BLUE LABEL PORTADA Y CONTRAPORTADA Versión Final-218x323FRAGMENTOS DE ÚLTIMA PÁGINA

(Cuadernos de Inglés, Psicología, Ciencias de la Tierra, etc.)

 

1

 

El plan, a primera vista, parece sencillo: si demuestro que por tercera generación soy descendiente de familia francesa es posible que pueda salvarme. Necesito encontrar a una persona que no conozco. Sólo sé que esa persona se llama Lauren y que, además, es mi abuelo.

 

 

2

Eugenia frustró mi expectativa trágica. No hubo bajas de azúcar ni laberintitis. «Necesito hablar con mi papá, ¿puedes darme su teléfono?», pregunté sin rodeos. Pensé que no me hablaría por semanas. Imaginé distintos episodios: clonazepam, vértigo, asma o cualquier otro drama costumbrista. Entró a su cuarto dándome la espalda. Al regresar a la sala me entregó un ejemplar de la revista Todo en Domingo; había escrito el número en un borde. «¿Para qué quieres hablar con él?», fue una pregunta tranquila, sin neurosis. «Necesito hablarle sobre un asunto». Fingió leer. «Si vas a verte con Alfonso trata de que sea en un lugar iluminado, público, no le des tus teléfonos, no le digas dónde vivimos. Sabes que tu papá está enfermo». Eugenia siempre fue una mujer polite, demasiado polite.

3

 

Jorge tiene cuerpo de niño. Su barba no llega a ser barba y su bigote no llega a ser bigote. Seis o siete pelos equidistantes, cada tres días, le salpican el mentón. Poco a poco, Jorge ha dejado de gustarme; su compañía me aburre. Jorge es cursi y sensiblero. Me gustaría que fuera más brusco e indiscreto, más inoportuno, menos detallista. Me gustaría poder hablar con Jorge, decirle que no soporto la rutina, decirle que extraño a Daniel, que no me gusta mi casa, contarle los infortunios de mi padre o el absurdo proyecto de encontrar al abuelo Lauren. Mi relación con Jorge no es muy dada a las palabras. El contenido, entre nosotros, muchas veces estorba.

No me gusta fumar, Jorge fuma. Se enorgullece de hacerlo desde los doce. Su boca sabe a humo; una película viscosa, de tacto amargo, le forra la lengua; su saliva sabe a salsa de soya. Dice que quiere verme, sé que miente. Sólo quiere tocarme y desvestirme con ansiedad de autista. Jorge es inteligente. Mi cuerpo, sin embargo, lo embrutece, le amarra el cerebro. Se comporta como un perro, lo odio. No habla, no pregunta. Sus ojos parecen salivar. Jorge —alguna vez— me gustó. Es el único muchacho que he besado. Desnudé mi pecho ante él sin asomo de ansiedad ni vergüenza. Fuimos —aún somos— amantes torpes. El sexo, más que una cuestión de placer, es sólo un pasatiempo. La piel, indistintamente, goza o duele. Internet es la mejor escuela de anatomía. Natalia envía con regularidad videos o fotos de varones ejemplares. Jorge es bastante simple, no se parece a los gigantes. El erotismo web es muy teatral. La realidad —con sus texturas, olores y sonidos— es mucho más rústica. Además, la vida cotidiana no tiene un soundtrack.

4

 

No me gusta mi casa. En el libro de Literatura encontré el poema de un hombre de apellido García que expresa una preocupación similar: yo no soy yo, ni mi casa es mi casa, algo así. Mi mamá defiende y valora una familia que no existe. Habla demasiado. Cree que me conoce porque compartimos el almuerzo y, algunas veces, la cena. Eugenia desapareció un mes de abril cuando Beto y Daniel —cada uno a su manera— decidieron irse de la casa. Mi mamá, sin decirlo, censura mi silencio. Piensa que he sido indiferente a nuestra tragedia. No soporto su hundimiento público ni su política exhibicionista de la lástima. La cortesía habitual entre nosotras terminó de escindirse. Pregunta cosas obvias: «¿Hiciste la tarea, Eugenia?»; «¿Tienes hambre, Eugenia?»; «¿Quieres algo del Excelsior, Eugenia?». Mi comunicación con ella se limita al intercambio de sonrisas forzosas, interrogantes simples y áridos monosílabos.

