Murciélagos

Cover a Lêdo Ivo

Adelanto de Cadáver (Golfa, 2019)

 

Eustaquio, después de caminar vacilante algún tiempo por el suelo pedregoso encontró una pequeña puerta, en el centro de la cual había un murciélago clavado.

La mano encantada, Gerard de Nerval

 

La casa que me dejó mi padre tiene las puertas desvencijadas y rotas por los puñetazos llenos de furia que les dio años atrás, cuando el alcohol invadía su naturaleza y mi madre era entonces su perilla de boxeo; así como las paredes, las ventanas, las puertas, los jarrones y vitrinas. Papá fue un boxeador de peso completo en casa, no había objeto que pudiera rendirle cuentas. Nadie se atreve en la actualidad a repararla, como nadie se atrevió en su tiempo a increpar su ira. El dolor es una de las pocas cosas importantes que nos quedan.

Esas hendiduras en los postigos, son un subsidio a la rabia, un tributo a la disfunción familiar y los podridos años noventa. Crecí con esas fisuras sobre mi cara, cada navidad, cada año nuevo. Los mismos guantazos, la misma cólera. Así me hice más fuerte adversario, contra todo. Ya lo dijo el poeta: somos más sinceros cuando estamos furiosos que cuando estamos tranquilos. Papá me enseñó la sinceridad.

Murciélagos. En casa surcan murciélagos por el techo. Como una extravagancia, que me recuerda que hay que hacer todo a contrapelo, verlo todo al revés, como un quiróptero sin máscara; un hombre colgado por las extremidades, esa es quizá la única imagen objetiva que me legó la infancia, lejos de la ficción.

De niño auscultaba, tras esas puertas destrozadas, las perniciosas discusiones entre mi madre y mi padre. Me aleccioné a maldecir de esa manera:

—Eres un mequetrefe bueno para nada. ¡Un gusano anélido sería más prolífero que tú!

Voces que misteriosamente se quedaban grabadas en las cintas que escuchaba en aquel entonces en la vieja radiocasetera. Se introducían en las cintas de mis casets, como si alguien oprimiera el botón de REC por las noches, para registrar los insultos armónicos de mis progenitores; de manera que cuando auscultaba aquellas viejas cintas de los Smiths, podía percibir también las humillaciones desmedidas de mi ascendente:

 —Zorra insignificante, te va a cargar la chingada cuando termine de azotar este tanque de gas… Come Armageddon!, Come Armageddon!, Come!