Veneno letal

La serie de True Crime de Suburbano se desplaza hoy a Estados Unidos, hasta la primera ejecución de un ciudadano uruguayo en territorio norteamericano, narrada por la pluma de su compatriota, el escritor Hugo Fontana (Toledo, 1955), colaborador habitual en esta revista. Veneno, que así se llama el libro, se editó por primera vez en el año 2000 en Lengua de Trapo. Disfrutó de una primera reedición en 2007 por parte de Sudamericana. Y ahora se ha convertido en el primer título de la colección SED Outsiders, la rama de Suburbano Ediciones (SED) que publica a autores radicados fuera de los Estados Unidos. Calidad no le falta.

Resulta lógico si atendemos al historial de Fontana, un escritor contrastado con una vasta obra a sus espaldas donde destacan, además de Veneno, La novela de Héctor Amodio Pérez (Cal y Canto, 2001 y Ediciones Puntaobscura, 2012), en la que compone literatura con la vida del guerrillero tupamaro Amodio Pérez antes de que reapareciera en público, y la colección de relatos Oscuros perros (Ediciones de la Banda Oriental, 2001). Las publicaciones de Fontana se extienden a la poesía y el ensayo, además de los numerosos cuentos y las muchas novelas. Pero el autor uruguayo ha cultivado con especial esmero el relato biográfico, como sucede en la novela El agua blanda (HUM, 2017), donde narra el secuestro de un avión por parte de un grupo de peronistas, y el género policíaco, por cuanto el tema que cubre Veneno le va como anillo al dedo.

El libro no solo narra la ejecución de José Eduardo González Broemberg, alias Tapita, en una cárcel de Texas, sino que se interna en la vida del protagonista, en sus amistades y su infancia, en su gusto por las prostitutas, en su primera emigración a Venezuela para luego desplazarse a Nueva York, en donde establece un negocio de perfumería que llamará Veneno y que da título al escrito. Utiliza un estilo muy coloquial, directo, escudado a veces tras el periodista que viaja a Toledo para informarse de las circunstancias que rodearon la vida de Tapita, otras como un simple colega que habla del amigo con ironía y cariño, otras a partir de las cartas que el reo envía a sus amigos. Lo que está claro es que el narrador es muy cercano al condenado: “Yo viví algunos años de mi adolescencia pegado al Tapita, a Juan Carlos Olague y a Enrique Soria Casanueva” (p. 9), y saca buen provecho de ello hasta el punto de convertir al autor en personaje. Ese es el elemento más destacable del libro. Se trata de un True Crime en donde el narrador forma parte de la historia.

En el texto se pone especial relieve en las diferencias que existe entre un preso gringo condenado a muerte y otro de origen hispano:

Si Tapita hubiera nacido en cualquier lugar de Estados Unidos, en Minnesota, San Francisco o Georgia, y no en la casa de sus padres, en la calle Tomás Berretta sin número, Toledo, departamento de Canelones, seguramente hubiera recibido durante los dos años en que estuvo en prisión una infinidad de cartas, sobre todo de mujeres y de adolescentes, y se hubiera hecho objeto de un impredecible número de poemas y textos de toda índole que le habrían llegado por correo o que se hubieran difundido a través de malos suplementos literarios o peores revistas de actualidad (p. 36).

Fontana construye el relato por capas, alternando la vida cotidiana del preso con las reacciones en los medios uruguayos, los recuerdos de su existencia y las opiniones de los que lo conocieron. Va posponiendo las razones del encarcelamiento de Tapita hasta casi el final. No haré un spoiler. Pero las circunstancias son muy distintas de las que este lector, advertido por los adelantos del narrador, pensaba encontrar. Habría que ver qué grado de sorpresa comparten ustedes. Por eso los animo a la lectura. Tal vez lleguen a la misma conclusión que yo después de leer pasajes como: “No queda claro en la Biblia si Caín fue condenado a muerte o al destierro, aunque se supone que por la gravedad de su crimen el castigo mayor, el más doloroso del que podía ser objeto, fue tener que abandonar su tierra y marchar sin rumbo por lugares definitivamente ajenos durante el resto de sus desdichados días” (p. 47). No es otra que pensar que el mensaje que subyace a la historia de José Eduardo González Broemberg es el del desarraigo. Tapita pierde el control cuando descubre que ya no es de ninguna parte, ni siquiera de su Toledo natal. Su identidad se ha difuminado con tanto viaje y tanto negocio y ha olvidado mantener su espíritu con los pies en la tierra. Se percata en su último viaje al Uruguay, cuando ya nadie viene a recogerlo al aeropuerto, cuando ya nadie quiere acompañarlo en una ronda de putas en la que piensa invitar, cuando ya nadie afirma que sean amigos desde siempre. Al regresar a Nueva York se dejará llevar por su inconsciencia y su alcoholismo y acabará en el corazón de Texas. Eso, asociado con una sociedad puritana y racista, que ve mucho más en los sucesos acontecidos, será un cóctel letal para Tapita.

 

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