Yamandu Costa desafía los sonidos del Brasil

Ver a Yamandu Costa tocar la guitarra brasilera de siete cuerdas es una experiencia inolvidable. Sus dedos se deslizan rápida y naturalmente de un lugar a otro del diapasón marcando unos ritmos incomprensibles. “Estoy loco por los sonidos, por la música, por la manera de sentir” nos dice en el documental “Brasileirinho: El sonido de Rio” (2005), cuando se le pregunta acerca de su visión artística. Y verdaderamente, esa locura de sentir se refleja en el vocabulario innovador que el joven guitarrista nacido en Rio Grande do Sul, Brasil, ha desarrollado desde sus primeros trabajos discográficos centrados en la música popular brasilera y latinoamericana. Hijo de un matrimonio de ascendencia italiana, portuguesa y española, la sensibilidad creativa de Yamandu siempre ha emanado espontáneamente por los rumbos de la multiculturalidad. Como él mismo asegura, su música intenta crear puentes y vasos conectores entre las varias corrientes musicales que nutrieron su niñez y adolescencia. Crecer en Rio Grande do Sul, un área fronteriza que colinda con territorios uruguayos y argentinos, también significó un hito fundamental en su formación como guitarrista, especialmente por la influencia de la “cultura gaucha” que se extiende a través de esta amplia región y modula mucha de las expresiones populares mantenidas en los tres países limítrofes. Así, muchas veces podemos ver a Yamandu Costa, un músico que se autodefine como popular y folk, dando conciertos en auditorios formales como el New York City Classical Guitar Society vestido de bombachas, pañuelo en cuello y sorbiendo traguitos de hierba mate entre canción y canción, siempre orgulloso de su herencia gaucha.

Mi primer encuentro con la música de Yamandu fue a través de uno de sus primeros álbumes, “El negro del blanco,” grabado en 2004. Aún recuerdo la primera impresión de incredulidad que tuve al oír los acordes y la sincopa descabellada de su guitarra acompañando el clarinete flexible y lirico del maestro Paulo Mouro, fallecido en 2010. En este álbum de dúos, Yamandu se presenta ya como un guitarrista maduro, seguro de sí mismo y dueño de una mentalidad creativa que pareciera desafiar toda convención estética. Y de allí mi incredulidad. Yamandu utiliza la guitarra de siete cuerdas como una orquesta percusiva donde los bajos, los acordes violentos y cromáticos y las líneas melódicas enrevesadas se multiplican y entretejen construyendo texturas que, casi milagrosamente, fluyen con una dulzura conmovedora. Me tomó un par de años comprender el mensaje de Yamandu. La velocidad de su ejecución, las transiciones a veces caóticas y siempre sorpresivas de su fraseo, el romanticismo que se asoma fugazmente entre rasgueados y contrapuntos negligentes, todos estos elementos estilísticos producen una sensación de sorpresa en el oyente. Hacen de su música algo inesperado, conmovedor, a veces gracioso también, hipnotizante sin lugar a duda. Cuando retomé mi exploración de este álbum colosal, luego de vencer la incredulidad de mi primera experiencia, pude darme cuenta que mi reacción fue una suerte de defensa frente al torrente de creatividad espontanea que fluye de esta grabación y que atenta contra lo convencional.

En “El negro del blanco,” Yamandu hace gala de una amplia gama de registros sonoros, realizando arreglos de temas clásicos latinoamericanos que incluyen “Gracias a la vida” popularizada por Mercedes Sosa, la milonga argentina “Taquito Militar,” y un tema tomado del ya clásico álbum Buena Vista Social Club (“Del camino a la vereda”). Además, el álbum incluye reinterpretaciones de clásicos temas brasileros provenientes de la riquísima tradición del choro en los cuales el guitarrista introduce elementos del jazz, rasgueados flamencos y divisiones rítmicas propias de la samba argentina.

Fruto de una amalgama y experimento, “El negro del blanco” lanzó a Yamandu a la popularidad internacional y cimentó una carrera de concertista de guitarra que hoy sigue en ascenso. El brasilero ha ofrecido conciertos y clases maestras en los mayores auditorios del mundo y es considerado un músico formidable e innovador no solo por los amantes de la música popular latinoamericana sino también dentro de los circuitos de la música clásica y el jazz. Su extravagancia y apasionamiento son difíciles de encasillar dentro de una etiqueta musical. Debido a su contenido improvisado, muchos críticos tienden a describir su música como jazz. Otros tantos lo perciben como guitarrista clásico. Pero en una entrevista incluida en el documental “Brasileirinho” él mismo nos da la respuesta. Sentado con una cerveza al lado, su guitarra y un cigarrillo humeante, Yamandu describe su música de una manera muy distinta: “Yo nací respirando música. La música me hace bien, me hace sentir felicidad. [Siento una locura] por la palabra que no existe, por el color que no existe. La música que hago se resume a eso: yo busco ese color.” El color perdido, el color inexistente. La búsqueda constante que lo convierte en un artista fronterizo y a la vez unificante. Su música engloba la sensibilidad del gaucho, de la samba brasilera y el choro, de la harmonía y la estructura europea clásica, del romanticismo inmoderado del tango y la milonga, del costumbrismo de la samba argentina, su música se desfragmenta y recompone con exhilarantes improvisaciones y desfases rítmicos impulsados por el jazz. Para aquellos que buscan explorar los nuevos caminos de la música latinoamericana total, plena de fusiones, reinterpretaciones y respeto por la tradición, los discos de Yamandu Costa constituyen un mapa de viaje insuplantable. Recomendables son “Yamandu + Dominguinhos” (2207), Costa “Lida” (2007) y “Mafúa” (2008).