Pure Fiction Days

Nada la toca, sólo el aire, pero desde que la vi todo tiene que ver con ella. Puedo convertirla en una descripción de pelo largo y rubio, labios lejanos (the best lipstick, far lips, decía el comercial), ojos que no he visto y un cuerpo cuyas formas se adivinan y se pierden con rapidez. Puedo transformarla en un concepto. No lo haré. Dejémosla en el portal de las imágenes: una imagen hace tiempo rodando en mi cabeza, una imagen que merece unas palabras. Aquí están.

Hace años escribí un cuento titulado «Yo fui un adolescente ladrón de tumbas». El título lo tomé de uno de los primeros cuentos (que nunca leí) de Stephen King: «I was a teenage grave robber».

Pues bien, una vez yo andaba por Groenlandia, todavía no me explico haciendo qué, y de regreso tomé una avioneta helada que me dejó en algún sitio de Québec. Mi plan era tomar un avión decente a Montreal o Toronto, y de ahí seguir vuelo a La Habana, pero al parecer lo que tomé fueron demasiados tranquilizantes y mi cerebro se fundió una o varias veces, no recuerdo dónde ni cómo. El caso es que pocas horas después yo estaba en el aeropuerto de Portland, Maine, no mucho más al sur y sin nadie a quién contarle del polo norte.

Entonces tuve una idea. Como todo el mundo sabe, el estado de Maine es el reino de King. Decidí ir a visitarlo. Alquilé un auto con calefacción y mapa. Después de conducir perdido por carreteras secundarias y bosques durante un día completo, atropellando renos y escuchando misteriosas emisoras, llegué a su castillo.

—No puedo creerlo, estoy en casa de Stephen King —le dije a Stephen King. El viejo me miró suspicaz y me dijo:

—Tú no pareces periodista ni fan. ¿Qué eres? ¿Un maldito escritor?

—Cubano —precisé—. Vengo inconsciente desde Canadá.

Oh my American God. ¿Existen escritores cubanos?

Para mí resultaban un acontecimiento. De alguna forma me hacían pensar en el futuro. Una raza de futuro. No es usual ver patinadores en las calles de esta ciudad.

Ver patinadoras es menos usual aún.

Ella, para colmo, apareció impulsada por un viento de rareza adolescente que me hizo seguirla con la vista hasta que los ojos se me humedecieron.

Quise ser muy pequeño para poder ir con ella, para poder ir en ella, abrazado con fuerza a uno de sus muslos, temblando de miedo y mirando hacia arriba. Quise ser muy grande para cuidarla del tráfico, llevarla a casa, sentarla sobre mi pecho, quitarle los patines y quitarle las medias y poner en mis labios, unidos, sus dos piececitos sucios.

Stephen King y yo nos sentamos a conversar. Yo le hablé de mi cuento con título suyo, pero aclaré que no se trataba ni mucho menos de un cuento kingniano. (Vacilé, recuerdo, antes de usar el adjetivo.)

En realidad, «Yo fui un adolescente ladrón de tumbas» era una ensalada de referencias que bastante poco le debía a King. Se cruzaban allí, según recuerdo: Lovecraft, Safo, Rimbaud, Virginia Woolf, Julián del Casal, e incluso, muy lejanamente: yo mismo, Paul Auster y un autor soviético y anfibio, de ciencia-ficción, llamado Alexander Beliaev.

No es una relación de la que me sienta orgulloso.

—Y dime, ¿cómo patinan los escritores cubanos?

Su expresión: fucking Cuban writers.

La pregunta me cogió por sorpresa.

—¿Quiere decir patinar… en el hielo?

Me di cuenta de que había dicho una estupidez. Hacía frío en Maine.

—Quiero decir patinar, muchacho. Patinar sobre cualquier superficie.

—Entiendo. Pero no estoy seguro de saber la respuesta.

—Piensa un poco. Sin que te duela.

—Escuche, ¿por qué no va a Cuba a averiguarlo?

—No es mala idea. ¿Se puede ir a Cuba?

Ahí mismo lo invité a un encuentro de narrativa fantástica que tendría lugar en La Habana el siguiente mes. King aceptó. Le dije que iba a estar esperándolo. Luego él me acompañó de regreso a Portland para asegurarse de que yo tomara un avión.

Cualquier avión.