5

 

«Alfonso. Soy yo, Eugenia. Quiero hablar contigo. Llámame. Es importante». Respondió por mensaje de texto: Juan Sebastián Bar, El Rosal. Ocho de la noche. A golpe de seis, bajo un cielo gris tormenta, agarré un taxi. Alguna vez pensé que Alfonso era una persona importante. En primaria, yo tenía cierto orgullo al decir a mis compañeritos y a mis maestras que mi papá era artista. Alfonso Blanc fue una especie de actor de reparto o jefe de casting en los años noventa. Cuando era niña lo acompañé varias veces a los estudios de Venevisión. Explota el cielo: cae un extrovertido palo de agua. La avenida Libertador, como siempre, se inunda. El taxista me mira con cara de sádico y sugiere atajos tenebrosos. Jorge envía un mensaje cursi, muy cursi. El recuerdo de Alfonso arrastra olores combustibles. El hedor me marea. Maldigo, permanentemente, la vulgaridad de la memoria: Alfonso tenía una cinta de VHS sobre la mesa de la sala. A mi papá le gustaba decirle a la gente que era cantante profesional. Cuando teníamos visita, tras el segundo trago, encendía el televisor y colocaba aquella película. Vergüenza en abundancia. Daniel se tapaba los oídos y se escondía en el cuarto. Alfonso obligaba a los visitantes a ver su presentación en un programa de concursos llamado Cuánto vale el show. Luego, un hombre calvo, supuestamente sabio, le decía que tenía buen timbre pero que debía trabajar la afinación. También una vieja de pelo rojo elogiaba su camisa de bacterias y, tras una carcajada burlesca, le brindaba no sé cuánto dinero. Aquello era horrible. Sé que mi mamá sentía mucha pena. La gente no sabía qué hacer, el disimulo era imposible. Luego, tras el divorcio, Alfonso llamaba a la casa, pedía hablar conmigo y con voz de mongólico improvisaba ternura: «Eugenia, es tu papi —siempre odié sus diminutivos—. Mira, pasado mañana voy a salir en un sketch de un programa llamado Viviana a la medianoche. Te llamo para que me veas. Sabes que tu papá es artista». Lo peor de aquellos días era tener que ir al colegio. Tenía la certeza de que era la hija de un chiste.

«Me quiero ir de esta mierda, no soporto las ridiculeces de estos militaruchos. Estuve viendo la página web de la embajada de Francia y, si consigo al abuelo Lauren, puede que me reconozcan la nacionalidad francesa. Necesito encontrarlo, quiero hablar con él. Dime dónde está». Lo intimidé, mi falso aplomo funcionó. ¡Qué despreciable sitio! El lugar parece un cabaret en el que, permanentemente, se celebra el día de las secretarias. Una pancarta gigante anuncia el concierto de la noche: Boleros con Elba Escobar. ¡Dios! «¿Cómo estás?», me pregunta tras un balbuceo. Está más flaco que nunca, parece un gancho. Aunque es un hombre joven su tez se ha vuelto gris, parece un perro callejero de esos que, a tres patas, vagan por el hombrillo. Tiene el cabello largo y sucio, parece un recogelatas. Además, huele a Guaire. Su frente y sus manos sudan. «Has crecido, Eugenia. Ya eres toda una mujer». La papada le cuelga, es asqueroso. Tuve la impresión de que, cuando pronunció la palabra «mujer», me miró las tetas. «¿Cómo está tu mamá?», preguntó taciturno. «Hagamos algo, Alfonso, háblame de Lauren, ¿dónde puedo encontrarlo?». Prendió un cigarro y me ofreció. Rechacé su oferta. «No sé dónde está, Eugenia. La última vez que supe de él fue cuando ocurrió lo de Daniel. Llamó para…». «No quiero hablar de Daniel». Elba Escobar saludó a la afición y comenzó a cantar un bolero llamado “Delirio”. Alfonso tardó en responder: «Lauren vivía en un pueblo de Barinas o Mérida, no sé, algo por allá. El lugar se llama Altamira de Cáceres. Debo tener alguna dirección o nombre en mi casa. Creo, sin embargo, que perderás el tiempo. Sabes que tu abuelo es una persona extraña». Recordé las historias de siempre. El nombre de mi abuelo, por alguna razón desconocida, siempre estuvo envuelto en la leyenda negra. «Creo que vivía en la casa de una mujer llamada Herminia. Buscaré sus datos y te los enviaré por mensaje de texto, ¿Irás a buscarlo?». «Puede ser, no lo sé». «¿Cómo está el colegio?». «Normal». «¿Cuándo te graduarás?». «Ahora, en julio». «¿Qué harás?¿Qué estudiarás?». «No sé. Todavía no sé». «¿Puedo hacer algo más por ti?». «No, no creo». «Eugenia». «¡Qué!». Elba Escobar terminó su lamento; dio las gracias al auditorio e hizo un chiste sin gracia. El público geriátrico aplaudió. «Nada, hija, nada». Mensaje de texto: Jorge —cursi, como siempre— dice que me extraña. Alfonso Blanc me da náuseas. Alrededor de él todo huele a gasolina.

