Sobre la amistad (donde no existe la grieta)

No puedo darte soluciones para todos los problemas de

la vida, ni tengo respuestas para tus dudas o temores,

pero puedo escucharte y compartirlo contigo.

Jorge Luis Borges

 

 

 

Es difícil definir la amistad. El genial Aristóteles se dedicó a ello en su Ética a Nicómaco, donde refiere a la amistad como “philia”, entendida esta como “virtud”. Decía el filósofo griego que “nadie querría vivir sin amigos, aun teniendo todas las demás cosas buenas”.  Su discípulo Platón, siguiendo a su maestro,  consideró que la amistad es el principio del valor y de todas las virtudes. Según esta noción, la amistad perfecta sería aquella que se complementa entre los que poseen igual virtud, pues ellos siempre buscarán el bien del otro antes que el propio.

Los griegos tenían una forma muy particular de representar la amistad. Esta aparecía como un joven que vestía una túnica con botones. Su posición era también una representación metafórica. Una mano se posicionaba sobre el corazón, y la otra se apoyaba sobre un olmo pequeño que estaba herido por un rayo. Este olmo que representaba el infortunio y mantenía una relación con el tronco que poseía una cepa cargada de uvas. Las uvas eran la representación de la dulzura, la unión, la meta final que, en suma, sería la felicidad.

En gran medida, la amistad se funda en la complicidad. En ese proceso, el tiempo se funde con el espacio y se vuelven uno solo. No hay grietas. Y si las hay, se reparan, se solidifican y se sellan para siempre. Esa permanencia permite alienar las direcciones y tomar un rumbo compartido, sincero, cómplice. La amistad se convierte de esta forma en un sentimiento que habita en más de un cuerpo, que se desdobla, que se complementa y se hace fuerte, vivo, intenso.

Los amigos crean un mundo paralelo al personal que nos permite alojarnos sin temor a ser desplazados. Ese espacio se vuelve nuestro y se alimenta con vivencias, con recuerdos y proyecciones. El futuro es el ahora y el pasado es el hoy. De ahí que tener una verdadera amistad es saber que esta requiere ser alimentada siempre y, además, que ello no implica la pasividad de una relación sin obstáculos. Al contrario, son precisamente esas dificultades las que la fortalecen y hacen de ella algo sincero,  real y maduro. En suma: cada muestra de afecto y consideración permite ampliar y hacer más cómodo ese mundo paralelo que nos permite escapar de la rutina, que nos hace indivisibles. Pensamos en ellos como si fuéramos nosotros mismos, abrimos juntos el escape desde el inicio hasta encontrar la luz al final del túnel o, a veces, hasta que el tiempo nos haga retornar al mundo real.

Algunas veces están cerca y otras, así se encuentren a kilómetros de distancia, se manifiestan como si quisieran que su voz se oiga de cerca nuevamente, como siempre. Los amigos destruyen las distancias, se vuelven a un mismo espacio y permiten reencontrarnos con la vida, con esos años que pudieron estar perdidos en el vacío si no contáramos con ellos. Y, aunque parezca contradictorio, uno deja de tener amigos, precisamente, cuando los tiene demasiado.

La fuerza contraria viene dada por quienes consideramos enemigos. Y la paradoja se funda en cuanto aquellos que ahora cruzan la orilla para que sean considerados de esa manera, alguna vez estuvieron en este lado, en nuestro lado, y por alguna razón fueron desterrados y arrojados hacia el lugar más distante de nuestra vida. Saben demasiado y eso es lo más preocupante para nosotros. Es precisamente en ese saber que aparecen los talones de Aquiles, las flechas de Paris, como una amenaza constante. Entonces la distancia que se toma no es más que el impulso para la defensa y, por qué no, para el ataque. La situación siempre es tensa. El tiempo va y vuelve con frecuencia, pues los recuerdos van y vienen transgrediendo las normas. Estamos ahí, en el medio, en el campo bélico, buscando siempre estar listo para ejecutar el disparo, no cualquiera, sino uno certero y fulminante, uno que nos permita descansar en paz, a nosotros y, sobre todo, a ellos.

La otra cara de la realidad la tienen aquellos que no son considerados necesariamente enemigos, pero están ahí, como en el limbo, deambulando de lado a lado para saber si llegan a ingresar en uno de los mundos paralelos o, simplemente, se conservan dentro de sí mismos. Esa situación de ingravidez nos hace tomar una actitud de desidia frente a ellos. Están ahí, pero a la vez no están. No representan parte importante de nuestras vidas, pero tampoco una amenaza que tenga que perturbar nuestra existencia. Su burbuja se extiende para adentro, hacia el interior, y crea mareas que pueden irrumpir su soledad. En realidad, se trata de una soledad aparente, vista desde nosotros. Su existencia crea otros mundos paralelos donde desde ese ángulo inverso también hay amigos y enemigos, y donde nosotros, seguramente, somos también sujetos sin rumbo, desorientados y hasta inexistentes.