¿Taggear a los músicos?

Entre todas las artes, la música es quizás la disciplina susceptible a recibir más etiquetas y clasificaciones. Uno no solamente es un “músico”, uno también es flautista o saxofonista o pianista o inclusive multi-instrumentalista. Además, el músico puede ser cantautor, compositor, intérprete o arreglista. Más aun, el músico profesional generalmente debe definirse de alguna manera usando los parámetros de ciertos géneros existentes para así poder distribuir su arte. Y es en este último rubro, el del uso de los géneros musicales, en el que me voy a enfocar aquí.

Generalmente, las etiquetas de género funcionan a favor del músico y lo ayudan a posicionar su trabajo en la mente de una audiencia que, de otra forma, casi siempre se amilana ante la presencia de excesiva diversidad. Las etiquetas ayudan a condensar las opciones y a reducir el abanico de posibilidades. Quizás no hay muchos oyentes que se sientan cómodos escuchando músicos que desafían los géneros. Músicos sin parámetros establecidos como Renaud Garcia-Fons, por ejemplo, los cuales apelan a inusuales audiencias que no necesitan parámetros concretos para disfrutar del mensaje profundo de la música. Garcia-Fons es un bajista de formación clásica que utiliza loops digitales para improvisar sonidos que suenan a veces a jazz, otras veces a flamenco, y otras tantas a música celta, entre otras influencias. ¿Cómo clasificarlo? ¿Cuál es su género? Es difícil responder a estas preguntas sin reducir la amplitud creativa que estructura la propuesta de Garcia-Fons.

Pasemos a mi propio caso. Cuando llegué a los Estados Unidos y decidí incursionar en la industria musical descubrí pronto las complejidades inherentes al uso de etiquetas de género. Al buscar gigs en clubes, restaurantes y bares, los managers siempre empezaban por preguntarme ¿pero tú qué música tocas? Mi ingenuidad de adolescente tardío me llevaba muchas veces a rehusar toda etiqueta o a crear mis propios rótulos: “yo soy improvisador,” “toco música clásica alternativa” o “interpreto música del mundo” eran mis cándidas respuestas. Trataba de evitar clasificaciones obvias porque sentía que estas representaban una forma de coacción a mi licencia creativa. Notoriamente, las etiquetas que proponía no me ayudaron a convencer a muchos managers. Más bien fueron buenas en atraer miradas irreverentes y extrañadas.

Con el pasar del tiempo, sin embargo, fui acostumbrándome a lidiar con el uso de las etiquetas de género y me volví más flexible. Así empecé a notar una tendencia interesante en el público norteamericano que no ha tenido mucho contacto con la diversidad de la cultura hispana. Soy guitarrista con un entrenamiento básico en técnica clásica pero no toco música clásica, más bien me atraen el jazz, la música popular brasilera y los sonidos del medio oriente entre muchas otras vertientes. Como consecuencia de esta formación clásica, pulso las cuerdas con los dedos y no con una uña de plástico o pick. Además, mi instrumento usa cuerdas de nylon y no de metal, como las de la guitarra eléctrica. Por estas razones, la gente que me escuchaba tocar en los Estados Unidos y a la cual le agradaba mi música espontáneamente, empezaron a describirme como un intérprete de Latin music o también de Spanish guitar. Al principio estas descripciones me parecían imprecisas, angostas y lejanas a mis ideales estéticos (de adolescente tardío). “No,” replicaba yo, “soy músico de jazz, soy improvisador, soy músico del mundo.” Mi audiencia casi siempre me miraba intrigada al escuchar estas palabras.

Pasaron más años y llegué a conformarme, y a veces hasta gozar con el juego de las etiquetas. Comencé a darme cuenta que estas, al final, me favorecían desde un punto de vista comercial. De esta manera, cuando un cliente me contactaba para contratarme y preguntar detalles acerca de mi música, yo directamente proponía las etiquetas de Latin music y Spanish guitar e incluso “flamenco” dependiendo de los intereses que transpirara el cliente. Desde cierto punto, me ha parecido siempre una especie de traición a los ideales artísticos e integridad del músico jugar de esta forma camaleónica con las clasificaciones estilísticas. Pero uno tiene que sobrevivir y ganarse el pan de cada día. Realmente, un rótulo no significa nada si aquello que se crea se trae al mundo con pasión, libertad y convicción. Ahora, cuando un cliente me contacta, y dependiendo de sus demandas específicas, paso a ser de un guitarrista clásico a un músico de jazz a un folk musician y a un Spanish guitarist, aunque de Spanish solo tengo el acento cuando hablo inglés. Este es un ejemplo de la música que hago actualmente. Dejo al lector la tarea de etiquetarla:

httpv://www.youtube.com/watch?v=uxyu0_ga29s

Además de todas estas variables no se puede excluir el componente racial y étnico. Muchas veces, los clientes norteamericanos que b­uscan fine entertainment parten del deseo de recrear cierto ambiente o mood en sus reuniones privadas. Una demanda muy común es encontrar a alguien que toque Spanish guitar para una fiesta con un Mexican theme, lo cual en sí no tiene mucho sentido. En la contratación del músico está siempre implícita una asociación velada entre raza, género y el mood que se busca como elemento decorativo. Debido a mi origen sudamericano y mestizo, y al aura Latin que mi presencia física pueda sugerir a las audiencias norteamericanas en ciertas partes de los Estados Unidos, el uso de la etiqueta Latin music me ha ayudado muchas veces a conseguir gigs que implican este tipo de asociaciones y que quizás un individuo con distinto bagaje no hubiese conseguido. Estas asociaciones son parte de la llamada “imaginación racial” que conecta la calidad y forma de ciertos sonidos e instrumentos con la apariencia física de los músicos. La imaginación racial ha sido analizada profundamente por los etnomusicólogos Ronald M. Radano y Philip V. Bohlman quienes estudiaron junto a otros especialistas la formación de estereotipos basados en la proyección de características que se creen innatas en los músicos.  Un caso común es la asociación de los músicos negros con lo que se cree un sentido del ritmo “innato.” Así podemos ver que el uso de las etiquetas de género muchas veces puede estar asociado a la imaginación racial y al desconocimiento de las raíces culturales de los grupos minoritarios. Otras veces, las etiquetas son usadas como herramientas de distribución y ayudan a los músicos a ganarse la vida.