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Una pistola escondida

   Es la tarde. Fabián Soberón me busca en el hotel ubicado al frente de la Plaza principal de Tucumán. He dormido una siesta reparadora. Bajo por el ascensor y lo veo en el porche. Nos abrazamos.

   Subimos al auto. Damos una vuelta por el barrio sur y después encaramos por una avenida con nombre extraño. Encaramos hacia el cerro. Llueve y el cerro se dibuja detrás de la fina cortina de agua. Fabián me tira de la lengua. Hablo de algunos estertores del pasado. Cada tanto miro por la ventanilla y hago alusiones a las casonas y los amplios jardines.

   Al llegar al pie del cerro, Fabián gira a la derecha y toma, luego, por la avenida del General Perón.

   Mientras cruzamos un puente ferroviario saco medio cuerpo por la ventanilla y siento el aire espeso y dulce de Tucumán. Es como si quisiera retener el pasado de los trenes, como si allí hubiera algo del aire tan dulce de Elvira Orphée. Le digo algo sobre la ciudad en su época de esplendor ferroviario. No digo nada nuevo.

   Fabián estaciona en una calle lateral, cerca del museo. La lluvia, persistente, cubre el azúcar con su agua meditativa.

   Nos metemos en el bar de una esquina. Conversamos. Hablo más yo que él. Luego entramos a la ex Casa Sucar y recorremos las habitaciones. Un joven guía relata los sucesos que pueblan las fotos.

   Miro el reloj. Falta mucho para la presentación de mi novela, el voluminoso Hammett. Le propongo que salgamos y que volvamos al bar de la esquina. Saludamos al policía y nos sentamos en unas sillas depositadas en la vereda. Saco un cigarrillo y hablamos de policiales antiguos. Recuerdo, no sé por qué, un folletín de los años treinta, El crimen de la noche de bodas, firmado por Jacinto Amenábar.

   Regresamos al Museo. Antes de que empiece la presentación, Fabián gira su cuerpo y se detiene en un hombre delgado, de grandes ojos celestes. Me dice en el oído que lo ha visto otras veces en los eventos organizados por la Municipalidad. El hombre delgado se acerca y habla con Fabián. Le dice que está esperando ansioso porque el autor, y me señala, es un gran peronista. Me rio, no puedo no reírme. Muevo la cabeza como si asintiera, pero no uso la palabra. Miro al costado. Es una forma de apartarme de la conversación entre el hombre delgado y Fabián.

   Caminamos hacia la entrada y el hombre delgado se une a nuestra caminata sin que lo invitemos. En el centro del hall dice que quiere contar una historia. El hombre es enjuto, pero tiene una voz grave. Mientras habla abre los brazos como si quisiera agarrar un objeto o atrapar a alguien. Me distraigo. Busco un rincón del qué ocuparme. No quiero escuchar su historia. No me interesa.

   Después Fabián me cuenta. El hombre le ha dicho que él es un soldado de Perón, que hace falta que la gente estudie las relaciones entre San Martín y Perón, que hace años que él viene insistiendo en la importancia de los militares en la vida argentina. También ha dicho que quiere hacer una película sobre su propia vida y que Fabián es el director perfecto. Entiendo rápidamente pero no me interesa. Me voy a la zona de la cocina. Busco un café caliente.

   A mi regreso el hombre delgado sigue ahí. Noto que Fabián está incómodo. No sabe cómo sacárselo de encima. En unos minutos empieza la presentación del Hammett.

   De repente aparece una chica amable, simpática. Fabián la presenta. Se llama Silvana. Nos pide que nos ubiquemos en las sillas. Me acerco y nos acomodamos.

   –Qué pasa, compañerito –digo y Fabián sonríe. Los dos entendemos

   –Nada –dice– ya estamos para empezar.

   El hombre delgado está parado al lado, impertérrito. Se pone de espaldas a la gente que está llenando la sala, abre su cartera y saca lentamente una pistola. La saca despacio, tranquilo. Sigo su movimiento, preocupado, pero me quedo callado. En estas circunstancias no se debe decir nada.

   El hombre delgado se acerca a la mesa. Pone su cabeza al lado de las nuestras. Dice en un murmullo:

   –El arma es reglamentaria. No salgo sin el chumbo.

   Carraspeo. Aunque he escrito una serie de novelas policiales, no me interesa el crimen real. No deseo el peligro y menos en la presentación de mi libro. Fabián me mira. Percibo su preocupación. Levanta la cabeza y le pide al hombre delgado que se ubique.

   –Ya empieza el acto –dice Fabián.

   El hombre delgado esconde la pistola lentamente. Se aleja.

   Hablamos de mi Hammett una hora, más o menos. El público lo recibe bien. Cuando el acto culmina, buscamos al hombre delgado, pero ya no está. Se ha esfumado.

   Subimos al auto. La lluvia nos acompaña. Fabián enciende las luces del auto. Toma una calle y la ciudad se ha convertido en un hervidero de vehículos, unidos y atrapados por el agua cenagosa. La lluvia los reúne y los dispersa: es un fenómeno que ocurre en todas las ciudades. Fabián detiene el auto en una esquina céntrica y nos internamos en un bar con puertas vidriadas, antiguas. Me explica que es un bar tradicional, centro neurálgico de discusiones y debates en los años sesenta. Desde hace años está remodelado.

   Al rato llegan Silvana y su jefa. Por pedido de la chica simpática, Fabián habla de un documental que está haciendo sobre un poeta salteño: Jacobo Regen. Eso se conecta con un trabajo de Andrés Di Tella sobre Piglia y eso, a su vez, nos lleva a la enfermedad de Ricardo. Fabián cuenta algo sobre la parálisis de uno de los dedos de Ricardo al comienzo de la enfermedad.

   Ricardo era un tipo extraordinario que escribió hasta el final. Usaba un aparato para escribir. Dictaba las palabras con un suave movimiento de los ojos. Como Pavese, dejó en sus diarios el instante previo a la muerte.

   Es cierto, dice Fabián, y percibo que la cena se ha convertido en una reflexión sobre el lugar de la sombra, pero no del policial.

   Se hace tarde. Estoy cansado. Mañana tengo un día ajetreado. Empujamos las puertas equipadas con vidrios antiguos. Silvana nos saluda y se mete en el auto de la jefa. Fabián se queda conmigo en la vereda. El agua no deja de caer. Siento el peso líquido en las pestañas. Pienso en Hammett y en sus últimos días.

   Sin que nadie lo espere, en medio de la finísima lluvia persistente, aparece la figura delgada del hombre de la pistola. Trota. Me alerto. No quiero terminar mis días en Tucumán y en ninguna parte. El hombre delgado no habla. Mete la mano en la cartera y saca lentamente un libro.

   –Yo también escribo –dice y me regala el volumen. Más calmado, lo agarro. Sé que pronto lo voy a tirar. Miro hacia el costado, como si quisiera sacármelo de encima. Vuelvo la cara y el hombre delgado ya no está. Fabián me saluda y nos abrazamos. Es la despedida. Suspiro y cruzo la calle.  Me meto en el auto de la jefa.

   Fabián sube a su vehículo y se va. Al otro día me escribe:

    “Anoche, en medio de la lluvia y del aire a muerte, recordé el libro de Isidoro Blaisten, Cerrado por melancolía. Pensé que la melancolía se había instalado en la noche. Por unos metros no accioné el parabrisas. Quería que la lluvia blanca limpiara las sombras del ánimo, pero fue en vano.”

 

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