Trump, racismo y disparates

 

150626-news-trump-2El problema no es que el magnate Donald Trump ande por ahí diciendo disparates sobre la inmigración mexicana (comentarios que supongo que extiende a toda la inmigración latinoamericana). El problema es la enorme cantidad de personas que apoya sus ideas.

El pasado sábado 11 de julio, Trump pronunció un discurso en Las Vegas de casi media hora. El candidato republicano afirmó que Barack Obama era un presidente débil y que la frontera sur es muy porosa. También habló del incidente de Bengasi del 11 de septiembre de 2012, en el que murieron cuatro norteamericanos, entre ellos el embajador Christopher Stevens. Lo de Bengasi, por supuesto, es para echarle fango a la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Pero lo que preocupa no es cualquier sandez que pueda decir un individuo excéntrico, siempre empeñado en llamar la atención, y que carece de madera de estadista. Lo que inquieta es que haya tantas personas identificándose con el discurso de Trump, respaldando sus conceptos racistas y xenófobos.

Según la firma encuestadora Public Policy Polling, de Carolina del Norte, Trump supera ligeramente al aspirante republicano que hasta hace poco era el favorito, Jeb Bush, el hermano del presidente que causó la peor crisis económica en los Estados Unidos desde la Gran Depresión y llevó a este país a librar guerras injustificadas y devastadoras.

Los analistas señalan que los partidarios de Trump aplauden la franqueza del multimillonario, su disposición a decir cosas que los demás políticos eluden. Pero hay más razones tras ese respaldo.

Solamente por tildar a los inmigrantes de violadores, asesinos y narcotraficantes, Trump debería recibir la rechifla y el repudio de toda la sociedad. Sin embargo, no ha sido así. Es cierto que muchos expresaron su disgusto inmediatamente, y que varias empresas cortaron sus vínculos comerciales con el magnate. Es cierto que muchos políticos republicanos criticaron las palabras de Trump sobre la inmigración mexicana, aunque la mayoría tardó en hacerlo y algunos aún no han dicho nada. Pero parte del público apoya los comentarios del aspirante republicano, y ese apoyo es alarmante.

Ignorar el cuantioso aporte económico y cultural que los inmigrantes mexicanos, y los hispanos en general, han dado a los Estados Unidos equivale a ignorar la propia historia del país que los xenófobos pretenden defender, y a la vez tratar de negar su futuro.

Con la elección del presidente Obama, muchos pensaron que la nación había dejado atrás su larga historia de prejuicios. Estaban equivocados. Por el contrario, la estancia de Obama –un hombre hijo de un africano negro y una norteamericana blanca– en la Casa Blanca ha reavivado la discriminación racial y el complejo de superioridad eurocéntrica que padecen muchos. De la misma manera, el visible aumento de la población hispana en los Estados Unidos, su presencia creciente en todas las esferas de la sociedad y prácticamente en todos los puntos de la geografía norteamericana, y el anuncio por la Oficina del Censo de que en una fecha nada lejana las minorías superarán en número a la población blanca no hispana, han disparado los niveles de histeria y paranoia entre los que se sienten amenazados por el cambio demográfico.

Trump no ha querido retractarse de sus afirmaciones de que los inmigrantes indocumentados (ilegales es como él los llama) que vienen del sur son un peligro para los Estados Unidos. Pero no ha mencionado a los que proceden de otros lugares. ¿No le preocupa la llegada desde hace varios años de la mafia rusa, por ejemplo? ¿Por qué no le inquieta a nuestro aspirante la entrada de esa gente peligrosa? ¿Será porque son rubios y de piel clara? Entretanto, los inmigrantes que vienen de México no suelen tener el pelo de color zanahoria como Trump. ¿Será por eso que el ricachón les haría la vida un guiñapo si alcanzara la presidencia? El mismo prejuicio racista suscriben los que aplauden las declaraciones disparatadas del urbanizador.

La discriminación y el odio insensato por el color de la piel y por el origen étnico siguen lacerando el tejido social norteamericano. Y esto sí es grave, porque la profundización de las divisiones suele desembocar en actos de violencia. Trump le ha echado leña al fuego del racismo. Y lo peor es que hay muchos que disfrutan viendo las llamas.