Una poética del desarraigo 

Tardé veinte años en leer a Gisela Heffes. La primera vez que supe de ella fue simplemente por una foto en Los Inrockuptibles. A pesar de no tener papeles trabajaba en un sello de rock latino y tenía acceso a muchas de las revistas que se publicaban en América Latina. El epígrafe de esa foto en blanco y negro que mostraba a una veinteañera estudiante de literatura informaba de una trilogía y de un inminente viaje a Europa. Todo eso estaba bien, pero era algo hasta predecible para una joven durante los ’90 en Buenos Aires. Lo que me llamó la atención del artículo fue la mirada de la autora. ¿Cómo debía escribir alguien con esa filosa y profunda mirada?

No lo supe hasta que Fernando Olszanski me convocó para editar Don´t cry for me, América. Cada uno trajo un índice con posibles autores para integrar la antología y entre esos nombres apareció el de Heffes, que ya había estado en otro trabajo ideado por Fernando. Así me enteré que vivía desde hacía muchos años en los Estados Unidos donde obtuvo un Ph.D. de la Universidad de Yale y que daba clases de Literatura Latinoamericana y Escritura Creativa en español en Rice, Houston.

Durante semanas estuve en el mundo de Ischia, Praga & Bruselas (Beatriz Viterbo), como en el de Aldea Lounge (Literal Publishing) y Sophie La Belle y las ciudades en miniatura (Literal Publishing). Una vez que salí de él conservé por varios días el aire elegante y burlón con que están retratados los personajes, y una zona de silencio que me hizo recordar la fuerza de ciertos poemas, a la música de la noche.

Luego hablé con la autora.

 

¿Desde Ischia tenías pensado la trilogía?

No, para nada. Cuando me senté a escribir Ischia no sabía en qué dirección iría la novela. Fue, más que nada, dejar que la novela fluyera, como si pugnara por salir. Y por la forma en que está narrada, ese tono –que para mí es el punto de partida para comenzar a escribir–, la historia empezó a desarrollarse casi como una pulsión. Un deseo de continuar escribiendo porque la historia me empujaba a hacerlo. Yo tenía una idea vaga de los personajes principales, pero tuve que trabajar con una genealogía que había diagramado y anotado en un cuaderno de notas para darle voz a cada uno de ellos. Ischia, por ejemplo, tiene una familia enorme, con siete hermanos “locos”, tíos, primos, y parientes lejanos. Praga y Bruselas no. Pero ambos personajes se mueven en ese mundo ischiano, que es el universo de la novela. Praga y Bruselas son, junto a Ischia, los personajes principales de la trilogía. Sin embargo, sólo al concluir la novela me di cuenta de que tanto Praga como Bruselas merecían tener sus historias, aún cuando cada uno de los libros oscile entre la perspectiva de/la protagonista, y ese universo tan vehemente que aparece ya delineado en Ischia.

¿Cuál fue el origen de estas historias?

Escribí mi primera novela a los 23 años, con un título que no repito por lo afectado. En realidad, no sé si fue afectado o grandilocuente, o las dos cosas a la vez. Entonces se la mostré a David Viñas, con quien había empezado a trabajar en la UBA, y con quien luego mantendría una larga amistad, y tuve mi primera lección de escritura. Para mí, que nunca había asistido a un taller literario, sus recomendaciones fueron fundamentales. Reescribí la novela completamente. Tuve que deshacerme de la afectación, de ese exceso que es la voz de otros: toda la literatura que uno leyó o está leyendo, y que se amontona ahí, a la hora de escribir, con palabras que no son de uno, con imágenes prestadas, y cadencias que suenan bastante mal. Tuve que buscar ese pacto de honestidad que el escritor tiene que hacer con la escritura (y con sí mismo), y despojarme completamente de lo sobrante. Terminé reescribiendo la novela cuatro veces, pero ninguna de las versiones me convenció. Cuando escribí Ischia, y después Praga y Bruselas, lo que me quedó de esas experiencias previas fue una suerte de atmósfera. Un mundo por el que los personajes vagan, en el que se mueven como si estuvieran suspendidos, o perdidos. Pero perdidos es pensarlos desde el éxito, desde lo que se espera de uno. Perdidos suena a looser; estos personajes, en cambio, tienen cierta apatía por pertenecer, ya sea a la sociedad o al medio que los rodea. No es que lo rechazan, sino, simplemente, no les interesa. Hay un desinterés por integrarse socialmente, es decir, por convertirse en parte integral de un sistema en el que cada sujeto contribuye ya sea económica, social o culturalmente. Estos personajes son outcasts. Hay que pensarlos en blanco y negro. La verdad es que siempre me interesaron este tipo de personajes. Sujetos que no llamaría rebeldes pero sí antisociales, parias, pero no desde una perspectiva de clase. No es lumpenaje, sino apatía respecto al resto del mundo. Son personajes muy influenciados por el cine, como habrás visto, especialmente películas como las de Jean-Luc Godard, Bande à part, o de John Cassavettes, Shadows o A Woman Under the Influence.