La volví a ver la volví a ver la volví a ver…

Pasaba a veces muy cerca, a veces muy lejos de mí, y podía pasar lo mismo un día que medio año entre un flechazo visual y otro, pero no me importaba: ya había una frecuencia, una proximidad. Aunque ella no existiera, ya era un suceso auténtico.

Ningún aditamento superfluo: sólo sus largas piernas emergiendo de los botines emergiendo de las ruedas emergiendo del pavimento, los ojos ocultos tras gafas oscuras, la ropa pegada al cuerpo y el cuerpo pegado a la velocidad: una estela doradísima de pelo suelto. Siempre la misma. Pero a la vez diferente cada vez que yo la veía.

Porque cada vez yo era diferente.

Por supuesto que no había ningún encuentro de narrativa fantástica ni nada parecido. Era preciso inventar algo antes de que King pusiera un pie en La Habana.

En cuanto llegué empecé a ocuparme del asunto. Hice planes. Hice llamadas. Toqué varias puertas. Provoqué reuniones en editoriales, revistas, ministerios… Todo en vano. No pude mover un milímetro de nada ni convencer a nadie. A nadie le importaba un carajo que Stephen King viniera a Cuba.

A casi nadie. De mi lado estaban unos cuantos amigos fanzineros y fanzinerosos, heroinómanos de cultura pop, vampiros bloggers, fantasmáticos de las cloacas, narradores esteparios y mutantes, algunos con libros ilegibles o inéditos, ninguno con suficiente poder.

Todos con la seguridad de que si no hacíamos algo, así fuera una forma tallada en una nube hipotérmica, lo mejor era suicidarnos los unos a los otros lo antes posible.

No éramos suficientes para simular un evento literario de la envergadura King. Necesitábamos extras, voluntarios talentosos. De pronto, alguien tuvo una idea completamente loca.

—Tengo algunos contactos en el Hospital Psiquiátrico. Si reunimos dinero…

Nos fuimos al Hospital Psiquiátrico con el dinero reunido y un soborno en la cabeza.

Gracias a los contactos del que tuvo la idea pudimos llegar hasta una doctora que se pintaba o se afilaba las uñas en un escritorio. Al principio nos escuchó comprensiva, como pensando en ingresarnos. Luego, cuando enseñamos el dinero, su mirada cambió.

—¿Cuántos locos quieren?

Propusimos un número. Empezó el regateo.

Al final no conseguimos tantos. Eran caros. Pero la doctora prometía calidad.

—Necesitamos de varias edades y de varios países. Escritores o tipos literarios. También nos sirven lectores rockeros, cinemaniacos punk y cualquier tipo de aficionado a las series B y Z.

—Algunas mujeres, de ser posible —apuntó alguien.

—Las locas cuestan más —dijo la doctora.

Volvimos a negociar. Conseguimos especialistas muertas, groupies telequinésicas y lesbianas góticas. Ahora sólo faltaba el lugar.

La doctora señaló por la ventana:

—Por allá, no muy lejos, hay un hangar en desuso. Lo custodian unos militares, pero ellos también están locos.

Pensar en ella era pensar:

a) En una trayectoria cerrada que se abría a un espacio ilimitado, sin partida y sin final, un detenerse nunca, puro recorrer asfalto cuando el asfalto se transforma en pista de hielo.

b) En un videoclip o comercial acelerado que anuncia, convertidos en objetos y fetiches adorables, tus asociaciones más finas: un videoclip para las guitarras que en ese momento suenan en los audífonos, mientras afuera se congela y se quiebra y se rompe tu mejor secuencia de Ciudad Desconectada.

c) En mí mismo.

El día acordado, llegó. Descendió la escalerilla del avión sin escafandra y como asombrado de que el aire contuviera oxígeno.

Ya todo estaba listo. Unos cuantos locos se estaban preparando para los días de su vida y yo empezaba a sospechar que aquello

Welcome —apreté su mano.

—Te traigo el último Entertainment Weekly.

ya no tenía tanto que ver con Stephen King.

Lo acompañé al Free Havana Hotel, y allí lo invité a que mi invitara a cenar el día siguiente en el restaurante del último piso, donde hay una vista formidable de La Habana. Él aceptó y subió rápido a su suite del piso penúltimo, dijo que a drogarse.

En la cena, una mesa junto a la pared de cristal que nos separaba de la noche, me dijo que no había visto el menor movimiento que sugiriera la posibilidad de un encuentro de escritores más o menos verosímil.

