Entro a Pisces Fish Market, en la Quinta Avenida de Brooklyn, y siento que ingreso en el cuento «Sirenas de tierra» de Oswaldo Estrada.

     Cerca de la entrada, el dueño coreano prepara sushi fresco. En el fondo, el pescadero mexicano trabaja desescamando y fileteando la pesca del día. Los saludo a ambos y me detengo frente a las urnas de pescado y mariscos en el medio del local. Me reconocen pues soy cliente fiel. A veces me atiende el coreano, a veces el mexicano. Esta vez, el primero continúa preparando sushi mientras el segundo hace una pausa y viene a atenderme.

     —¡Buenos días, amigo! ¿Qué quieres? ¿Halibut? ¿Branzino? —me dice, pues ya conoce mis gustos.

     Siempre nos referimos a los pescados por sus nombres en inglés. No sé por qué. ¿Quizá decir fletán o lubina sería demasiado descontextualizado? De todos modos, esas especies no provienen de nuestros mares tropicales.

     Digo «nuestros mares» porque me he inventado la historia de que mi pescadero es del Pacífico mexicano, de algún pueblo de pescadores que aún resista al desarrollo hotelero. Pero en realidad no sé nada de él pues nunca he podido conversar ni hacerle preguntas. El coreano siempre está atento a que la atención sea rápida. No parece molestarle que hablemos en español. A menudo me saluda con un «hola» y se despide con un «adiós». Pero se asegura de que el trabajo de su empleado sea fluido y constante. En todo caso, el mexicano siempre es cordial, da la impresión de que trabaja con gusto y me trata de «amigo».

     Me parece que es alegre. No me deja la sensación de melancolía que expresa Luchito, el pescadero peruano protagonista del cuento de Estrada, recopilado en Las guerras perdidas (Nueva York: Sudaquia Editores, 2021). Luchito trabaja en una pescadería de Staten Island cuyo dueño también es coreano. Pero vive añorando a su compañera y a su hija, a quienes va a esperar a la terminal del ferry todos los jueves, su día libre. Las busca entre los pasajeros que desembarcan, aunque sabe que ellas no llegarán, pues no tiene cómo traerlas ni dónde recibirlas. Las extraña incluso cuando atraviesa la bahía para ir a Manhattan:

     «Yo voy de ida y vuelta. Me entretengo con alguna música callejera, viendo a la gente caminar. Como cualquier cosa en una esquina y vago por sus largas avenidas hasta que me vence la tristeza. De verlo todo y no estar con ellas».

     Y esa tristeza la lleva impregnada en cuerpo y alma. Anima a un inmigrante recién llegado a Staten Island, diciéndole que al menos ha venido con su mujer y que pronto encontrará trabajo, pero le advierte:

     «No te metas a las pescaderías (…) la sal se te pega al cuerpo. Las escamas. Las aletas. Y aunque te bañes y perfumes, siempre hueles a tristeza».

     Ese olor es como el de la tristeza de Ana, personaje del filme español Los lunes al sol (Fernando León de Aranoa, 2002). Ella trabaja enlatando atún en una planta de Vigo, mientras su esposo, José, bebe con sus amigos en un bar ya que todos han perdido su empleo por el cierre de un astillero. Ana detesta las condiciones laborales y el acoso de su jefe. Pero sabe que es el sostén económico de un hogar que está a punto de naufragar por la depresión, acompañada de arrebatos de machismo y rabia, de José.

     Ana rechaza el olor de su propia piel. Llega del trabajo en la atunera, se ducha y se pasa desodorante en aerosol por todo el cuerpo. José se le acerca con deseo y la acaricia. Ana lo resiste: «Déjame, que huelo a pescado». José insiste, recuperando su ternura: «No hueles a pescado, hueles a sirena». Pero Ana es una sirena demasiado triste y agobiada como para hacer el amor.

     Las de Ana y Luchito son tristezas comprensibles. Mi pescadero mexicano, en cambio, no parece estar triste. Hay una luz vivaz en su mirada. Quizá sea porque su familia, si la tiene, ya está con él. Quizá sea por la esperanza de formarla algún día o de traerla pronto. O quizá se siente bien y punto.

     Me entrega media libra de fletán, dos filetes de lubina y me desea buen día, con ese brillo en la mirada que me recuerda a nuestros mares tropicales bajo la luz del mediodía.

      Y yo salgo de Pisces como quien sale de un cuento latino, una película española y una pescadería brooklynense al mismo tiempo.

 

 

Daniel Campos

Daniel Campos Badilla reparte su tiempo entre Brooklyn, Nueva York, y su natal San José, Costa Rica. Ha vivido también en Brasil. Es filósofo y profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Publica crónicas urbanas semanales en ViceVersa Magazine (Nueva York). Su libro Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) narra y reflexiona sobre sus vivencias como inmigrante latinoamericano. Ha publicado ensayos en La Nación y Semanario Universidad (Costa Rica). Sus textos exploran el encuentro y enriquecimiento mutuo entre literatura, filosofía y vida cotidiana. Twitter: @Daniel_G_Campos

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