Salvo por el detalle de que no hay teléfonos celulares, las novelas no tienen un tiempo marcado. ¿Esto fue adrede?

La novela se inscribe en el registro de textos que surgieron a comienzos de siglo (Ischia salió en el año 2000) y que se caracterizan por una temporalidad alterada, una especie de ruptura con respecto a la literatura anterior, caracterizada por un ritmo marcadamente teleológico. Sin embargo, cada novela tiene una temporalidad diferente que se ciñe al tono del relato y al ritmo de los personajes, y, entre sí son muy diferentes. Ischia, por ejemplo, está narrada en tiempo condicional; Praga es como un poema largo, narrado prácticamente en segunda persona. Bruselas es para mí la más existencial. Es obvio que fue escrita en el exilio, porque es mi propio exilio el que atraviesa la escritura de Bruselas. Una suerte de desarraigo que subyace como una poética, una notoria pérdida de referentes que, en cierto modo, explica el desenlace final. En ese sentido lo temporal es una marca deliberadamente ausente. Un intento, me atrevo a decir, de querer aprehender lo inasible, como dice la misma Ischia en algún momento –y en alguna de las tres novelas.

 En las tres historias hay un soundtrack muy variado, de Bowie a bossa nova. ¿Qué tan importante es la música en tu literatura?

Es fundamental. Escribí las historias influenciada por todos estos soundtracks, al punto que, mientras las iba trabajando, imaginé que los textos deberían ser leídos con música de background. Para mí la música tiene una importancia múltiple: es, por un lado, lo que escucho mientras escribo, y por lo tanto define ciertos aspectos de la trama. En un nivel más profundo, la música organiza la composición –o textura– de los personajes. Pero también es la música que ellos escuchan y que va marcando la acción. La trama avanza siguiendo una pulsión que, para mí es musical, sea esto explicito o implícito. Y finalmente está la musicalidad de las palabras, junto al ritmo, que marca el tono, y que es la poética de las novelas. En Ischia el condicional sugiere sonoridad. El lenguaje –y sobretodo la arquitectura del lenguaje– va creando música, como si fuera un poema. Un poema con una trama y personajes. O poesía en forma de prosa. En Praga hay otra cadencia. Pero su estructura en verso y segunda persona crean, de manera ineludible, otro tipo de cadencia. Con Bruselas, es una música “al vacío”, una suerte de ausencia. Pero esto se advierte a su vez en las palabras, en la construcción de las frases, que parecen arrancadas de referencialidad. Y, hay que agregar, el proceso escriturario se fue dando mientras yo tomaba clases de violín con un violinista que toca el violín eléctrico. Entonces yo me imaginaba –o me soñaba– como violinista en una banda de rock alternativo. Sueños y puestas en práctica que se evaporaron cuando decidí venirme a EEUU –aunque aún conservo, es importante aclarar, mi violín en casa. Pero eso da para otra historia.

 En casi todos los lugares en donde viven los protagonistas dejan huellas de una insatisfacción constante.

Son personajes que no encontraron su “lugar en el mundo”, por así decirlo (y perdón por el cliché). Los protagonistas son errantes; deambulan porque no encuentran una forma de anclaje ya sea espacial o temporal. Tampoco familiar. Comparten una ansiedad generacional, y me atrevo a decir que son utopistas, no tanto en el sentido de anhelar algo mejor, sino en el sentido de desear algo diferente, una realidad discorde. Es ese no lugar, que es la utopía, lo que retomo en el cuento final, “Obstinada oquedad”, que funciona como epílogo y es el cierre, la conclusión en todo sentido posible (el cuento salió en una revista digital cinco años después, en 2010).

¿Con cuál de los tres personajes te sientes más cercana?