—Es que va a ser algo un poco… alternativo —dije, y me quedé pensando.

—Alternativo no es la mejor palabra, ¿cierto? —dijo King, con la boca llena.

—Como quiera que sea, es nuestra semana. Hemos pensado hacer el evento en las afueras, allá por el Hospital Psiquiátrico, lejos de la locura del centro. Si le parece bien empezamos mañana mismo.

Se puso a mirar tras el cristal las luces de la ciudad. Masticando la vista y la comida. No dijo nada durante unos minutos.

—Me gustaría andar un poco por allá abajo. Ayer me asomé al balcón con los prismáticos del hotel y lo primero que vi fue una muchacha atravesándolo todo, el tráfico de las avenidas, los parques, los viejos edificios… Un sueño que se movía. Una blondie bad girl que patinaba sola y como nadie.

Me miró. Yo no dije nada.

—Pero bueno, ¿qué tienen pensado hacer ustedes? ¿Hay algún programa? ¿El invento de narrativa fantástica tiene un nombre?

No lo tenía hasta ese momento.

Sonreí. Le dije el nombre.

Y así nació Skate Fiction Days.

Una vez, digamos que una vez me puse un par de patines y salí a buscarla. A perseguirla. Con una red.

Aunque no había pensado qué hacer con ella después de tirarle una red.

Rodé por la ciudad, el mal tiempo de la ciudad. Un ciclón empujaba gigantes olas del Caribe. Todo estaba inundándose. De pronto la vi cruzar frente a mí. Me vio, me invitó a seguirla moviendo el dedo índice como anzuelo y desapareció tras una esquina, en el aire o en el agua. Fui por ella lo más rápido que pude, pero ya había perdido la visión. Solté la red y caí al suelo estrepitosamente: me partí la cabeza, las costillas, las dos rótulas. Yo no sé patinar. Pero me levanté, no sé cómo, quizás el veneno de la sangre mezclada con espuma de mar, y seguí. Y seguí sin ver a más nadie, no había gente, no había vehículos, en un cielo bajo flotaban los cadáveres, cuerpos ahogados. La red no me impedía moverme, pero a medida que avanzaba se iban enganchando: botellas, peces, revistas, circuitos, rocas, vestidos, animales molestos. Ese tipo de cosas iba arrastrando con mi cuerpo, que sin embargo ganaba en prontitud, como impulsado por una poderosa corriente submarina que era, al mismo tiempo, un impulso poderosamente sexual. Tuve deseos de desnudarme, pero de cierta forma ya estaba desnuda. Y sola. Y nadie me alcanzaría o se atrevería a alcanzarme mientras siguiera patinando sin más dirección que mí misma.

De antemano hay que decir que todo salió mal. O que salió como salen las cosas que no tienen profundidad ni sentido.

No nos dio tiempo a limpiar el hangar pero metimos en él una mesa larga, un montón de sillas y de pósters, una expendedora de dulces y bebidas, potecitos de pastillas diversas, grabadoras, cámaras, micrófonos, maniquíes, juegos de luces, etc.

Stephen King fue el primer día, saludó a todos, habló de todo, autografió hasta libros que no eran suyos (uno de Harold Bloom, recuerdo) y no volvió a aparecer por el hangar hasta el último día.

Pero aquello siguió andando. Y yo no pude ser el anfitrión real de King durante aquella semana (por las noches iba a buscarlo al Free Havana y siempre estaba durmiendo o no estaba) porque todos los participantes, incluso los extranjeros, veían en mí a un supuesto coordinador en jefe.

Hubo lecturas.

Conferencias.

Debates.

Recuerdo que alguien habló de Códigos de Acceso o algo así.

Alguien leyó una novela completa y compacta y cuando terminó le pegaron un tiro.

Sin que tuviera mucho que ver, un Dj ensayista o un ensayista Vj (no entendimos bien, no entendimos nada), dio a conocer su último estudio sobre la última literatura china. Planteaba que en lejanos supermercados lumínicos y pisos flotantes de rascacielos, en lejanas microsalas de cine y columnas de quiosco semanal, ya se estaban escribiendo y reescribiendo todo tipo de alimañas mecánicas, las cuales se disponían a invadir poco a poco el planeta tomando posesión de los cuerpos. Para finalizar, el estudioso se puso a leer textos breves de ficción en chino (o textos breves de ficción china). Gritamos que nadie entendía. Él dijo:

—Pobrecitos —y siguió leyendo.

