¿Una nueva fantasía latina?

people-of-paperEl los últimos tiempos ha tenido lugar en los Estados Unidos un curioso fenómeno. La emergencia de una literatura donde el género fantástico tiene un peso importante. Pero que trata no de construir un mundo imaginario alternativo sino de describir la realidad desde lo fantástico. Bebe, como es evidente, del realismo mágico latinoamericano, aunque no solo. También, y mucho, de la cultura pop anglosajona. Tiene notables paralelismos con lo que Javier Calvo ha dado en llamar nueva literatura extraña (influida por el new weird anglosajón) por el uso ecléctico que se hace de los géneros, y con la reciente influencia de la ciencia ficción en la literatura iberoamericana. Curiosamente, está escrita en inglés, porque se trata de autores que, pese a que nacieran en países hispanos, acabaron formándose en los Estados Unidos, y terminaron adquiriendo un conocimiento y un nivel literario en ese país y lo hicieron, evidentemente, en inglés.

A mi entender, este fenómeno lo ejemplifican dos novelas: La maravillosa vida breve de Óscar Wao (The Brief Wondrous Life of Oscar Wao), de Junot Díaz y La gente de papel (The People of Paper), de Salvador Plasencia. Ya he hablado en otra ocasión de la novela de Díaz, premio Pulitzer en 2008, y de su inteligente combinación de elementos fantásticos propios de la cultura pop, como El señor de los anillos, con la tradición latinoamericana de la literatura de dictadores. Hoy quiero hacerlo de La gente de papel, una novela que se publicó en 2005 pero que en palabras del académico Ramón Saldívar representa la institucionalización de las letras chicanas, en lo que Mark McGurl ha denominado “the Program Era” de la literatura norteamericana.

Se trata de una obra que relata la vida de los inmigrantes mexicanos en California. Solo que lo hace en clave onírica y lo que en el pasado se expresaba a través del realismo sucio o el relato autobiográfico, como las peleas de bandas callejeras de Los Angeles o la drogadicción, en el caso de Plasencia se expresa como un enfentamiento de Federico de la Fe, emigrado mexicano y líder espiritual de la banda EMF, contra Saturno; o mediante la figura simbólica de las abejas como jeringuillas. Precisamente, es el pasaje en el que uno de los miembros de la banda pretende asesinar a Saturno, que resulta ser el propio narrador del texto, la característica que más destaca Saldívar en su artículo. De esta forma, el lector descubre que la intención de Federico de la Fe no es otra que la de preservar su intimidad frente a un narrador que se inmiscuye en las vidas de los demás. La batalla onírica entre los gangs de barrio y el supuesto astro acaba por cristalizar. El recurso ha permitido hasta ese punto construir un mundo extraño como el que habita de la Fe, mucho más que describir la realidad. Pero sobre todo, cuestiona la figura del narrador como la persona que se entromete en los fracasos de los demás sin tener en cuenta su propio fracaso, también sentimental, como el de la mayoría de sus personajes. Ese es el papel de Saturno en un mundo plagado de personas precisamente de papel.

El hecho de utilizar un recurso onírico para describir lo real entronca el libro con la ya mencionada tradición del realismo mágico, mucho más permeable a la hora de combinar lo real y lo maravilloso que la literatura anglosajona, proclive a llevar hasta el límite la separación entre real y fantástico descrita por Todorov en Introducción a la literatura fantástica.

También resulta destacable el uso de la experimentación tipográfica que contiene el texto: de los capítulos en que se divide la página en columnas para dar voz a cada uno de los personajes que aparecen, hasta los dibujos y espacios en blanco, pasando por esas manchas negras que tapan a posta el texto por culpa de los poderes mentales del personaje de Baby Nostradamus. Esa presencia de lo experimental vuelve a conectar el texto con lo weird según las características que enumera Calvo.

Sin embargo, la mirada crítica desde la inmigración mexicana que subyace en la novela de Plasencia, que también está presente en el libro de Díaz, en este caso para con los inmigrantes dominicano-americanos, hace que se trate de una tendencia literaria matizada, pues lo social está mucho más presente que en otras literaturas “extrañas” (no en la de China Miéville, desde luego, donde también encontramos crítica política en abundancia). Lo que no deja de ser curioso es que en un momento en que la sociedad latinoamericana está inmersa en un proceso de urbanización y desarrollo económico, y su literatura reniega en parte de la herencia del boom, este resurja en los Estados Unidos, en inglés, a través de un diálogo con la cultura pop y de la mano de escritores que llegaron siendo inmigrantes al país. El realismo siempre se ha sustentado en dos pilares desde su fundación. Uno es el del espíritu de su tiempo, y en los inicios del realismo mucha gente confiaba en que en breve se podría conocer todo del mundo que nos rodeaba, no solo los escritores y sus narradores. Fue lo que se dio en llamar determinismo. El otro fue la visibilidad social para lograr agencia de colectivos en principio desfavorecidos. Es lo que hace que los débiles siempre sean buenos en novelas como Los miserables. El primero de los pilares está más que desmontado en este mundo posthumano y cuántico que vivimos. Vistos los desmanes provocados por los que accedieron al poder desde el inicio del realismo, cabría plantearse desmantelar el segundo pilar. En especial porque, tal como afirmara Roberto Bolaño en Entre paréntesis, la visibilidad y respetabilidad que esta estrategia da a ciertos escritores es lo que impide una mayor trasgresión, valentía y experimentación en las artes. En este sentido, no podemos más que felicitarnos de fenómenos como el new weird, la nueva narrativa extraña, la nueva ciencia ficción iberoamericana o las novelas de Díaz y Plasencia. Parece como si una tradición oculta de resistencia, mucho más que de agencia social, en la que lo real se entremezcla con los fantástico, se fuera trasladando por el globo y fuese mutando de situación geográfica e idioma –que no de lenguaje— desde tiempos inmemoriales.

 

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