Cuando la tinta está seca es mejor dejar la página en blanco. Los que saben dicen que cuando no tienes nada que decir, lo mejor es guardar silencio. Pero la escritura es un tipo de conciencia que cada día te habla y te recuerda que la página sigue en blanco.

          Como si no escribir fuera una falta, un pecado, casi una inmoralidad.

          ¡Alto!

          Bukowski nos redime.

Si no te sale ardiendo de dentro,

a pesar de todo,

no lo hagas.

A no ser que salga espontáneamente de tu corazón

y de tu mente y de tu boca

y de tus tripas,

no lo hagas.

          (Del poema ¿Así que quieres ser escritor?)

          Escribir no tiene que ser una condena. Pero si no se escribe, no se puede ser escritor, ni nada cercano a aquello que esté ligado al oficio o el arte de escribir.

          La escritura como cualquier otro oficio, se nutre de la práctica diaria, constante e incansable. Es como un músculo que debe fortalecerse cada día. Y para hacer eso, el punto de partida es la voluntad, el deseo, pero también de otra cosa fundamental y que es quizá esa chispa que hace que algo dentro de ti se queme por dentro, como dice Bukowski.

          En definitiva, cuando se escribe es porque se tiene algo que decir, algo que tiene que salir en forma de cascada de letras, frases, párrafos. Pero así, como una cascada que cae inexorable y crea olas y corrientes.

          Lo de la sintaxis, la ortografía y los errores ya se revisarán después. Ernest Hemingway dio el mejor de los consejos:

          Escribe borracho, edita sobrio.

          El tema sobre el que se escribe da igual, siempre y cuando sea algo que te interese, que conozcas, que sientas. Otra cosa es cuando tu oficio es tu trabajo.

        Por desgracia, en estos tiempos, bajo la Dictadura de Google y el llamado SEO, la escritura se ha convertido en algo mecánico, donde se TIENEN que repetir palabras y se DEBEN incluir sinónimos en cada título, en cada párrafo, porque si no el algoritmo te CASTIGA.

         No por nada los jefes de marketing padecen insomnios y viven sonámbulos, ideando la mejor manera para aparecer primeros en los buscadores. Por eso no les importa inmolar talentos y darle su sangre al algoritmo.

           Pero no nos desviemos.

          Hay algunos que dicen que escribir es un placer, y no debe ser así necesariamente. La escritura que intenta representar la vida debe ser como la vida misma, con sus claroscuros, sus matices: para conocer los que es la felicidad, hay que saber lo que es el sufrimiento. Para saber lo que es el placer habrá que experimentar también el dolor.

          La escritura también puede ser sufrimiento. Nadie dijo que sería fácil: la hoja en blanco, el bloqueo mental, la palabra que está en la punta del bolígrafo y no se escribe, la frase que no encuentra el tono o el ritmo… pero si la idea está ahí, el deseo, el ardor, la voluntad… todo llega, se acomoda, sale y se expresa.

          Pero si la tinta está seca, ya se ha dicho, mejor dejar la hoja en blanco. Quizá en algún momento, sin esfuerzo, aparezca esa chispa que la derrita, la vuelva líquida. Entonces será el momento de retomar la pluma, mojarla en ella y volver a empezar.

Carlos López-Aguirre

Carlos López-Aguirre es periodista y escritor mexicano. Su trabajo fue elegido para formar parte de la Antología de crónica latinoamericana actual (Alfaguara, 2012). En ficción, aparece en la selección de relatos Sospechosos Habituales – Las vueltas abiertas de América Latina (Demipage, 2017). Sus microrrelatos han ganado concursos en Editorial Tusquets o el periódico español El País. También han sido publicados en El Periódico de Catalunya y la revista El Rapto de Europa. Ha colaborado para periódicos como REFORMA de la Ciudad de México, El Colombiano de Medellín, así como en las revistas Yorokobu de Madrid, Tusitala y Librújula de Barcelona. Blog: http://expresionescronicas.wordpress.com

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