Pulsión escópica

2.2 millones de seguidores marcaba su contador en la red social y aplicación para subir fotos. Cada que un atisbo leve de resaca le acribillaba la cabeza notificaba el número de admiradores. Aquella mañana eran 2.2 millones. Desconocía el conjunto numerable. ¿Cuánto eran 2.2 millones?: 2.000.000 de personas que veían diariamente su rutina sostenida por sponsors. Si los voyeristas fueran dólares, ahora tendría 104387.40 $USD. El dígito le llenó el abdomen; un vientre construido a base de yogurt y sémola, de vanidad y orgullo. No los necesitaba, ni a los seguidores ni al dinero; la gente es feliz por momentos y con pequeñas cosas cotidianas: un like. No es nada para llorar; les das algo y agradecen. Un grande trasero entangado basta para que la cifra remonte, para que llegue otro sponsor más con un envase de proteína o mierda diferente.

Baby its slow”. Las primeras letras de aquél track pinchado por el Dj en la fiesta de la anoche se le quedaron tatuadas en la lengua. ¿Por qué? Nada tenía que ver con sus gustos; ella se deshacía con el bum bum estrobofónico de Bad Bunny, con todo y su voz gangosa de yonki esnifa monas. “When lights / go low”, continuaba el repiqueteo casi eléctrico en su lengua. Palabras tarareadas de manera automática, como un mantra para evadir la ansiedad. Como contar 2.000.000 hasta dejar de pensar.

“La Toja se ha especializado en productos de baño, siendo una de las mejores marcas que puedes adquirir, no sólo por sus precios baratos, sino también, porque vas a tener la confianza de que todos los productos están realizados con esmero y buscando en todo momento el beneficio para la persona que los utiliza”. Era la leyenda que contenía una tarjeta dentro de un paquete amarillo que la empresa de paquetería DHL había llevado hasta su domicilio en la zona residencial. Se trataba de un mensaje que tenía que pronunciar a manera de slogan publicitario oculto en su siguiente publicación de IG basada en su nuevo patrocinador: La Toja. Una empresa española de jabones que surgió a partir del descubrimiento de los manantiales de la Isla de Toja, en Pontevedra, Galicia. La leyenda cuenta que un sacerdote abandonó en dicha isla a un asno enfermo para que muriese en ese lugar. Cuando regresó días después, se sorprendió al ver al animal sano, alegre y con el cabello brillante, justo como las modelos que figuran en los anuncios de Shampoo.

En 1904, La Toja lanzó al mercado sus primeras sales de baño, que les permitían a las mujeres beneficiarse de las propiedades termales de la isla, y de los atributos del asno moribundo de cabello sedoso y grácil. Tomó el producto adjunto al final del sobre, un pequeño recipiente de cristal que contenía centenas de grageas ambarinas. Abrió el conducto del agua en la tina que días atrás había llenado con agua Evian gracias al patrocinio de la marca de agua mineral natural proveniente de Francia. Esperó a que la bañera rebozara y tarareó: “Tonight / trough / the dark hip falls”. ¿Cuántas veces necesitas escuchar una canción para grabártela en la cabeza? ¿2.000.000 reproducciones? Algo raro. A ella le había bastado con una sola vez; quizá fueron las guitarras criollas en medio del track, las que lograban afinar con su personalidad “Zen” de niña que no desea más porque ya lo tiene todo, tal vez sólo quería sentirse coola solas, sin necesitar de la aprobación de nadie; la sensación de no prescindir de absolutamente ninguna persona en el mundo, meterse en una tina dadá desierta de emociones. Sabía que hiciera lo que hiciera, el número de seguidores subiría el día siguiente, y el siguiente, ad nauseam. La canción le confería ese sentimiento y más: “Drilling trough / The Spiritus Sanctus”.

Se sumergió en el agua como un submarino que está siendo estrenado, un K-329 Bélgorod ruso de propulsión social anegándose en el mar salado de la anuencia en absoluta soledad. Una aprendiz del like en el monasterio de la Serotonina. Sabía bien que sin ese culo no sería nadie. Un ente transparente por el que podrías pasar a través de él, literalmente. Un holograma deslucido en el imperio brillante del Mass Media. El infinito cuadriforme donde todo resplandece. Donde todo sonríe. Sin ese culo enmarcado por un rectángulo con miles de corazones a rebosar sería un buque oxidado, una embarcación de pesca o peor, un barco funerario de esos que son usados comoreceptáculo para el difunto y sus bienes. Olvido y desintegración. Sin ese culo simplemente se quedaría al fondo de la tina, con el esternón como un áncora durante 2.000.000 minutos. Pero tiene unas nalgas que tonificar. Fue privilegiada con nervio, grasa y carne. Había que sacar todo eso a flote.