Es probable que haya más de mí en Ischia que en los demás personajes, pero cómo saberlo. Cada uno de ellos tiene rasgos más o menos afines conmigo. A veces son agradables y a veces son desagradables. Hay aspectos de su personalidad con los que me siento más o menos identificada. Cada personaje es una construcción propia de mi imaginación y por lo tanto parte integral de quien soy, de mis deseos, de mi forma de intervenir en el mundo. Son una propuesta que a veces oculta aspectos tan hondos y desconocidos que nos sorprende verlos afuera, con rostro, con voz, con decisiones, y con una personalidad incluso ajena a nosotros mismos. Por eso es una pregunta difícil. Sea por atracción o rechazo, hay siempre algo de ellos en uno y viceversa.

Las crónicas de Aldea Lunge aparecieron en medios de prensa y tal vez por eso sí están enclavadas en un tiempo. ¿Te gusta el género de no ficción o sólo lo practicas cuando es por encargo?

Me gusta mucho escribir no ficción. Las crónicas fueron un experimento. Empecé a escribirlas en Buenos Aires, antes de venir a vivir a EEUU, para una revista que se llamaba La Maga (en su versión digital). Me acuerdo que fue, de hecho, una de las primeras revistas que empezó a publicar en formato digital (un horror, entonces, en el que se pronosticaba el fin de las ediciones en papel, como así también la muerte del libro impreso). En este caso, quise jugar con la ficción y la no ficción, experimentar con las fronteras que imponen los géneros, y tratar de borrarlos. Entonces inventé un escenario: el lounge, y metí ahí dos personajes, la narradora cronista y su amigo Antón –que, por otro lado, es uno de los personajes que aparece en el diario de Ischia, luego de su muerte, cuando Bruselas y Praga lo leen por primera vez en voz alta. En las crónicas, la narradora y Antón se dirigen a estos espacios reales y entrevistan a los artistas, escritores, músicos, coleccionistas de arte, o van a un concierto y registran el espectáculo. El formato obedece a una suerte de híbrido entre la ficción y la no ficción que, en ese momento, quise explorar. La editora de La Maga se entusiasmó con el proyecto y los textos salieron primero en forma digital, y después impresos en una edición acá en EEUU, bajo el titulo Aldea Lounge. Pero además de experimentar con el género de no ficción, me interesó la idea de crear un espacio de escritura diferente, donde las personas entrevistadas están produciendo algo no mainstream, pero los entrevistadores, a su vez, también son parte de ese universo. Y se integran a ese mundo de manera casual, distendidos, disfrutando de un Martini. Quizá, de manera menos deliberada, me gustaba la idea mostrar la subjetividad de los narradores o entrevistadores en lugar de ofrecer una presunta objetividad. Es decir, desnudar el esqueleto o proceso en el que se construye la narración, mientras ese proceso mismo es parte de la historia.

Hay algo que atraviesa la trilogía como las crónicas y Sophie La Belle: un aire cosmopolita. Siguiendo tu bio, residiste en muchos lugares. ¿Ese rasgo de tu vida se mete con la presencia de las ciudades en tu narrativa?

Sí, absolutamente. Hay dos rasgos predominantes que me persiguen, o que persigo, o ambos. La ciudad, que es el escenario de todas estas narrativas, es también el espacio por el que suelo desplazarme. Como buena porteña, estoy marcada por el hecho de haber crecido en la ciudad. Buenos Aires es, además, un espacio al que regreso, pero no el único. Muchas ciudades que describo en mi escritura combinan rasgos de Buenos Aires, pero a su vez de otras ciudades. Viví un año en París, tres veranos en Nueva York, y otros veranos en ciudades como Montreal y Praga. También, durante mi doctorado, viví en New Haven (una ciudad chiquita en el estado de Connecticut). Y, antes de venir a EEUU viajé mucho. Mis padres viajaban mucho y nos llevaban a mi hermano y a mí con ellos: fui a Sudáfrica en 1981 (imaginate, durante el Apartheid, algo completamente insólito). Me acuerdo que había baños para blancos y baños para negros. Fui a El Cairo tres veces, a Estambul, México, Estocolmo y Copenhague, Londres. Viajamos a Austria, Grecia, España e Italia. Pasamos quince días en Sicilia. Fuimos a Israel, Santiago, y la Polinesia. Al Caribe. Todo eso cuando era chica y hasta que cumplí veinte años. Era raro porque mis amigos siempre iban los veranos a la playa, y mis padres, al contrario, decían: vamos a viajar a tal u otro lugar. Y una parte mía quería ir como los demás, a la playa, pero otra parte disfrutaba de viajar porque en ese entonces no era tan común y me daba una perspectiva diferente. Después, cuando vine a EEUU, viví cerca de Washington DC mi primer año. Me enamoré de esa ciudad. Y allí transcurre parte de Praga. O por lo menos algunos barrios como Dupont Circle, Adams Morgan y Columbia Heights inspiraron parte del escenario de la novela. A veces pienso que, por mi condición de judía, no siento un arraigo especifico por ningún lugar (lo que no es una novedad; Borges ya lo enunció en “El escritor argentino y la tradición”). Me acuerdo que el verano pasado estaba en Davis, California, y una mujer se me acercó a hablar y me dijo: “Where is home?” Le dije: “home is my family, my children, my friends”. No sé si ésa era la respuesta que esperaba, pero para mí fue revelador darme cuenta que mi idea de “home” es móvil y se encuentra arraigada a los afectos, y no tanto a un espacio en particular, ni a lo material. Sólo los espacios que están vinculados con la memoria son los que añoro. Pero eso es, más que nada, añorar una parte del pasado, un recuerdo. Porque los lugares cambian. Pasan los años y uno regresa y a veces ni siquiera las cosas que estaban ahí cuando uno tuvo cierta experiencia, siguen estando. Los espacios son fluidos y no estáticos, como la lengua. Éstas son dos cosas que uno experimenta muy claramente cuando se expatria: cuando regresás notas cómo los lugares se transforman, pero también cómo la lengua –y todas sus referencialidades– también cambian.

