Volver a Miami Beach

Este domingo no pudimos más y nos escapamos de nuestra casa en los suburbios occidentales de Miami hacia el mar.

Con mi hija mayor al volante, atravesamos una autopista 836 sin su habitual congestión de tráfico y cruzamos el largo puente MacArthur hacia Miami Beach, sobre la bahía de Biscayne. Los enormes cruceros de recreo, vacíos y varados en el puerto, eran un deprimente testimonio del cambio en nuestras vidas, de la parálisis en la actividad cotidiana causada por un microscópico enemigo salido de Dios sabe dónde.

 

Calles abandonadas

Al entrar en Miami Beach, la infrecuente soledad de sus calles estaba agravada por un súbito aguacero que empezó a caer mientras cruzábamos el MacArthur Causeway y que cesó de golpe, cuando paseábamos en el auto por la avenida Collins.

El sol salió sobre las calles abandonadas, mientras la playa seguía cerrada, en muchos puntos con rejas que impedían el acceso a la arena, al mar prohibido.

Compramos el almuerzo a través de la ventanilla de servicio de un restaurante Burger King en la calle 41 y comimos en el estacionamiento vacío. La calle, de la que sale el puente Julia Tuttle cruzando la bahía de Biscayne hacia Miami, ahora estaba sin gente, exhibiendo sus negocios cerrados. Alguna persona enmascarada pasaba de vez en cuando por la acera, con expresión de incertidumbre y de temor, como si se hubiera fugado de alguna parte.

 

Solo en el crucero

Al regresar a los suburbios del oeste, al pasar de nuevo por el MacArthur Causeway junto al puerto de los cruceros, vimos en la cubierta más elevada de uno de los barcos a un hombre solitario que corría haciendo ejercicio. ¿Quién era? ¿Un guardia de seguridad? ¿Un tripulante rezagado, imposibilitado por el cierre de regresar a su vivienda en otro estado y que había optado por capear la epidemia en el buque? ¿O un pasajero audaz, que a última hora había decidido ocultarse en el crucero y quedarse como un polizón, disfrutando una aventura única en la vida, la de vivir solo en el buque, convertido por unos días en una mansión gigantesca y exclusiva a su entera disposición? ¿Quién sería el Robinson Crusoe del crucero?

La playa que amamos

Atrás dejábamos Miami Beach, la hermosa ciudad playera con sus concurridas calles ahora vacías, sus visitados negocios ahora cerrados, sus pintorescos edificios de arquitectura art deco desnudos bajo el sol del ocaso. Pero el escape del arresto domiciliario había sido un bálsamo contra el asedio del virus. Nos permitió admirar con más intensidad la belleza de nuestra ciudad; valorar más el lugar donde vivimos, estudiamos, trabajamos y crecemos como seres humanos; fortalecer el amor que sentimos por Miami. Y prometimos que cuando pase esta epidemia y la ciudad se abra de nuevo, lo primero que haremos será salir corriendo hacia Miami Beach y lanzarnos de cabeza a las azules aguas del Atlántico, sumergirnos, nadar, bañarnos y abrazarnos en el océano que nos pertenece, en la playa que tanto amamos.

Andrés Hernández Alende

Andrés Hernández Alende (La Habana, 1953) es escritor y periodista. Ha publicado las novelas El ocaso, El paraíso tenía un precio, De un solo tajo, Bajo el ciclón y La espada macedonia. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump. Escribe una columna de temas sociales y políticos en la revista Suburbano, El Nuevo Herald (Miami) y Mundiario (España), y tiene un blog, El Blog de Alende.

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