Nuestro cuerpo, la escritura y la inteligencia artificial

     Hace un par de días, en el aeropuerto de Toronto, una mujer sentada al lado mío me preguntó qué hago en la vida, en otras palabras, cómo me gano la vida; o, poniendo la cuestión de una manera más abstracta, qué trabajo hago para no perderme dentro del caos que nos rodea.

     Desde hace tiempo no me hacía esta pregunta a mí mismo. Tal vez debería haberme formulado esta cuestión con más frecuencia y seriedad; al fin y al cabo, este tipo de pregunta es de carácter esencial, de tipo existencial. En el fondo reside otra pregunta básica —¿qué estoy haciendo con mi vida? — pero, por algún motivo, he asumido una respuesta superficial; es decir, hago algo para vivir, no solo para vivir, sino para vivir con plenitud. Qué es ese algo y por qué hago esto y no otra cosa, no lo había pensado con profundidad. Me tomé mi buen tiempo para responderle. Esto fue lo que le dije: para ganarme la vida hago una de las dos cosas en que la inteligencia artificial todavía no ha podido superarnos. Le dije, entonces, que una de las cosas que ningún computador puede hacer mejor que nosotros es jugar baloncesto o futbol. A pesar de aquellos robots de las ferias japonesas de tecnología que patean un balón o lanzan una pelota a una canasta, ningún computador con forma de humano, en ningún lugar del planeta, podría ganarle en un mano a mano a Michael Jordan en su mejor momento. Si la inteligencia artificial nos ha llevado a no reconocernos, esto es todo lo que todavía es y nada más: una mente de cálculos sin piernas, manos, articulaciones y, mucho más importante, sin la inspiración ni la visión necesarias para atreverse a marcar una canasta como la de Jordan en el juego de los Bulls contra los Cleveland Cavaliers en 1989 o un gol como el de Pelé en el juego entre Brasil y Uruguay en el mundial de México de 1970.

      La inteligencia artificial nos ha robado capacidades mentales y sociales tan básicas como guiarnos en una ciudad o vecindario sin la necesidad de un GPS o interactuar con otras personas sin sentirnos weird. Pero, en algunas actividades en las que le pedimos a nuestro cuerpo que dé lo mejor de sí, la inteligencia artificial, a pesar de todos sus encantos, no nos has podido superar. La inteligencia artificial parece habernos quitado algo de nuestra humanidad, como el encontrar respuestas a problemas por nosotros mismos o la posibilidad de crear cosas con nuestras manos. Sin embargo, no ha eliminado nuestro cuerpo por completo ni nos ha robado el sentimiento de felicidad al experimentar el nacimiento de un infante o al mirar un atardecer con la persona que amamos. No muy lejos, en el futuro, sin embargo, nuestro cuerpo seguramente solo nos servirá para almacenar nuestros órganos, comer, dormir, usar el baño, sentarnos en un sofá con un casco que proyecte imágenes en nuestra retina y repetir este ciclo cada día. Así, nos pareceremos más a una mente artificial; nuestro cuerpo no será más que un objeto, una carcasa sin emociones ni sueños, aunque, estaremos evolutivamente situados debajo de la inteligencia artificial; en parte, debido a que está será mucho más rápida en sus operaciones matemáticas y más autónoma; en parte también, porque nuestra naturaleza es, ha sido y continuará siendo imperfecta e irracional a pesar de todos los avances sociales, científicos y culturales.

     En el pasado y el presente hemos cometido el error de construir imágenes de lo desconocido a manera de nuestra semejanza: los extraterrestres los hemos imaginado con piernas y cabeza y dos ojos; a Dios con pelo y barba blanca; a los seres del futuro, más avanzados que nosotros, con cuerpos humanos como el de Terminator o RoboCop. En todas estas representaciones tendemos a proyectar nuestros cuerpos, pero, irónicamente, es nuestro cuerpo lo que más nos distancia de todas estas posibilidades de existencias superiores a la nuestra.

     No juego futbol ni baloncesto para ganarme la vida ni para vivir bien —le dije a mi interlocutora en Toronto— pero es gracias a mi cuerpo que experimento el mundo y es gracias a mis experiencias del mundo que escribo y con la escritura me guio dentro del caos que nos rodea. Es nuestra capacidad reflexiva que todavía nos permite proyectarnos hacia un futuro mejor, soñar, inventar; algo que, hasta donde yo sé, es imposible para la inteligencia artificial. Hago esto, escribo. Ficción y textos analíticos. Pero, los escritores de estos últimos están siendo remplazados con nuevos procesadores de texto como GPT-3. Para los escritores de ficción tal vez esta amenaza esté un poco más lejana. Aunque, seguirá latente tanto hoy como mañana. La inteligencia artificial ama y se alimenta de las fórmulas y las repeticiones; y, la pregunta esencial para los escritores de ficción es cómo escapar de la repetición y las fórmulas, la despersonalización y la matematización de las emociones en el proceso de creación literaria.

 

Iván Parra García

Iván Parra Garcia (Bogotá, Colombia) tiene un MFA en Escritura creativa en español de la Universidad de Iowa. En la actualidad realiza estudios de doctorado en literatura comparada y traducción en la Universidad de Michigan. Fue el jefe de redacción de la revista Iowa Literaria, y estuvo vinculado en la creación del Centro de escritura en español de la Universidad de Iowa en donde se desempeñó como Lecturer in Spanish. Traduce del alemán al inglés para la revista de traducción literaria Absinthe. Sus cuentos y ensayos han sido traducidos al inglés y publicados en Estados Unidos, España, Reino Unido y México. Vive en Ann Arbor en donde trabaja en su novela El resplandor de una desaparición.

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