Otra vez la muerte asoma en Colombia, proveniente de ese grupo terrorista que no se cansa de matar y destruir: las FARC. Se pierde la cuenta de los intentos de diferentes gobiernos de firmar un acuerdo de paz. Lo que sí es claro es que tantos han sido como veces las que estos señores han jugado con este desangrado país. No sé tampoco cuál es esa gran capacidad de seducción que ha llevado a tantos gobiernos a intentarlo, a creerles que en esta ocasión sí están dispuestos a sentarse con seriedad en una mesa y alcanzar acuerdos lógicos, si siempre sus exigencias han demostrado ser tan irracionales como sus mismos actos de barbarie. ¿O será que la seducción proviene de afuera, más exactamente de las ganas que pueden sentir algunos de ser laureados con el Premio Nobel de la Paz?

No lo sé. Lo que sí está claro es que mientras en otras ocasiones Colombia clamó por un proceso que acabara con una guerra que parecía prácticamente perdida para el Estado, o al menos de la que no se vislumbraba una salida en un mediano plazo, este último de la Habana solo lo quería una minoría, porque cuando se dio, los terroristas estaban claramente derrotados.

Y no solo en el campo militar. Sus actos salvajes los habían llevado a ser condenados a nivel internacional y, de la ilusión de aquella guerrilla romántica en la que se creía en algunos países europeos, no quedaba nada. Cuando se dio por terminado el penúltimo intento de diálogo en San Vicente del Caguán, gracias a los esfuerzos diplomáticos del gobierno del ex presidente Andrés Pastrana, el mundo ya no veía a las FARC con los mismos ojos.

Después se logró lo que de mi generación hacia atrás nunca pensamos posible los colombianos. Durante el gobierno de Álvaro Uribe Vélez la Fuerza Pública comenzó a asestarle golpes inimaginables en otros tiempos a la narcoguerrilla, y a rescatar a los secuestrados. Colombia pasó de ser un país prácticamente bajo un secuestro colectivo, a un país liberado, orgulloso de los éxitos de sus militares y policías. Qué optimismo sentimos todos al recibir la noticia de la liberación, sin disparar una bala, de Ingrid Betancourt, los tres americanos y demás secuestrados que se encontraban con ellos. Fue un momento de júbilo.

Terminados los ocho años de Uribe, el país eligió en las urnas a quien desde la plaza pública prometió seguir con las políticas de éste. Juan Manuel Santos había sido su ministro estrella. El hombre que se había encargado del Ministerio de Defensa en la época de los golpes más certeros, no solo a las narcoguerrillas, sino al narcotráfico y a las Bacrim, que son las bandas de forajidos que emergieron después de desintegrados los paramilitares.

Sin embargo el presidente Santos decidió jugársela de nuevo por el diálogo. Las FARC por ese camino recuperaron el estatus internacional que habían perdido y hoy, a casi tres años de haberse iniciado dichos diálogos, siguen atacando la infraestructura energética del país, riegan petróleo en sus ríos y asesinan a policías y soldados. Y todo en medio de una negociación que trae en su agenda dos puntos que los colombianos rechazan en pleno: el no pago de cárcel por parte de los jefes guerrilleros y que se les permita participar en política.

Colombia teme un futuro oscuro con una realidad como la que hoy arrasa a Venezuela, y no acepta que queden impunes tantos años de crímenes y barbarie. ¿A dónde irá a parar esto? Todos queremos la paz, pero no una falsa que lleve a un derramamiento de sangre peor y un sufrimiento más encarnizado, que lo que hasta ahora le ha tocado vivir al golpeado pueblo colombiano.

© 2015, Pedro Caviedes. All rights reserved.

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Nació en Cartagena de Indias, Colombia. Empezó a colaborar con el periódico El Universal, de Cartagena, publicando columnas de opinión política. Trabajó como redactor y periodista para la firma editorial Mercado de Dinero y actualmente es editor en español de Copy Write Agency Inc. También es columnista semanal para el diario El Nuevo Herald de Miami, FL, Voces del Huffington Post e Infobae. Es autor de la novela "La otra mirada".