6

Hay una idea que me genera cierto morbo: el suicidio. Me gusta llenar mi morral de explosivos imaginarios y contemplar mi cuerpo, bordado de nitroglicerina, haciéndose pedazos en los pasillos del colegio. Si tuviera que elegir un buen lugar para matarme creo que elegiría la casa de Natalia: piso diecisiete, Santa Fe Sur. El balcón del cuarto de sus padres tiene vista a la autopista del Este. Me atrae la caída libre, me pregunto qué se ha de pensar en el aire, en el último vuelo antes del golpe, antes de que alguna ama de casa, mientras habla por su teléfono celular, lance un grito de terror al ver un bulto de carne estrellarse sobre el techo del carro de adelante y salpicar su parabrisas con extremidades sin forma. El doctor Fragachán dice que es normal, a mi edad, tener instintos de violencia. Me gusta mentirle al doctor Fragachán. Cada semana exagero mis fobias y manías. A veces me da lástima. Él se pone nervioso, creo que le gusto. Natalia dice que le gusto. Todos estuvieron de acuerdo en que, tras la muerte de Daniel, la loca de Eugenia necesitaba terapia. Se supone que debía desahogarme, hablar, llorar, gritar y, de ser necesario, doparme. Cuando el doctor Fragachán me pidió que hablara de lo que quisiera le dije algo que, hasta el día de hoy, es motivo de juerga. Natalia se lo cuenta a todo el mundo por lo que se ha convertido —tristemente— en la más popular de todas mis anécdotas. «Mi único problema, doctor, es que me masturbo todos los días. Más allá de eso todo está bien».

El colegio es la inercia. Matemáticas, Literatura, Biología o Historia: todo es lo mismo. En los recreos huyo al fondo del patio a ver fumar a Natalia o a besarme con Jorge. La rutina escolar sugiere que la vida es y siempre será la misma. El futuro está lejos, el pasado y el presente son cuadros de costumbres: una sucesión de franelas, del blanco al azul y del azul al beige. El colegio es el único universo que conozco. Mi mamá siempre ha dicho que Caracas es peligrosa y por esa razón mi geografía urbana es bastante limitada. No conozco el centro ni me interesa conocerlo. Nunca he ido al Ávila. Ahora, como la mayoría de mis compañeros, Jorge habla de cursos propedéuticos y pruebas de admisión en universidades. Yo no quiero estudiar nada, no quiero hacer nada. Daniel decía que lejos de Caracas el mundo podía ser diferente. Me gustaría creerle. Si todo el planeta fuera como este lugar habría que reconocer que Dios es un arquitecto mediocre. Cristian, el profesor de Historia, siempre procura amedrentarnos con discursitos patrioteros; dice que hay que luchar y dar la cara. Le gusta improvisar arengas infelices. La palabra democracia es su más recurrente muletilla. Mis compañeros, por lo general, lo miran con expresión reflexiva —supuestamente reflexiva— mientras él nos invita a seguir el ejemplo de los héroes muertos. El último speech de Cristian fue diferente. No por él, él dijo lo mismo. La diferencia estuvo en la réplica, en la intervención del muchacho nuevo, de Luis Tévez. «¿Qué habla usted de luchar? ¿Qué lucha ni qué lucha? Hulk Hogan sí luchaba». Estallaron, entonces, las carcajadas lerdas. Él, sin embargo, no se reía. «Yoko Suna luchaba». El idiota de Cristian lo contemplaba absorto. «Evander Holyfield luchaba. ¿Qué va a estar luchando aquí nadie? El venezolano siempre ha sido un cobarde. Roberto Mano’e piedra Durán también luchaba». Todo el salón se ahogaba en risas ante aquellos comentarios. Cristian pidió orden y, como en las películas malas, su reacción fue salvada por el timbre de recreo.