Por momentos, mientras leía Sophie La Belle y las ciudades en miniatura pensaba que era la novela de una poeta: el orden de las palabras, la música, las metáforas, cierta armonía en la arquitectura del texto.

Esta pregunta me hace regresar a lo que mencioné antes sobre el lugar de la música, el ritmo, los sonidos. En la medida que va pasando el tiempo voy aceptando a la poeta que hay en mí. Ahora mismo acabo de terminar un librito que comenzó como prosa y terminó en poesía. Pero una poesía que narra. Posiblemente sea un híbrido. No lo sé. Pero, para regresar a la arquitectura del texto, podría decir que mi mirada sobre el mundo carece, a veces, de colores. O puede que me ocurra lo opuesto, y haya una cromática sobreexpuesta. O de pronto se torne todo sepia. Es igual con la música. A veces el texto se edifica siguiendo una musicalidad que está en mi cabeza y quiero reproducir, como si estuviera componiendo una pieza musical, pero en lugar de poner notas, le pusiera palabras. Y a veces hay silencio, ruido de pasos, de pies arrastrando tierra, de brazos agitándose en el aire. Entonces ahí también juego con la sonoridad, ya sea música o silencio, tratando de crear una cadencia que va marcando las pausas de la narración, la elección de las palabras y la creación de imágenes. Esos elementos van erigiendo un ritmo en la escritura. Quizá debería decir que soy una poeta que nunca se confesó como tal. Pero eso me aterra porque siento que no estoy para nada a la altura de las y los poetas que tanto admiro.

¿Qué te atrae de trabajar un mundo distópico?

Más que nada me atrae la idea de imaginar un mundo en los extremos. Algo muy pertinente para pensar hoy la crisis que estamos experimentando con Covid 19. Es casi como un ejercicio de forzar la imaginación hasta el límite de lo posible, de reflexionar acerca de cómo sería el mundo si ocurriera algo inimaginable. Y lo cierto es que la historia es distópica. Uno conoce el pasado, lo estudió y, por lo tanto, puede proyectar lo que ocurriría si un estado en particular persiste. Lo vemos claramente ahora. ¿Qué pasará si todo continúa cerrado por meses? ¿Qué pasará con las personas que ya perdieron sus trabajos? ¿Qué pasará si la desesperación empieza a ganar a terreno, y empiezan a aparecer más escenas de pánico, no ya en relación al papel higiénico, como vimos en las últimas semanas, sino en relación a la comida, el agua, los víveres esenciales para continuar viviendo? Y la pregunta crucial, que pocos quieren hacer, pero en algún momento tendremos que enfrentar es: ¿quién será el blanco, el o la culpable de lo que está ocurriendo? Porque siempre habrá alguien a quien culpar, un chivo expiatorio en quien volcar la frustración en impotencia que provoca el hecho de no tener un “enemigo” concreto ya que el “enemigo” es la enfermedad, y en consecuencia la economía, el desempleo, la incertidumbre. Se necesita un culpable concreto, como las múltiples teorías de conspiración que están circulando en las redes sociales lo demuestran: alguien que será acusado en nombre de la imposibilidad. Hoy se culpan a los chinos, ayer a los hispanos, en Europa, a los judíos, y ahora a los inmigrantes o musulmanes. Y eso es distópico. Después de vivir en Francia durante un año pensé que Europa había alcanzado la utopía como consumación de la modernidad. Pero, una vez que ese sueño se terminó, comenzaron a emerger las secuelas y efectos colaterales de esa modernidad idealizada. Entonces surgió otra pesadilla y es ahí donde aparece Sophie La Belle: es un mundo con fronteras cerradas, con inmigrantes ilegales que trabajan bajo formas de esclavitud, y con personas educadas (“civilizadas”) que conviven con esa situación en pura indiferencia. Sin hacer nada.

