El futuro de mi cuerpo – adelanto de novela

—¿Está muy recia?

Desde las entrañas del Expreso Chihuahueño, Ángel demoró en entender que el conductor, un norteño de bigote áspero y vozarrón de rancherista, le dirigía a él esa pregunta indescifrable. Era uno de los pocos pasajeros que ya empezaban a estirar los brazos y a girar los cuellos, reconociendo desconcertados las sombras turquesas de la nevera en que se había transformado el autobús a lo largo de la noche. Esta agonizaba mientras ellos surcaban las soledades de Nuevo México en penosa escalada hacia el pueblo de Ratón.   

—¿Cómo dice? —preguntó Ángel, observando el sombrero de otro hombre despierto, un pasajero inmóvil a pocos asientos del suyo: un calvo muy delgado de unos cincuenta años de edad. Era el mismo vaquero que, antes de pasar por Las Vegas, le había buscado charla, le había dicho que la mejor hora para pescar en los lagos de altura eran las tres de la mañana. Las truchas picaban con empeño de suicidas. 

—Digo, que si no está muy recia la música —explicó el conductor, casi gritándole a través del camposanto de resucitados.

—Está bien —dijo él, percatándose de que una ranchera moribunda seguía pulsando en algún recodo del vehículo. Era la misma que lo había arrullado hacía unas horas y ya no lo molestaba. En cambio seguía ofendiéndolo la fragancia de orines que avanzaba desde el baño. 

—Un verdadero hijo de su señora madre —susurró el vaquero pelado, dándose vuelta y escrutándolo con sus ojos plomizos. Su español era pausado y cuidadoso, exacto y artificial como la aproximación de un felino—. Anoche nadie pudo dormir con el escándalo. Ahora, cuando podría servirnos de despertador, se nos pone hospitalario.

 Dejó escapar una risa desganada, un ronroneo de fumador antiguo. Esa voz, pensó Ángel, sólo podía pertenecerle a un glotón, a pesar de su manifiesta enjutez. En vez de soplar las palabras hacia el mundo, lo que deseaba era echárselas al buche, no sin antes haberlas escamado lenta y prolijamente como si fueran truchas de aquellos lagos desconocidos. Era desagradable esa idea; para espantarla se fijó en el sombrero del tipo. Dado el contexto de la presente aventura, debía admitir que no le quedaba ridículo. Era un hermoso sombrero tejano de color negro. ¿De dónde habría sacado el dinero, este pobre diablo, para adquirir una pieza tan soberbia? Ángel nunca podría comprar un sombrero así, menos aún ponérselo: era una prenda irremediablemente extranjera.  

Despechado, desvió el mentón y miró por la ventana. Sus ojos luchaban por precisar las imágenes. Tienes que despertar, estar muy atento para la misión de hoy. Fantasmas de pinos desfilaban tras el vidrio. Un grabado de placas superpuestas, azules en el centro y celestes en los bordes, traicionaba la temperatura del exterior. La nieve, llegada en disfraz de polvo inofensivo, los había sorprendido a la salida de Albuquerque y en algún pliegue de la noche se había soltado la cascada blanca, pesada y constante. La máquina se arrastraba ahora como un tractor sobre la carretera tapizada de hielo. A través de la luna delantera una romería de chispas rojas revelaba, con su radiación difusa en la nevisca, la congestión de la interestatal después de la tormenta.

—Nada que hacer, aquí estaremos sentados hasta mediodía —sentenció el vaquero—. Siempre es igual en esta temporada. Uno sale tarde y nunca sabe cuándo llegará, hasta que llega. Además, esta rata asmática no colabora. Ahora es cuando te arrepientes de haberte ahorrado los ochenta dólares que costaba el maldito Greyhound[GV1] .

—Pues qué… —se quejó el conductor consigo mismo—. Si aquí apenas quitan la nieve cuando se les toca el corazón.

Un oasis blanco, fangoso y obsesivo, lamía la orilla este de las Montañas Rocosas. Un agujero blanco, un escorpión sobre el mapa, disfrutando su momento. Ángel recordaba haber visto aquella masa amenazante en el pronóstico del tiempo. Quizá podría comentarlo con el chofer y el vaquero, pero no se animaba. Se notaba que ninguno de los dos tenía ganas de charlar, sino de ser escuchado. Tal vez ni siquiera eso. El acento del vaquero permitía imaginar las planicies incansables del Panhandle. Horas atrás, cuando había introducido el asunto de las truchas suicidas, Ángel prestó atención a su cantillo texano, aunque sin atreverse a pronunciar palabra. Siempre era así, temía hablar demasiado y que el interlocutor, éste o cualquier otro, terminara interesándose por su propio acento, acabara preguntándole de qué parte de México eres, muchacho, vienes a trabajar o qué, vienes a quitarles lo suyo a mis hermanos, o qué.    

—Marzo es el peor mes —musitó—. Nieve mojada y abundante.

—Más al norte puede ser. Aquí enero es el demonio mayor. Pero uno sube cuando debe subirse. Viajas porque tienes que viajar y, cuando empiezan a enterrarte los copos, ya sabes que estás jodido, aunque nunca te dicen hasta cuándo. El autobús no se detendrá a menos que el mismo George Bush se lo ordene. Una vez llegué a Denver a las dos de la tarde. Debía haber estado ahí antes de las siete de la mañana. Esta vez voy de camino a Cheyenne, en Wyoming, para ver a mi hija, la menor. Vengo de El Paso, me viste subir. Tú ya estabas adentro, pero me duele imaginar desde cuándo.

—Subí en Torrecilla. Yo estoy por allá.

—Al otro lado. Claro que sí, Torrecilla; creo que visité una vez. Pueblo tranquilo antes del narco. Seis horas desde J-city. Debes tener los riñones reventados. ¿Trabajas en Denver?

—Mi destino es Boulder. 

—¿Boulder? ¿Qué te lleva hasta allá?

—Mi novia. Ella…

—Ya entiendo. ¿Es americana?

—Claro —mintió—. Americana. 

El hombre proyectó hacia él su rostro pálido, y sonrió como si quisiera devorarlo.

—No puedo creerlo. Pensé que se habían extinguido: los pendejos, quiero decir. Amigo, estás perdiendo el tiempo. Cualquiera en tu lugar se habría casado ya con ella. Así te evitas estos viajes infernales. Dicen que Boulder es un buen rincón. Además, si vive allá… su cuenta bancaria debe verse bien.

Ángel no agradeció el consejo, pero se forzó a asentir.

—Cuántos camiones —volvió a quejarse el chofer—. Si hasta parece que estuvieran regalando cosas. 

El vaquero hizo un mohín de disgusto, volteó la cabeza y pareció hundirse en el sueño. Ángel hizo lo mismo, pero sabía que era imposible dormir más. Al pegar la barbilla contra su pecho lo golpeó la vaharada rancia de su propia chompa, que no se había cambiado en días. Sintió frío, lo cual era una buena noticia: había recuperado la sensibilidad. Rebuscó en el bolsillo del asiento, encontró los guantes. Sólo al mover las manos descubrió que las traía engarrotadas. Insultando a cada uno de sus huesos, se incorporó para orinar. Crearía un arroyo, sangraría aliviado todas las gaseosas de aquella larga ruta. Tuvo que levantar las piernas —como una garza borracha, pensó— para sortear los torsos de los pasajeros que dormitaban atravesados a lo largo del pasillo.