7

Todo el mundo hablaba de las próximas vacaciones de Semana Santa. Natalia nos había invitado a su casa de Chichiriviche. Se iniciaría, entonces, el ciclo de lo mismo: piscina, parrilla, sexo, cerveza, marihuaneros foráneos y nada más. No tengo ganas de ir a Chichiriviche. La verdad, no quiero estar con Jorge. Jorge dice que esa casa es especial porque ahí, por primera vez, hicimos el amor. Él no pronuncia la palabra sexo, en lugar de tetas dice senos. No sé por qué razón concibe la sexualidad desde el eufemismo: una mamada, por ejemplo, es una felación. Cuando está con sus amigos es vulgar y ordinario. En ese contexto, llama las cosas por su nombre. El noviazgo, extrañamente, le impone cierto recato. Natalia me contó que con Gonzalo, a veces, le pasaba lo mismo. «Lo que pasa es que ellos a las putas se las cogen, a nosotras en cambio, que somos sus novias, nos hacen el amor».

Luis Tévez llegó en el mes de enero. Era una especie de repitiente. Él formaba parte de la promoción que se había graduado el año anterior —algo así—. No sé por qué razón tuvo que viajar a Bruselas. Se supone que había estudiado una especie de escolaridad europea que le permitiría revalidar las materias en Caracas y obtener, sin dificultad alguna, el título de bachiller. El Ministerio complicó los trámites y, por lo tanto, se vio obligado a cursar el quinto año desde el segundo lapso. Luis era más grande que nosotros —más hombre, más adulto—. Su barba parecía real. Al principio me pareció algo fofo y desproporcionado. La cabeza pequeña contrastaba con sus hombros anchos. No era gordo pero tampoco delgado, era pequeño pero no enano. —Jorge era más alto—. Lo que sí tenía, a diferencia de mis «amiguitos», era cara de hombre. Su aparición dio lugar a distintas mitologías. Luis Tévez, según las malas lenguas, estaba versado en sexualidad alternativa y drogas duras. En realidad, era tímido. No hablaba con nadie. Tenía una cicatriz en el hombro izquierdo que, supuestamente, era un agujero de bala. Natalia lo amó desde el principio. «¡Chama, qué bueno está, me encanta!», solía repetir mientras intentábamos hacer yoga. Luis nos trataba con indiferencia. Los chamos tenían actitudes encontradas: algunos lo admiraban, otros lo odiaban. Jorge pertenecía al primer grupo. No era una idolatría consciente; Luis Tévez se convirtió en un referente. Todos querían vestirse como él, escuchar la música que él escuchaba, usar su perfume, fumar su marca de cigarros. Luis tenía el hábito de usar media camisa por fuera. Ese detalle insignificante, repentinamente, se convirtió en uniforme. Nunca le hablé. Nunca me habló. El día que le dijo al profesor Cristian que un grupo de pugilistas desconocidos eran los verdaderos luchadores de la Historia fue diferente. Vi, quizás, los ojos más bonitos —aunque odio la palabra «bonito»— que había visto nunca. Era una especie de castaño tristeza, pardo melancolía, marrón nostalgia. —Los Berol Prismacolor solían tener ese tipo de adjetivo ilustrativo y ridículo—. Nunca imaginé que Luis Tévez sería la persona que me ayudaría a buscar a mi abuelo Lauren ni que lo acompañaría a la Universidad de Los Andes a entrevistarse con un poeta reaccionario. La rutina indicaba que aquella Semana Santa, como todas las anteriores, la pasaría en la casa de playa de Natalia practicando los rituales de siempre. Mi encuentro con Luis Tévez lo cambió todo. Cuando, a instancias de mi madre y de Natalia, me inscribí en el curso propedéutico John Doe —algo así, el nombre de un gringo—, pensé que me afiliaba a incontables jornadas de hastío y pérdida de tiempo. Ese curso fue horrible, sin embargo, fue allí donde por manías del azar ocurrió algo diferente.

