullaban en las bardas. A veces, cuando sentía que no habría testigos, jalaba el gatillo y el animal herido caía al vacío. En esos segundos él sentía placer al esperar el sonido del cuerpo chocando contra el cemento de la calle.

En muchas de esas ocasiones, Carmen se colocaba a unos metros de él, y cuando Damián se aburría ella tomaba el arma. El hombre entraba al departamento y ella apuntaba a las ventanas de los vecinos. Un disparo o dos era suficiente para casi reventar un corazón con la adrenalina del peligro criminal, ¿lo disfrutas Carmen? Se preguntaba a sí misma.

Aunque no se sabe quién fue de los dos, un niño perdió el ojo por una de las balas perdidas. A Damián le sorprendió que la culparan a ella y no a él, un militar malencarado que tenía toda la facha de matar a quien sea. También se alegró, porque ese niño siempre jodía mucho y necesitaba una lección, se decía.

Cuando Damián la fue a visitar por primera vez a la cárcel, ella le dijo que lo había engañado: “No eres militar, mi amor”. Él se perturbó, entró en cólera y le confesó: “Pues yo nunca fui un hombre”, y le echó en cara que nunca sintió el ombligo de ella tocar su lengua. Carmen guardó la calma y le respondió que el departamento nunca existió. Él le dijo que sí, ella le dijo que no. Y de pronto ella se hartó y dijo que sus vidas eran borrosas. Del arma, del niño y del mundo, nadie confesó si existían o no.

Fin.