Una leyenda del flamenco llamada Camarón

Su voz es inmensa y el cuerpo se le escapa por ella. Cuando Camarón de la Isla canta, las vísceras se invisten de emociones y las emociones se desdoblan en músculo y carne. Emociones que no pueden ser descritas fácilmente. Mezcla de rabia, amor, deseo y locura. Emociones complejas que solo existen a través del sonido. Los amantes del flamenco adoraban esa voz, esa “garganta,” como decía la periodista española Carmen Abenza. Una voz ahogada en espinas que revolucionó la música y sensibilidad flamenca durante la segunda mitad del siglo veinte. Para muchos, Camarón de la Isla, junto a Paco de Lucía, fue el artífice del nuevo flamenco.

Nació en la provincia de San Fernando, Cádiz, en 1950. Era parte de una numerosa familia con cierta estabilidad económica. La madre, cantaora por afición, se ganaba la vida tejiendo canastas. El padre administraba una fragua. De muy pequeño, Camarón solía levantarse por las mañanas y acompañar a su padre para ayudarlo en las faenas del día. Quizás allí, mientras forjaba los metales y observaba el fogón crepitar, aprendió acerca de la volatilidad del fuego y sus ritmos caprichosos. Poco antes de cumplir los ocho años, el padre murió y la relativa estabilidad se esfumó. Siguiendo los pasos de la madre, y además por apremiante necesidad, Camarón salió a las calles de San Fernando a cantar tangos y bulerías por propinas. Allí empezó a cuajarse como artista.

Su estilo fue siempre muy personal. Aquella voz transmitía una urgencia y un desespero que rápidamente cautivó a los jóvenes practicantes del flamenco, entre ellos Paco de Lucía, quien lo llamó un “revolucionario” y un “símbolo del flamenco joven.” El estilo revolucionario de Camarón se enfocó en la innovación de aspectos centrales del cante jondo. Por ejemplo, como Paco de Lucía ha dicho, Camarón solía alargar la frase melódica hasta el punto de la asfixia. Sus versos se extendían usando melismas que sin embargo no alteraban la estricta métrica del palo flamenco. Además, su cante era impulsivo e improvisatorio. Tomatito, otro estupendo guitarrista que propulsó el nuevo flamenco y acompañó a Camarón durante sus últimos años de vida, recalca la volatilidad del cantaor. “Nunca se sabe la letra que va a cantar, nunca” dice Tomatito quien solía mantener un escrutinio máximo durante los conciertos de Camarón, para poder seguir aquel huidizo ímpetu poético. Finalmente, un aspecto que siempre sale a relucir es el timbre de su voz. Camarón desangraba su cuerpo al cantar. Su voz no fluye si no araña. En el escenario, Camarón entregaba sus memorias y sus imágenes poéticas con un sonido aserrado y turbulento. Frecuentemente, interponía versos improvisados. Aquella poética volátil, de acuerdo a sus propias palabras, era necesaria porque “cuando llega el momento de la inspiración, sale sola la cosa.” Y este fuego debe dejarse aflorar.

Los gitanos y payos de España veían en Camarón quizás una suerte de profeta capaz de expresar el sentir de la clase trabajadora, del hombre o la mujer pobre que no se da por vencido y que interpone rabia y pasión frente a la necesidad. Camarón aparecía como un profeta de la realidad urbana española, expresando las vicisitudes de la vida moderna con los matices de un misticismo ancestral. Su cante era una invocación a la vida:

Bajo la sombra de un árbol

y al compás de mi guitarra

canto alegre este huapango

porque la vida se acaba

y no quiero morir soñando

como mueren las cigarras.

-La cigarra / Tirititando de frío

 

Más aun, Camarón desgarraba su voz para mostrar el dolor de ser un flamenco en una Europa segregacionista, donde los gitanos han sido considerados por siempre lumpen y parias. Su duende, es decir, la energía primigenia y creativa que fluye con el cante, se hallaba siempre en el límite entre lo estéticamente correcto y el desborde ciego. Por esto, los tradicionalistas del flamenco lo vieron por mucho tiempo como un impostor. Pero más tarde ellos mismos han reconocido que este difícil equilibrio alcanzado por el artista no era parte de un proyecto intelectual forzado sino más bien un elemento consubstancial en su experiencia de vida. Así, Camarón de la Isla nos explica la naturaleza de su voz usando la siguiente imagen:

Está en un río

en un viejo tronco

mi compadrito quería cantar

pero estaba ronco

lloraba de pena.

 

– Tu cariño es mi castigo – versión con Paco de Lucía

El antropólogo norteamericano Michael Uzendoski ha creado un concepto que puede ser muy bien aplicado al cante encarnado de Camaron de la Isla: “poesía somática.” Este concepto sugiere que el cuerpo humano, cuando participa activamente en una poderosa actividad ritual, puede convertirse en el sitio de encuentro entre lo social y lo cosmológico, entre el individuo, la colectividad y el universo. Precisamente, Camarón rompía su voz para fusionarse con su público y también con la figura mítica de la amada:

Y al amanecer

siento que me llama

y como un torbellino

desprecia mi alma.

 

Quiero que sientas como yo siento

y que me llames de noche en sueños.

 

-Por tangos

O también:

Yo soy el viento

tú eres la hoguera

y yo en tus brazos

quemarme quisiera.

Ni el agüita clara

la podrá apagar.

-Yo soy el viento

Camarón sucumbió al cáncer a los cuarenta y dos años, dejando un legado que aún no se agota. En una de sus últimas apariciones en público, junto a Tomatito, se le ve como un tipo humilde y hasta casi inseguro de sí mismo. Al ser entrevistado por Carmen Abenza, vemos un hombre al cual los años de excesos y la ferviente entrega al trabajo parecieran haber mellado emocionalmente. Sin embargo, al empezar a cantar, la transfiguración es clara. El cantaor vuelve abrir las cortinas de la experiencia y entrega su cuerpo y el cante como ofrenda de vida. Su seguridad escénica y pulso rítmico son rigurosos. Sus versos rompen el formato ortodoxo de la línea melódica, muestran la desnudez desaliñada que se esconde al fondo de la experiencia humana.

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