Otro día vino la policía y nos metieron presos a todos. Estuvimos en la cárcel sólo unas horas. Alguien pagó o intercedió por nosotros. El guardia que nos abrió la puerta era un tipo amable y culto que había leído a Stephen King.

—Mañana estoy libre. ¿A qué hora empieza la actividad?

Hubo citas.

Exergos.

Desmayos.

Se presentaron y se vendieron libros que no estaban escritos.

Una editora argentina, entre un bostezo y otro, preparaba antologías.

Por las madrugadas, un subgrupo de participantes empezó a desarrollar su propio evento, donde según ellos se abordaban temas que no eran considerados serios o importantes en el evento diurno, ideas y formas que se dejaban de lado. El subgrupo lo encabezaban autores (algunos de mis amigos) que decían sentirse censurados porque no los dejaban leer (o porque no los dejaban no leer), y tras ellos fueron otros cuya opinión era, básicamente, que el espacio diario del hangar se había acomodado en la normalidad freak, que ya no era suficientemente subversivo y radical: faltaban humores, blasfemias, esqueletos nuevos. Mientras tanto, un tercer subgrupo ojeroso y medio zombi empataba alegremente la madrugada con el día sin prestar atención al cisma (sin prestar atención a nada), o dividía el tiempo a su manera para poder tomar notas cuando fuera necesario.

Nadie preguntaba por King. Pero llegaron rumores. Lo habían visto caminando por ahí con una gorra de béisbol, caminando mucho bajo el sol. Lo habían visto conversando con camareras, comprando helados a los niños. Y King sí preguntaba por alguien. Pero nadie sabía responder.

El día de la clausura me preguntó a mí.

Who’s the girl?

Sospecho que para entonces él sospechaba la respuesta. Yo no. Yo no la supe hasta ese momento.

Are you sure?

—Yo sólo soy un viejo escritor americano —me dijo—. No he visto muchas cosas.

Yo miraba a la doctora de las uñas pintadas pronunciando las palabras de despedida del encuentro. Usaba una blusa transparente. No sé qué era lo que estaba despidiendo.

—Pero he venido aquí gracias a ti, y aquí he visto algo sorprendente.

Aplausos. La gente empezó a abandonar los asientos.

Algunos no pudieron levantarse, pero

—¿Quién es la chica?

estaba claro que todo había terminado.

—Soy yo —le dije. Al fin.

Él se acomodó los espejuelos y me miró.

—¿Estás seguro?

—No.

Nadie estaba seguro de nada después de aquellos días. Así que sucedió algo hasta cierto punto inevitable. Mis amigos y yo debíamos devolver los locos (sobre todo las locas) al hospital. Pero como resultado de una confusión, algunos de mis amigos viven hoy en el Psiquiátrico y algunos de los que fueron extras de Skate Fiction Days hoy son personajes del under habanero.

Nada que tenga mucha importancia.

Acompañé a Stephen King del hangar al hotel y del hotel al aeropuerto. Durante todo el recorrido evitó mirarme. Pero hablamos. Hablamos mucho.

—Mantente en movimiento —creo que fue lo último que me dijo antes de subir al avión—. Mantente a salvo. —Típico one-liner. Me quedé para ver el despegue. Quería tener la seguridad de que despegara rumbo a Maine.

Dondequiera que esté eso.

Sé que algunos me ven. Que algunos incluso me buscan. Es absurdo. Yo no tengo nada que decir, nada que revelar.

Simplemente sigo patinando.

Este cuento pertenece al ebook QUINCE MIL LATAS DE ATÚN

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¿Conoce usted la Cuba de Jorge Enrique Lage? ¿Tiene idea de lo que ahí sucede?
En esta Habana no encontrará grandes romances en un malecón, picadillo a la criolla al mediodía ni cantinas que ofrecen licores mezclados con hojas de hierbabuena. Esta es otra Habana, la de los gatos samurái, la de las armas de alto poder salidas de una película de ciencia ficción: la Habana que se regodea con Stephen King y contempla el vuelo de amenazadoras criaturas aladas mientras un fantasmagórico muchacho patina por la ciudad.
¿No le parece una Habana creíble? Pues léalo en Quince mil latas de atún y compruébelo con sus propios ojos.

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