 La protagonista de la novela me pareció esnob, consumidora de excesivos productos culturales.

Escribí Sophie La Belle en Francia, y me inspiré en lo que para mí era entonces –y posiblemente siga siendo– el prototipo de ciertos franceses que se educaron en las escuelas más prestigiosas. Luego de vivir en París por un año, me di cuenta de que los franceses, como muchos europeos, no se hacían cargo de su pasado. No se hacían cargo, específicamente, de su pasado colonial y tampoco se hacían cargo de que el increíble número de inmigrantes que llegaban a diario (bueno, al menos antes de la explosión de la pandemia) era el resultado de sus políticas de explotación y expropiación en las excolonias. Era como si aquel pasado colonial e imperialista, que se caracterizaba por haber saqueado todo tipo de recursos que perteneciera a aquellas naciones colonizadas, fuera un acontecimiento sin relación alguna con el presenta que estaban viviendo. Como si se tratara de dos realidades paralelas. Y de ahí, entonces, esta visión distópica de la que hablaba. Porque, ¿cómo se puede construir un sistema basado en el socialismo democrático si el pasado, la historia, no es abordada desde su inicio? ¿Podemos llamar este sueño de la modernidad, “civilización”? ¿Y cuál es/fue el costo? El de la destrucción de naciones, comunidades y pueblos; el de la destrucción ambiental; y el de la producción de ciudadanías subalternas. Esas fueron mis impresiones a la hora de escribir la nouvelle.

Otra cosa que me inquietó fue el grado de exotización de la otredad. Percibí esto tanto en mi caso –como latinoamericana–como así también con los africanos y los árabes: hay una continua cosificación del otro, el que asume un papel exótico. Ya sea bailar tango, fumar narguile o tocar el tambor. Y no hay un intento real de integración. Al contrario, hay una continua segregación que se nota especialmente en la disposición espacial de la ciudad, donde el banlieue, que es el suburbio en Francia, conforma el espacio de mayor marginalidad. Pero es un espacio que no se ve, se volvió invisible gracias al brillo de la ciudad luz. Y esa luz produce una suerte de ceguera. Sophie, la protagonista, se mueve en ese mundo. No sólo consume ese exotismo, sino que pone en juego una serie de relaciones en las que la otredad viene a constituir una forma de reafirmar su identidad (en este caso, continental). La “civilización” en la que vive necesita de esos otros, los extranjeros, los ilegales, los de color, para perpetuar un orden y una estratificación no solo económica sino, y sobretodo, cultural, social. Es impresionante porque ellos no lo perciben así. No lo advierten. Es un mecanismo que se remonta a la educación, y por eso los personajes, desde chicos, tienen que “repetir el discurso” de manera sistemática: porque se los irá adoctrinando desde una edad temprana. Me resulta interesante que, desde la perspectiva occidental, siempre pensamos que hay diferentes grupos (desde terroristas a cultos religiosos) que adoctrinan, lavan el cerebro, pero nunca pensamos que, en cierto modo, nuestra forma de vida también puede ser leída como un adoctrinamiento. Un ejemplo es nuestro estilo de vida y la crisis ambiental que estamos sufriendo. No se explica, de otro modo, cómo hemos llegado a este nivel de degradación y destrucción ambiental. Sólo por el adoctrinamiento de creer que no existe un modo de vida alternativo y sustentable. Es la doctrina del pensamiento único, que ya muchos conocen. En el caso de Sophie, ella es una parodia de sí misma, e incluso de los que ella misma representa: su familia, sus amigos, su círculo de consumidores de cultura, snobs, e indiferentes respecto a lo que ocurre afuera. Porque, o son incapaces de verlo o no quieren hacer el esfuerzo. Sophie simboliza ese grupo de quienes viven en un mundo jerarquizado, se mueven entre las elites de académicos y artistas, pero carecen de un sentido de la realidad. Lo exótico, la otredad, entonces no sólo legitima su identidad, sino que le da un prestigio. Y es hipócrita también, en cuanto que el mundo de Sophie ofrece cierta compasión por los otros en tanto la otredad permanezca neutralizada, domesticada: en su puesto servicial, y no se involucre en su vida. Hay una distancia establecida y no hay ninguna intencionalidad de franquearla. Sin embargo, cuando Sophie la franquea, es severamente castigada. Y esa es otra cosa que quise abordar: es una nouvelle sobre las fronteras, sobre las ciudades cerradas, sobre las migraciones y sobre el destino de los migrantes en estos espacios cada vez más amurallados, sean con fronteras claras y concretas como paredes, muros o check points, o barreras invisibles que separan y dividen desde sus configuraciones espaciales hasta la continua gentrificación que va desplazando a los habitantes locales cada vez más hacia los márgenes.

