¿Una voz inmigrante?

Este artículo puede parecer extraño desde los Estados Unidos, en especial, para los lectores de Miami, en donde la emigración y las voces de los inmigrantes están a la orden del día, sobre todo en la literatura. Pero no se puede decir lo mismo de la literatura hecha en España. Pese a que el país ha pasado de ser un estado que exporta emigrantes —los famosos “gallegos” que poblaron toda Latinoamérica, como saben los cubanos o los argentinos; o la emigración a la Alemania o la Francia de los años 60, que tan bien plasma el cine de la época— a una economía nacional que importa inmigrantes. Las razones de este cambio, principalmente económicas, se concentraron exponencialmente en la primera década del siglo XXI hasta la crisis financiera provocada por las hipotecas basura. Muchos de aquellos inmigrantes regresaron a sus países con la llegada de los problemas económicos y el retorno a la humilde condición de una sociedad que se creyó rica. Pero ya la piel de la población española había cambiado definitivamente. Al tono moreno del mediterráneo, y a la cuajada palidez de las gentes del norte de España, se habían unido el ébano de las pieles africanas, los tonos broncíneos del norte de África, los cabellos lacios del indígena latinoamericano y los ojos rasgados del Extremo Oriente.

Sin embargo, eso que Ricardo Menéndez Salmón ya reclamaba en una entrevista del año 2009: una gran novela acerca de la inmigración, aún no ha llegado hasta los lectores españoles. El brillante escritor onubense: Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978), autor de la no menos brillante Democracia (Seix Barral, 2012) lo intenta en su última novela: Cabezas cortadas (Seix Barral, 2018), la historia de una joven perteneciente a la generación 15-M que, por razones laborales, tiene que desplazarse a vivir desde España hasta el extrarradio de Londres. Pero el resultado es decepcionante. El autor pretende poner a la narradora al nivel de los inmigrantes más marginales de los barrios más marginales de una Inglaterra pre-Brexit, con la intención de presentar al mismo nivel de pobreza a esa generación que se consideró como la más preparada de la historia de España antes de la crisis, y como la más desgraciada después de ella: los indignados. Aunque sus intenciones sean loables, ese es el mayor fiasco del planteamiento narrativo, y se arrastra por todo el texto. Por mucho que se quiera, la educación, el entorno sociocultural y las expectativas de esos jóvenes, no son comparables a los que comparten buena parte de esos inmigrantes que se juegan el cuello para alcanzar los países ricos, cosa que no hacen esos jóvenes que abandonan España en avión o en tren, pero con los papeles arreglados, por lo que nadie les acusa de ser existencias ilegales. Es triste ese exilio económico, pero las mochilas personales no resultan comparables, y la estrategia de Gutiérrez tapa la voz y la mirada de esos otros inmigrantes que están al borde de la exclusión en las sociedades de acogida, incluida la española.

La primera novela de Munir Hachemi: Cosas vivas (Periférica, 2018), es otra cosa. Cuenta una historia generacional en la que 4 muchachos nacidos en España se trasladan a Francia para trabajar de temporeros. Se trata de una novela que rompe tópicos, en especial, en torno a la inmigración: la voz del narrador, de origen argelino por parte de padre, como se explicita, es aún más burguesa que la de los españoles, algunos de ellos de origen obrero. Y los jóvenes criados en España se convierten en Francia en inmigrantes que son capaces de hablar de la inmigración en otro país. Quien se acerca a estas páginas queda en choque, no solo por la excelente prosa, también por la originalidad de los planteamientos. Pero sigue pareciendo necesario emigrar para hablar en primera persona de la inmigración. Y ese proyecto de la gran novela sobre el fenómeno en España sigue estando huérfano, cuando no lo está en las letras catalanas gracias a la intensísima obra de Najat el Hachmi, (Nador, 1979), escritora catalana de origen marroquí. Y no es que este lector busque una voz exótica u orientalizada de la realidad contemporánea española que sabe que es falsa, sino que esperaba encontrar esa voz que Menéndez Salmón cita, la del hijo de inmigrantes que se cría entre los españoles y desarrolla una sensibilidad diferente, una mirada diferente, aunque cercana, del mundo que le rodea, tal y como muchos escritores latinoamericanos han sabido sublimar literariamente ese exilio, también en España. Pero el latinoamericano que viaja lo hace desde la cultura, aunque también lo haga desde la pobreza, y lo novedoso sería ver el crecimiento cultural de esas personas que lo hacen en una sociedad que no parece querer pertenecerles del todo. Se puede criticar ese punto de vista. Pero todo el mundo se llena aún la boca con el Pijoaparte que protagoniza Últimas tardes con Teresa, la figura literaria capaz de ilustrarnos el fenómeno del emigrante del sur de España en Cataluña.

Por suerte, siguen habiendo flecos, pequeños flashes literarios que recogen ese tránsito migratorio, como Intento de escapada, de Miguel Ángel Hernández. Aunque se trata de una novela sobre el mundo del arte y no sobre la inmigración, el trabajo que el narrador: Marcos, realiza con Omar, un inmigrante africano que debe formar parte de la instalación del famoso artista Jacobo Montes, alter ego de Santiago Sierra, y que desaparece sin dejar rastro en extrañas circunstancias, sigue siendo el testimonio más evidente de una voz inmigrante en la literatura escrita en España. Esperemos oír más voces en el futuro.