#Underground: Nostalgia por las anotaciones

 

“Siento que estoy acabado como escritor. Cada frase que escribo me parece carente de valor, inútil por completo.”, fue lo último que escribió en su vida Raymond Carver, lo anotó en un cuaderno personal en agosto de 1988.

Las anotaciones son cadáveres lanzados al mar de la memoria, un cúmulo de ideas desordenadas, sin conexión alguna, pero que representan el germen de algo superior: una enfermedad llamada literatura.

Almaceno en mi armario una veintena de libretas abundantes de anotaciones, esas notas me constituyen. Apostillas que funcionan como una cartografía genética, y que mediante varias inscripciones, me asignan un lugar físico en el genoma del caos.

Cada uno de mis textos que han sido publicados —tanto impresos como en línea— han surgido de aquella espesura, de la profundidad de un mar repleto de simientes y grafías. En eso consiste este oficio: ultrajar tumbas o rescatar víctimas del océano.

Cuadernos de diversas formas, colores y materiales, sin importar la marca o el lugar de fabricación —según he visto, las ‘Moleskine’ son para quienes no escriben—. Pueden ser cualquiera, del tipo colegial, el ejecutivo, el artístico, el francés, cuadriculados, con pautas, milimetrados; lo importante quizás en estos casos sea el tamaño, la ergonomía que le puedan conferir a tu cuerpo y a tu bolsillo o la grafomotricidad, la coordinación perfecta entre la vista, la mano y el propio papel. Las libretas son receptáculos de la motricidad y la mirada crítica de un mundo ordinario.

No obstante, el asombro siempre se aloja en las pequeñas cosas. He leído grandes frases de amigos novelistas que fueron escritas en un inicio en tickets de lavandería, servilletas de cafeterías o revistas de hoteles; sentencias que bien podrían ganar el ‘Premio Internacional José Bergamin de Aforismos’; grafías duras, eyaculadas en la inmediatez material o la inmundicia de las fechas. La literatura es espontánea y yo un negligente con ella, un distraído que por el miedo a extraviarlo todo, opto por los cuadernos en lugar de los recibos de la cervecería.

A pesar de ello, de su tamaño, ergonomía y colores radiantes, he extraviado un par, y los he llorado más que a una exnovia. El primero lo dejé en una cantina; hablaba con una mujer, una prostituta joven que me contaba cosas “lascivas” acerca de su oficio, yo lo anotaba todo para incorporarlo después a algún cuento. Encantado por lo que había registrado, bebí de más y me largué a otra tasca con otra mujer a continuar la zambra; la acompañante y la libreta se quedaron en la cantina, sabias las dos.

Me lo reproché después, cuando recordé todo lo que había escrito en aquél raudal de hojas de papel dislocadas, el aparente fárrago de pliegues y tinta, un cuaderno barato, pajizo, completamente modesto, que contenía anotaciones sobre lecturas, frases o pensamientos extraídos de las salas de cine, conversaciones, relatos enteros y argumentos para otros. Bazofia, y la memoria no tiene cubo de la basura para tantos datos inútiles. Tito Livio escribió lo siguiente en un pergamino que extravió intencionadamente: “Olvidemos lo que ya sucedió, pues puede lamentarse, pero no reescribirse”.

El segundo no fue del todo un extravío. Mi hijo y yo abordamos un taxi en diciembre, al llegar a nuestro destino y tratar de pagar por el servicio, el chofer argumentó que carecía de dinero suficiente para devolverme el cambio, le ordené que descendiera del auto para feriar, pero se cruzó de brazos engullendo expresiones que no voy a escribir aquí, así que salí con André para realizar dicha acción en un centro comercial —tuve que dejar mi mochila como garantía—, cuando regresé, el tipo ya se había marchado, llevándose mis documentos personales: un par de libros de Pedro Juan Gutiérrez, uno de Reinaldo Arenas y el cuaderno de notas casi a terminar; libreta que había comenzado en febrero en un hotel de Zacatecas. Un año de trabajo, un libro a medio concluir y una serie de anotaciones que daban fe de la sucesión de mi existencia.

Los fantasmas son espectros extraviados, hasta que alguien teclea la combinación exacta de letra y resucitan por un instante. Al no ser reescrito, o mientras esa libreta vague por un mundo cuya importancia es nula, yo estaré cayendo rápidamente en el olvido. Un fantasma entre líneas que rompe el nuevo día sobre hojas desiertas.

En la película ‘Memento’ (2000), Leonard Shelby es un detective que a causa de la memoria sensorial, convierte su cuerpo en un cuaderno de notas con detalles ambiguos sobre el asesinato de su esposa.

Tal vez sea una buena idea convertirse en una librea andante, salir a la calle y tatuarse los registros de las panorámicas y las lecturas leídas, los argumentos futuros o los elementos básicos para el desarrollo de la vida. Comenzar a hacernos la idea de que más vale un cuerpo tatuado, que una memoria larga.

 

 

 

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Alfredo Padilla

Alfredo Padilla

Alfredo Padilla (San Luis Potosí, 1983). Estudió Comunicación en la Universidad Mesoamericana. Narrador y periodista cultural. Autor de los libros 'Una pastilla más para que pase el dolor' (Ponciano Arriaga, 2015), 'Monólogos de un niño inconforme' (Abismos, 2017), 'Guadalajara Caníbal' (Paraíso Perdido, 2018) y 'Cadáver' (Lázaro Ediciones, 2018).