Teatro de Naranjal: el arte como responsabilidad social

En diciembre de 2018 se inauguró el Teatro de Naranjal, un pequeño espacio en el distrito Los Olivos de Lima, Perú, que ha mantenido una agenda quincenal con la presentación de obras de teatro, mimo, títeres y cuentacuentos. Para conocer sobre esta labor en el campo artístico, conversamos con uno de sus promotores, el profesor José López Mauricio.

José, ¿cómo se liga la docencia con el arte y particularmente con el espacio teatral que ustedes promueven?

La educación busca el desarrollo integral de las personas, y una de las áreas formativas es el arte en sus diferentes expresiones. El arte busca darle trascendencia al ser humano; por eso, desde el punto de vista docente, promover el arte es un compromiso esencial; hacer arte o promoverlo es una responsabilidad con la sociedad. Con respecto al Teatro de Naranjal, esta es una iniciativa familiar, integrada por profesionales de la educación y de las ciencias de la comunicación; no somos actores, pero sí consumidores culturales y en especial del teatro, que es una de las artes más completas y de gran atractivo para el público.

Tengo entendido que en el norte de Lima existen varios espacios teatrales.

Así es. En Comas se realizan varios festivales populares como la Fiesta Internacional de Teatro en Calles Abiertas, conocida como Fiteca; la Gran Marcha de los Muñecones, que ganó el 2018 el Premio Nacional de Cultura; el Festival de Títeres MuñeComas, y el Minkarte, encuentros de elencos nacionales y extranjeros, actividades autofinanciadas que ofrecen espectáculos gratuitos al público; otro festival es Múdate en San Martín de Porres. Entre los locales están Colliclown, la Casa Haciendo Pueblo, el Teatro Grecia y del Grupo Óscar Romero en Comas; la Casa Colibrí en Independencia; el centro Ágora en Carabayllo; el consorcio La Compañía y nosotros en Los Olivos.

El Teatro de Naranjal ha cumplido un año de actividad. ¿Cómo se ha incorporado su espacio en este contexto de Lima?

Nuestro espacio se suma a este esfuerzo por la cultura en las zonas populares. El precio de la entrada cubre los costos y es suficiente. Pensamos que el trabajo del artista debe ser compensado económicamente y creemos que el público debe también debe retribuir ese disfrute y aprendizaje.

Sobre ese aspecto, a veces se discute sobre si el arte debe difundirse gratuitamente o debe tener un costo.

El artista es un trabajador de la cultura, su formación demandó tiempo, mucha disciplina, además de una constante capacitación. Por tanto, su labor es tan igual como la de otros profesionales y más delicada quizá porque se trata de un contacto directo con las personas, especialmente en la sensibilidad de los niños. Por supuesto, existe la labor social del artista y por eso hay festivales gratuitos. Pero eso no debe confundirse con que siempre sea así. Esa idea de que el arte debe ser gratuito y no contaminarse con el lucro ha hecho que se piense que un artista está destinado a la pobreza.

Definitivamente, el artista ofrece un servicio que debe retribuirse.

Por supuesto. Esto me hace recordar la anécdota que recoge Luis Bassat en su libro Inteligencia comercial, donde compara a Van Gogh y a Picasso: mientras el primero no vendió ningún cuadro y murió pobre, el segundo cotizaba alto su trabajo. La anécdota es que una señora le reclamó a Picasso el costo de un retrato que le hizo en pocos minutos y que él le respondió: “Perdón, señora, para hacer este dibujo he tardado toda una vida y cinco minutos”.

Siempre se dice que el arte, en general, es una necesidad muy desatendida por el Estado. ¿Concuerdas con ello en el caso del teatro?

Decía al inicio que el arte es parte de la acción educativa y claro que es un deber del Estado. En nuestra capital existe el Gran Teatro Nacional, pero preguntémonos cuántos niños de los distritos de Independencia o Puente Piedra han ido. Aquí en Lima, además de la Casa de la Literatura, felizmente están los espacios universitarios y los centros de idiomas que auspician funciones de teatro. Pero el arte escénico está limitado a las grandes ciudades, a los distritos céntricos y es caro. Para los sectores populares todavía es un lujo, una necesidad suntuaria lejana de la canasta básica. Por eso es importante que existan emprendimientos culturales que satisfagan esta carencia, que propongan alternativas para expandir el teatro y otras artes a más público.

En el Teatro de Naranjal es rescatable la apuesta por los niños. ¿Cómo ha sido esta experiencia de enfocarse en este público?

La mayoría de las funciones está dirigida a niños, es lo que se llama teatro familiar. Los padres que nos visitan, al observar que sus hijos ríen, juegan, que participan con los actores, que aprenden y reflexionan sobre las historias, se sienten satisfechos de haberle brindado un momento de entretenimiento. Este público reconoce que el goce artístico es también importante para sus vidas. Se trata de un sector privilegiado que integran el consumo cultural a su quehacer cotidiano y esos niños serán los que más tarde ya cuenten con este disfrute en su experiencia y lo reclamen.

¿Y el público adolescente y joven?

Es un público más huraño, y creo que es por dos razones: no ha sido un espectador cuando fue niño y porque no hay obras que le llamen mucho la atención. Se necesita que los elencos trabajen temas sobre adolescentes y jóvenes, sobre sus inquietudes y los problemas sociales que les rodean. Se requiere proyectos que asuman el compromiso de trabajar pensando en ellos. Por ejemplo, en el feminicidio, que se presenta en un 40 % entre mujeres de 18 a 29 años; en la discriminación social, etc. Urge realmente un teatro comprometido con esta realidad, cruda y desafiante, para que toque la sensibilidad. Y desde nuestro lado, estamos formando un elenco de jóvenes voluntarios que sienten suyo este desafío y esperamos pronto llevar microteatros a las escuelas secundarias.

Entonces han pensado integrar el teatro a otros espacios.

Sí, desde un inicio hemos coordinado con los elencos para llevar las obras de teatro infantil a los colegios de los distritos, ya sea a sus auditorios o patios. Los actores que comparten nuestra idea de llevar el arte a donde está el público se han sumado a este esfuerzo, y hemos tenido buena acogida por los directores y profesores que ven una forma de incentivar la lectura, el recreo y el aprendizaje, además de facilitar la seguridad del estudiante en su mismo centro escolar. Otro espacio son las casas, en los cumpleaños, como otra opción de divertimento para los que acompañan al festejado. En suma, no solo esperamos que el público vaya a nuestro pequeño local, buscamos que el arte teatral llegue a más personas, los divierta y contribuya de algún modo a la construcción de sus vidas.

¿Podría decirse que Lima Norte es un polo cultural?

Lima Norte comprende grandes distritos y tiene ocho universidades entre Los Olivos, Independencia y Comas. Tiene las condiciones para convertirse en un gran polo cultural, pero faltaría articular esfuerzos. Sería interesante que las municipalidades provean de servicios culturales a la comunidad, que los descentralicen y se cree una gran agenda cultural. Nos faltan auditorios abiertos al público, con conferencias, debates, talleres, etc., gratuitos o de costo accesible. Hay iniciativas que buscan abrir las puertas a este encuentro plural, pero es necesario que sea permanente, que sea una política de los gobiernos locales y otros agentes públicos y privados. ¿Te imaginas todo un intercambio de productos artísticos desde los mismos colegios, de las universidades hacia la colectividad? Anhelamos una Lima Norte donde se amplié la oferta cultural, donde se respire arte por todos lados. Solo así lograríamos que nuestros niños y jóvenes disfruten de un espacio para el divertimento, para el aprendizaje y la reflexión.

 

 

Fotografía: Diego Alva.