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UN COMENSAL HONESTO

En el conflicto vasco, lo de los bandos y las familias es un lastre difícil de gestionar. Ese posicionamiento que deviene ideológico a la hora de valorar al individuo puede resultar incómodo. En la novela que acabo de leer para esta serie, la narradora menciona el Reformatorio de Amurrio para loar las alabanzas de su abuelo, alcalde de Bilbao en el franquismo, que fue asesinado por ETA. He leído y he estado en contacto con testimonios de primera mano de aquel centro. Me han hablado de las palizas que allí propinaban los curas que mantenía el patronato de la institución que dirigía el abuelo. Resulta evidente que ella se acerca a la beneficencia desde la perspectiva del que no la ha sufrido. Unas páginas más adelante, habla de unas condiciones y un nivel de vida familiar que sé que yo no podré proporcionar nunca a los míos. Está claro que en lo socioeconómico no estamos en el mismo bando ¿Se puede sentir empatía por una narradora que está tan alejada de ti y de tu mundo? Se debe. Ese es uno de los preceptos que desarrolla Edurne Portela en El eco de los disparos, el de asumir una actitud ética elevada por encima de las diferencias. Y recuerda que por mucho tiempo no se consideró el sufrimiento del otro bando, o se minimizó, y ese fue un obstáculo que justificó la violencia. En el caso vasco los bandos han hecho mucho daño. Parece que una persona de una familia conservadora y poderosa no pueda sufrir. Es un error. Parece que deba darse por hecho que de ese bando tengan que surgir siempre los muertos. Es otro error.

     La novela que me ha hecho pensar eso: El comensal, de Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983), es quizá una de las mejores que se han escrito sobre el conflicto vasco. Es también una de las primeras después de que ETA dejara las armas. Si Patria se publicó en septiembre de 2016, esta lo hizo en 2015. Paradójicamente, el escrito es tan bueno en su tratamiento de la violencia porque no habla de terrorismo o, mejor dicho, pasa de puntillas. El grueso de la narración versa sobre la enfermedad y defunción de la madre de la autora por culpa de un cáncer. Es una narración muy contenida, que acompaña a la autora en su duelo. Del atentado del abuelo solo se habla en la primera parte, como detonante, y como acontecimiento que construye la personalidad del padre, que va a ser testimonio de la muerte de la madre, y al final cuando, tras el fallecimiento, se retoman los contactos con el padre en torno al atentado que sufrió el abuelo. Pero en el interín, quien lee, ha sabido del traslado de la familia de la narradora a Madrid, de los escoltas que protegían al padre, y del peso político de la familia de la autora. Cuando la madre ya ha fallecido, vuelve a seguir el rastro del abuelo y, tras una de las búsquedas, escribe: «Miro fotos de etarras e investigo sus vidas. Me cuesta aceptarles, porque asumir su humanidad significa reconocer que yo también podría hacer algo así. Mi conciencia estaba más tranquila cuando imaginaba que eran locos o que no eran personas» (p. 124). Y acto seguido, engancha al flujo narrativo dos recortes de periódico que denuncian la práctica de torturas contra detenidos, supuestos etarras.

     La novela desmiente tópicos muy manidos sobre el tema, como el apoyo incondicional de la Iglesia vasca al terrorismo. Por lo que escribe Ybarra, no parece que la Iglesia vasca diera la espalda a su abuelo en el funeral. Más bien al contrario. Y, sobre todo, desmonta el discurso de bandos. Al final, es de ese bando supuestamente señalado por la izquierda abertzale de donde surge el documento más neutro para hablar de unos hechos tan dolorosos. Quien inició la lectura con prejuicios, sorprendentemente, se acaba encontrando con eso, y con esta confesión: «Creía que lo que ocurría en otros barrios era mucho más interesante que lo que pasaba en el nuestro. Caminaba por la calle General Ricardos de Carabanchel e imaginaba que ahí vivía la gente que leía los mismos libros y escuchaba la misma música que yo» (p.114), de la misma forma que el padre de la narradora anhelaba «ser hijo de cocinera o de aña y correr por los prados de Kanala» (p. 114). Y uno comprende que ha asistido a un ejercicio de honestidad retórica. Impresiona.

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