8

Una vez más fuimos engañados: el propedéutico fue un bluff. La profesora Susana nos aturdió con publicidad falsa. Ella coordinaba un curso de capacitación que se dictaba los fines de semana. Las clases, supuestamente, serían impartidas por un grupo de especialistas instruidos en Ciencias Pedagógicas. Los peritos resultaron ser su hermano menor, estudiante de Matemáticas en el IUTIRLA, y un primo barquisimetano que estudiaba segundo semestre de Literatura en el IUPEL. Eugenia, mortificada por mi futuro, me obligó a inscribirme. Natalia, Jorge y los otros hicieron aquel curso por abulia. Todas las mañanas de todos los sábados la profesora Susana nos entregaba una resma de fotocopias: ejercicios tomados de Internet, listas de sinónimos, ecuaciones imposibles, etc. El hermano de Susana era un tipo muy gracioso cuyo nombre olvidé. El grupo lo ponía nervioso. Natalia, en particular, lo ponía muy nervioso. A ella le gustaba llevar faldas cortas e incomodarlo con movimientos sugerentes. Aquellas fueron las mañanas más inútiles de mi vida. Por suerte, disponía de mi iPod. Luis Tévez se inscribió a finales de enero. La rutina sufrió, entonces, un interesante sacudimiento.

El edificio en el que se dictaba el curso propedéutico era una auténtica ruina. Se trataba de un viejo caserón que había sido acondicionado para albergar un par de tiendas, una panadería y, en la noche, una especie de discoteca gay o, como decía Natalia, un sitio de «ambiente». El propedéutico John Doe se dictaba en una especie de galpón ubicado al fondo de una galería. Aquel pasillo olía a marihuana, vómito y orín. La discoteca quedaba en el segundo piso y los borrachos del viernes, inevitablemente, regresaban a su casa cuando nosotros entrábamos a perfeccionar nuestras habilidades verbales y numéricas. Muchas veces vimos al hermano de la profesora Susana interrumpir las clases y pedir prestada una manguera para fregar la podredumbre del suelo. En el segundo piso, al lado de la disco, había una tienda Kamasutra. Natalia quería curiosear pero el peso invisible de once años de colegio católico nos hacía sentir incómodas pulsiones de vergüenza —teníamos diecisiete años, éramos unas pendejas—. Solíamos pararnos en la vidriera y sufrir estúpidos ataques de risa. Aquella tienda era atendida por un muchacho precioso. Tenía el cabello negro y largo, enrulado y sucio. Aparentaba veintitantos. Natalia y yo lo veíamos con frecuencia en la panadería.

La llegada de Luis Tévez al propedéutico fue un acontecimiento. Luis causó una impresión imborrable cuando, una mañana cualquiera, apareció en moto. Los jalabolas de siempre rodearon la nave del héroe y expresaron interjecciones de asombro. Luis se quitó un casco de colores estridentes. Natalia tenía razón, tenía cierto atractivo. Jorge integró la comparsa de recepción. Todos adoraban a Luis. Incluso aquellos que decían despreciarlo se sentían aturdidos por su involuntario carisma. «¡Qué pasó, lacra!», gritó una voz que no reconocí. Natalia me apretó el hombro: era el administrador de Kamasutra. Se dieron un abrazo y se besaron las mejillas. Un círculo de idiotas los rodeaba y los veía como dioses de una galaxia lejana. El amigo de Luis se llamaba Mel Camacho.