El instinto natural, de reafirmamiento de glúteos, la colocó de nuevo en la realidad. Tenía que hacer la promoción de las sales de baño. Una fotografía que era igual a una recompensa. ¿Son ilusos los patrocinadores? No había conocido de entre los 2.000.000 seguidores de su cuenta —de los que apenas conocía a una veintena— de alguien que comprara alguno de los productos que ella sutilmente anunciaba en la red social. Querían verla a ella. Hombres, mujeres y perros quizá. Verla en el bañador más diminuto que un diseñador ciego pudiera diseñar. Verla a ella. Hombres, perros y mujeres quizá. Su piel perfecta, humectada por costosas cremas de colágeno; una piel que nunca podrán tener ni tocar, y eso es lo que incendia al usuario.  La carencia de posibilidades frente a una modelo amateur. Una mujer que se haría famosa gracias a un error en la genética, a ese reservatorio de grasa dividido en dos glúteos prominentes. La obtención de la fama mediante la acumulación de grasa en la parte trasera de la pelvis. Suerte y cuestión de hormonas. Estrógeno. El subsidiario del dinero en su cuenta bancaria y los millares de Likes en su IG. El responsable de que se forme ese tejido adiposo en el culo. Combínalo con la con la testosterona y ahí lo tienes. Una cuenta de 20.000.000 seguidores.

Lo que vendía ella no eran cremas rejuvenecedoras, bebidas hidratantes, jabones revitalizadores, proteínas para ganar masa muscular ni licuados de vómito de atleta de alto rendimiento. Lo que ella proveía era imagen. Salud y capacidad fértil: estatus sexual. Incorporar eso a tu marca es como tener una gallina que pone huevos de oro. Una bomba de tiempo de compradores vitalicios. La inversión capitalista en la evolución genética para generar detonantes que sugieran la existencia del cliente en la Tierra. Una razón para vivir, una razón para comprar. La naturaleza no suele gastar tanto en rasgos que podrían ser suplidos por otros más asequibles, pero la mercadotecnia y la publicidad sí. Nos vende el sueño de la posibilidad. No. Es mentira. No hay sponsor iluso. Hienas. Zorros. Verdugos. La ilusa es ella. Es ella quien está siendo explotada. “Screaming / Oh you mambos”.

Los corazones que no cesan de aparecer y la batería que no aguanta. Empuja su cuerpo hacia fuera del líquido. Hurgar entre el cajón de las pantaletas hasta encontrar el cargador. Las gotas de agua dibujan figurillas en el piso imitación mármol. Círculos imperfectos. Soles de agua reventados por la gravedad. De regreso a la tina. El voluptuoso y aerodinámico K-329 vuelve a sumergirse en la baba de La Toja. Leve frío. Espasmos de niña malcriada. No necesita de una extensión más larga que el cable, en la lateral derecha superior de la tina tiene un enchufe. ¿Quién diseña estos espacios?, ¿las empresas funerarias? “Kill me / And / Kill me / And / kill me”.

El boceto de la batería en el smartphoneahora se acompaña de un rayo atravesado. El icono de la batería. El indicador de la potencia. Tu puerta de entrada a la Matrix. La idiotez activada. El cerebro en modo automático. El perno de la muerte.

Vuelve a tener conciencia de su cuerpo, como si sólo antes de tomarse una selfie recordara que tiene uno; al igual que en una sesión de yoga, antes de entrar en el trance del obturador. Se concentra en sus pies, sus muslos, y sube hasta su culo; la concentración suele acabar ahí. No hay más después del culo. Nunca lo hay. El modelaje y la pose están listos, sólo que ahora es engorroso, el trasero no figura en este sponsor. Tienen que verse las burbujas a todo foco. Eso sí, un escote bien pronunciado por sobre el agua. Ella no lo sabe, pero el plano que está por lograr corresponde a los anuncios de jabones de los años 50. La espuma escondiendo picarescamente las partes más insinuantes de su cuerpo: estética, electrodomesticación y technicolor. Por encima de la cabeza, una toalla enroscada. Juraría que se ha convertido en Twiggy tan sólo por un momento, casi nada. Leslie Lawson en 2.000.000. fracciones de segundo. Ella no lo sabe. “Jerk the handle”.

El teléfono ya está en el nicho correspondiente, en la palma derecha de su mano. Podría decirse que vive ahí, el objeto antes llamado teléfono, en una fina y casi imperceptible callosidad. El nido de la tecnología, la nanotecnología del placer. El smartphone es el consolador del cerebro que actúa en las manos. Pulsa el dedo pulgar en el disparador del aparato rectangular. El ojo que todo lo ve. El Gran Hermano de las Juventudes Millenials. Un leve disparo seguido de un leve destello. Una fuente de luz artificial que ilumina las burbujas en la tina. El flash como semen en una corrida facial. Cumshot. ¡Directo al rostro! Y un error… Una simple, casi imperceptible omisión de la Matrix. La luz entró como cuchillo en la retina, como un certero disparo de orina al ojo. 2.000.000 décimas de segundo bastaron para que el aparato resbalara del gran triangulo y el ángulo inferior de la palma de su mano derecha. Cuesta abajo. El móvil. Como un hombrecillo saltando al vació en un bungee con una cuerda elástica atada al tobillo. El cable de carga que no lo hará subir al exterior de la tina. Un kamikaze. Un cortocircuito. La electricidad que cruza por todo el cuerpo. Alteración eléctrica en el corazón, los músculos y el culo. El culo de 20.000.00 seguidores. De 20.000.000 voltios atravesados. Oscuridad. “When lights / Go low / There’s no help / NO”.

Ilustración: Anthony Nuñez