¿Cómo es vivir en Houston?

Houston es un suburbio y por eso la experiencia de vivir aquí es muy diferente de la de vivir en una ciudad multifuncional y orgánica como Buenos Aires. Esto implica que hay que manejarse en auto a casi todas partes. Para una familia como la mía, con hijos, es, sin embargo, mucho más práctico. Por las mañanas me subo al auto y los dejo en el colegio. Después voy a trabajar y llego en quince minutos. El problema es que uno se pasa más tiempo en el auto que caminando, lo que no sólo es trágico desde una perspectiva ecológica, sino también física y mental. Pero, dejando esto de lado, hay muchas cosas positivas: por ejemplo, en este momento de pandemias, me alivia estar en un lugar como Houston donde se puede salir a caminar o andar en bicicleta por las tardes, sin riesgo de contaminar a nadie. En medio de Covid 19, las personas socializan en el jardín al frente de sus casas, sentadas a un metro de distancia en sillas de playa, tomando cerveza o vino, mientras los chicos juegan en la calle. Y ellos saben también que tienen que permanecer relativamente separados. Entonces es un poco mejor, o menos asfixiante, que estar en una ciudad con gran densidad habitacional. Houston es también una ciudad extremadamente diversa, y eso me gusta mucho. Vas a una fiesta y te encontrás con alguien de Serbia, Nigeria o Martinique. La comunidad vietnamita es la más grande y después le sigue la hispana. Por esto mismo, hay mucha actividad literaria y cultural entre la comunidad de latinoamericanos. Algunos proyectos en los que trabajo son colaboraciones con la universidad de Houston, que tienen el doctorado de escritura creativa en español, o Inprint y Literal. Hay lecturas en español y presentación de libros. El Museo de Fine Arts (MFAH) tiene la colección de arte latinoamericano mas grade de EEUU gracias a su curadora, Maricarmen Ramírez. Hay una cantidad increíble de museos, restaurantes y bares. Realmente podés encontrar lo que quieras. El problema para mí más urgente de la ciudad son las inundaciones. Pero se está trabajando en algunas mejoras y, ojalá, puedan materializarse pronto.

¿Durante estos años en Estados Unidos qué aprendiste de la sociedad norteamericana?

Mucho, pero principalmente, que no se puede generalizar. La sociedad norteamericana es un conglomerado de personas de distintos orígenes, naciones, culturas. Algo que, espero, la administración de Trump no logre destruir. Y también, existen diferencias drásticas entre los estados del sur y del norte, de las costas (este y oeste) o el centro. Y dentro de estas diferenciaciones, hay que señalar que existen diferencias sustanciales entre los espacios urbanos y los espacios rurales. Hay una discrepancia tajante en este aspecto. Y es complejo: porque un granjero en Putnam, Connecticut, puede ser ideológicamente similar a un granjero en París, Texas, pero culturalmente muy diferente. En cuanto a qué aprendí: hay un respeto increíble por los derechos individuales. Asimismo, que así como hay xenófobos y racistas, hay personas, como muchos estudiantes míos, que luego de terminar la universidad se van a países pobres a trabajar como médicos o maestros, o que estudian abogacía para ayudar a los inmigrantes ilegales. También, aprendí que algunas políticas de inclusión terminan perpetuando un sistema de segregación y racialización que, además, refuerza los estigmas y no benefician a nadie. Pero vuelvo a la idea de no generalizar, ya que es una sociedad muy heterogénea. EEUU es un continente, como me dijo cuando llegué el escritor mexicano Jorge Aguilar Mora. Se puede aprender mucho, pero, insisto, hay que ver los diferentes matices.