La semana siguiente, en el break de las diez y media, decidimos entrar. «Tú pon cara de puta y no te sorprendas por nada. No te rías», dije. Cuando entramos a la tienda Luis Tévez y Mel conversaban en el mostrador. No sabíamos que él estaba ahí. Natalia me tomó por la cintura y me arrastró a una pared en la que se mostraba una secuencia de consoladores inmensos. Había cosas gigantes, prótesis amorfas, simulacros anatómicos extremos. Aunque se suponía que yo era la introvertida e impresionable, fue Natalia quien se intimidó. Ella, por lo general, ostentaba una sexualidad diletante. Le gustaba ser guarra y ordinaria. Tenía un gran talento para la vulgaridad y el insulto lascivo. Sin embargo, tras detallar un televisor con imágenes hardcore y recorrer un stand de lubricantes y perlas «intradiegéticas», su liberalidad se desplomó. Mel y Luis ni siquiera nos miraban. Natalia quería llamar su atención. Tomé, entonces, un tubo gigante de silicona con sabor a plátano —algo así— y me dirigí a la caja. «Hola, quiero llevar esto». Estoy convencida de que, por primera vez, Luis Tévez se fijó en mí. Mel Camacho tomó el producto, pasó el código de barras por el lector y lo introdujo en una bolsa oscura, sin distintivos. Recibí, entonces, una instrucción curiosa de parte del gerente: «Algunos clientes han expresado quejas con este tipo de silicón; al parecer, ha provocado alergias. Te recomiendo que lo uses con algún tipo de preservativo. Puedes llevar estos si quieres». Sin darme cuenta, colocó dentro de la bolsa un paquete de Durex. «¿Vas a querer llevarlos?». «Sí», le dije un poco atontada. «¿Tú estás en mi clase?», preguntó Luis Tévez. Asentí con el rostro. «¿Eres la novia de Jorge Ferrer?», dije que sí. Me sentí estúpida. «Ella es Natalia, mi amiga». Natalia se acercó y se presentó con expresión de severo Down. «¿Alguna otra cosa? —interrumpió Mel—, ¿algún lubricante, alguna película? Nos ha llegado nuevo material». «¿Qué tienes de Belladonna?», le pregunté con improvisada pero convincente sapiencia. Sacó una caja de un armario y la colocó sobre el mostrador. Natalia seguía con cara de idiota. Luis encendió un cigarro y nos ofreció. Yo lo rechacé. Natalia aceptó. «¿Sabes que Belladonna fundó una compañía personal, Evil Angel? —explicó Mel—. Tenemos cosas muy buenas. Te recomiendo No Warning, es un trabajo muy completo: hay escenas gangbang, bukkake, lésbicas, squirt». Fingí mirar con atención una carátula repleta de imágenes crudas. ¿Qué sabía yo de porno? No tenía idea. Sabía que existía una tal Belladonna porque Jorge y Gonzalo la nombraban con frecuencia mientras jugaban Playstation. Natalia, es verdad, tenía la costumbre de enviarme imágenes soft y algún tipo de erotismo conservador pero nunca había visto algo como aquello. Natalia tomó la caja y miró las fotos de la contraportada, su rostro se desencajó. «Pero esta tipa es una guarra», dijo con asco. Luis y Mel soltaron una carcajada graciosa, de final de comiquita ochentera. «¿Les gusta el pasticho?», preguntó Mel. Tenía la impresión —casi certeza— de que Natalia y yo les habíamos parecido una pareja de idiotas. Sin embargo, para mi sorpresa, nos invitaron a almorzar.

