XXY: la marca del lugar común

A mediados de la década del ’70 mis padres –él médico cirujano; ella bioquímica— trabajaban en una clínica del centro de Buenos Aires. En un momento, mi madre vio que su pareja conversaba con una mujer de una belleza cautivante, en la que había algo extraño, tal vez exótico. A la noche, ya en casa, le preguntó quién era esa mujer. Mi padre le comentó que era una vedete argentina, pero que hacía muchos años vivía en el exterior. La actriz había venido por una consulta médica. Al hablar de su historia clínica, le reveló el secreto: había nacido con los dos sexos. Recién en su adolescencia la habían operado, y no podía tener hijos.  Era algo raro, le comentó mi padre, pero había algunos casos similares en el mundo.

El film argentino XXY (2007), de la directora Lucía Puenzo, que ganó el Gran Premio de la Crítica en Cannes, aborda el tema de la intersexualidad. La protagonista es una adolescente de quince años de nombre Alex (interpretada correctamente por la actriz Inés Efron) y sus padres: Kraken y Suli (Ricardo Darín y Valeria Bertuccelli). La familia de argentinos ha decidido irse del país y recaer en las costas de Piriápolis, en el Uruguay.

La pareja se ha recluido en un lugar desolado a causa del “secreto” que tiene Alex. Esa tranquilidad se rompe con el arribo de un matrimonio amigo: Erika (Carolina Peleritti), su esposo Ramiro (Germán Palacios) y su hijo adolescente Álvaro (Martín Piroyansky). Esa llegada tiene un por qué: Ramiro es cirujano, y plantea el dilema de la historia: ¿la joven se operará sus genitales masculinos?

Con ese argumento, Puenzo estructura un film poblado de lugares comunes, empezando por los diálogos: todo está supeditado al problema que vive la jovencita. Hay sobreactuaciones, con un intento –y como todo forzado– de darle un clima ambiguo al film. La locación, en un paraje olvidado y siniestro como es esa parte del Uruguay, subraya el cometido. Los tiempos cinematográficos con los que la directora eligió realizar la obra son muertos. Casi nada parece suceder excepto el drama de la adolescente.

Desde el vamos hay falencias, empezando por el nombre de la protagonista, Alex, que podría ser de mujer u hombre. La profesión del padre, biólogo, no hace más que insistir ese clima que intenta dar Puenzo a su obra. Pero la directora olvida que el cine ante todo es imagen, no diálogo. Eso es para la literatura. Hay que mostrar o sugerir, pero no decir. Y esta película por momentos parece una obra de teatro: los protagonistas hablan, expresan sus sentimientos de la boca para afuera.

Algunos ejemplos de diálogos forzados son del tipo: “Si soy tan especial, ¿por qué no puedo hablar con nadie?”, pregunta la adolescente al papá.  En otro momento, Álvaro le dice: “Sos rara”. Y ella le contesta: “Vos también”. En otro, el padre afirma: “Vos sos distinta. No sos normal. Toda la gente te mira. ¿Por qué? Vos lo sabes”.

En el film hay un pequeño enigma durante los primeros 20 minutos, sin embargo. Y es por qué Alex le pegó a otro amigo. Álvaro se lo pregunta como también el espectador, pero aun cuando sea fácil deducirlo, ese pequeño señuelo prenderá en la curiosidad del espectador.

Pero Puenzo necesita más forzar el drama de la historia. “Estoy segura que fue acá. Acá quedé embarazada de Alex”, le dice la mamá a su amiga que ha venido de Buenos Aires y le señala el lugar –una playa salvaje, con olas frías–. Le confiesa que tenía miedo de que alguien pudiera preguntarle por el sexo del bebé: el problema desde el comienzo de gestación de Alex, eso quiere hacernos entender la directora, una y otra vez.

Y allí entonces la cuestión: ¿deberá tomar los medicamentos Alex para no convertirse en hombre?, remarcando así el bello en la cara y otras partes del cuerpo que se cubrirán de virilidad.

No obstante, Alex disfruta de su pene. En su satisfacción masculina Puenzo quiero dar escándalo: si quisiera Alex usar sus genitales femeninos no habría tal tensión. Cuando Alex, después de coquetear con Álvaro, finalmente tiene relaciones sexuales, es ella la que lo penetra. El muchacho queda sorprendido, pero luego se deja llevar por el placer. Pero, recordemos, tiene que haber drama: entonces el coito es interrumpido por el padre de Alex. Ya en soledad, Álvaro se masturba llorando, mientras que ella, en su cuarto, también llora…

Hay algo que debería romper este drama: el chico acepta el sexo de Alex. Y eso es lo que sucede hoy en día en varios países: los chicos entienden la diferencia sin mucho “rollo”. Es sólo (y nada más importante) que sexo.

En esa reacción está íntimamente la falencia del film: visto desde el presente, XXY ha quedado demasiado viejo.

De todas maneras, aun cuando en el tiempo de su filmación era un tema con cierta polémica, está mal hecho desde el punto de partida, ya que es un artificio para solo traer cierto escándalo.

Finalmente, la cuestión si Alex se operará o no, queda resuelta. Mientras sus progenitores quieren que sea una mujer, la adolescente prefiere no pensar en el dilema. “Mis padres me dan lástima… están siempre esperando”, dice ella.  En otro momento, le contesta al padre, que insiste en la operación: “¿Y si no hay nada que elegir?”.

Un recurso probablemente efectivo en todo este asunto es nunca ver los genitales de la adolescente. Sólo lo sabemos por la reacción que tienen aquellos que los han conocido. Esos dos sexos parecen golpear a los habitantes de la pequeña ciudad donde vive la familia.

En el film de Puenzo hay muchos errores, como falencias de diálogos y de actuaciones, aún con un elenco encabezado por Ricardo Darín, Valeria Bertuccelli y Germán Palacios. El argumento no es muy elaborado, y todo se lo deja en la boca al espectador. Es una verdadera pena ya que daba para más una historia con buena producción como la tiene XXY.

Contada con un tiempo de narración lento, el film no ha sabido mantener algo de misterio, probablemente, porque desde el vamos, era una obra poblada de banalidades, una obra fallida.