 

9

Inevitable melodrama: no quiero ir a Chichiriviche. Jorge —actor mediocre— hace el papel de amante ofendido. Noche de fiesta. Los padres de Gonzalo salieron de viaje. La casa está llena de humo y charcos de cerveza. Reggaeton estridente. Natalia perrea, todas perrean. Algunos idiotas de la B juegan truco; se insultan con entusiasmo macho. El dolor de cabeza me obliga a salir de la casa. Afuera, en el jardín, borrachos y borrachas intentan seducirse sin éxito. Jorge quiere hablar. Odio cuando Jorge quiere hablar. Querer hablar supone, inevitablemente, discutir. Sé que enumerará desplantes y disgustos. «Estás rara, Eugenia», esa suele ser la introducción. Mi silencio lo ablanda. Entonces, por lo general, apela a la patética. «¿Ya no me quieres, Eugenia?». «Sí, sí te quiero Jorge»: automatismo, réplica maquinal y necesaria. El libreto fue el mismo de siempre. Esta vez, antes de pactar a besos algún acuerdo transitorio, le dije que no tenía ganas de ir a Chichiriviche. Silencio y preguntas. Tensión. Luego, ante mi falta de argumentos, gritó. Yo grité. Me mandó a la mierda. Lo mandé a la mierda. En su universo simple y unidimensional trató de retarme a través de los celos: bailó una bachata balurda con una pendeja del Cristo Rey que, alguna vez —en primaria o en kinder— había sido su novia. Sí, es verdad, me piqué. Siempre me pico. No por él. Lo que duele, supongo, es el orgullo, el asalto a la propiedad privada. Mentiría si dijera que no tuve el deseo de agarrarla por los pelos, arrastrarla por el suelo y escupirle. Vainas de la cultura y el género… supongo.

Luis Tévez llegó a la medianoche. Tres payasos ebrios lo recibieron con cánticos ansiosos. Estacionó la moto frente a la casa y caminó hasta la entrada. El soundtrack de bachatas lo hizo detenerse y poner expresión de náusea. Su estado de shock me causó mucha gracia. No pude evitar reírme. Me miró y dijo: «Qué mierda». Todas las fiestas a las que yo había ido eran iguales: la misma música, el mismo volumen, las mismas historias, los mismos borrachos. «Sí —dije por decir algo—, es horrible». Hacía frío, aunque no me gusta fumar le acepté un Belmont. Luis sacó un Zippo negro del bolsillo de su chaqueta y acercó sus manos a mi rostro. Fumamos en silencio. Me miró con expresión infantil. Recordé nuestro almuerzo en Real Past al salir del propedéutico. Aquel fue un día raro. No hablamos de nada. Mel Camacho se pasó toda la comida hablando de películas porno y recitando argumentos desagradables. Luis, a mi parecer, había tratado de impresionar a Natalia con anécdotas lúdicas. Natalia es mucho más bonita que yo; lo sé y me jode. Natalia tiene las tetas más bonitas que las mías; lo sé y me jode. Sin embargo, también sé que es superficial y predecible. Estoy convencida de que, a segunda vista, debo resultar más interesante. Empezó a sonar un reggaeton llamado “Hablan mal de mí”. Luis dio la vuelta de manera brusca y le mentó la madre al aire. «Me va a dar otitis esa mierda», dijo. Caminó hasta su moto. Se colocó el casco. Saltó y encendió el motor. «¿Vienes?», me preguntó. «¿A dónde?». «Debo pasar por mi casa buscando algo. Después no sé, por ahí». Me asomé a la puerta entreabierta. La infeliz del Cristo Rey estaba guindada de Jorge; Natalia y Gonzalo discutían al fondo. No lo pensé mucho. De repente, una brisa helada me golpeó la cara con furia inédita y violenta.

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© 2014 – 2015, Eduardo Sánchez Rugeles. All rights reserved.

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Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977). Estudió letras en la Universidad Católica Andrés Bello y filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Posteriormente realizó estudios de posgrado en la Universidad Complutense y en la Universidad Autónoma de Madrid. Entre sus obras podemos encontrar: la novela negra Jezabel (2013), Desterrados; Liubliana (2012) —que obtuvo el primer premio del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario, Sor Juana Inés de la Cruz—, Transilvania, unplugged (2011) y Blue Label, ganadora en 2010 del Premio Iberoamericano de Novela Arturo Uslar Pietri. Ha participado en múltiples encuentros literarios internacionales, como la FIL de Guadalajara o la Bienal del PEN Club Internacional, y mantiene el blog literario: www.sanchezrugeles.wordpress.com