Manson, la flor del diablo

Todo vuelve, aunque nunca se fue. A cincuenta años de la masacre perpetrada en California por La Familia, surgen películas (hasta Quentin  Tarantino trata el tema en Once Upon a Time in Hollywood), se editan libros y la efeméride, medio siglo desde ese espantoso asesinato ritual que conmocionó al mundo, copa cabeceras de diarios.

Iba a cumplir yo los 18 años cuando ese suceso me sacudió de lleno. Hacía muy poco que había visto a Sharon Tate en esa comedia desternillante que dirigió su marido, El baile de los vampiros. La belleza de la actriz norteamericana de origen judío era incuestionable; su talento no llegó a demostrarlo. En la mansión Cielo Drive pagaron unos por otros el 9 de agosto de 1969. En realidad se trató de una venganza urdida por el gurú Charles Manson, un psicópata mesiánico y supremacista blanco, que quería hacer sus pinitos musicales y el productor musical Terry Milcher frustró.  La idea era dar un escarmiento a Terry Milcher, pero La Familia se entregó a una orgía de sangre y destrucción con todo ser vivo que encontraron en la casa. Sharon Tate estaba embarazada de ocho meses. Lo que hicieron con ella y los demás presentes no se le ocurre ni al más sanguinario Quentin Tarantino que revive el episodio en su ultima película.

El movimiento hippie sufrió un batacazo considerable con esa orgía de sangre. Uno de los movimiento antisistema más radicales,  cuyo objetivo era crear una sociedad paralela al margen, quedó muy tocado por el suceso y desde el establishment cargaron contra esos jóvenes melenudos, consumidores de música  psicodélica y promiscuos  sexuales que no se lavaban, andaban todo el día colgados por el LSD y, sobre todo, se negaban a consumir. La mancha de Charles Manson, la flor del diablo, se extendió por toda la comunidad hippie.

Hubo quien vio en el acto criminal un ajuste de cuentas del destino con Roman Polanski. El cineasta polaco, cuya carrera en Hollywood parecía muy sólida tras rodar Chinatown y La semilla del  Diablo, recibía un castigo divino por coquetear con el terror y con el mismísimo Diablo. La Familia era adicta al satanismo. El horror que pudiera provocar Roman Polanski en pantalla no era nada al lado de lo que había sucedido en su entorno familiar. Como siempre la realidad era mucho más espantosa que cualquier ficción imaginada.

El que las descerebradas asesinas, después de beber la sangre de sus víctimas, escribieran en las paredes de la casa la palabra Pig, cerdo, fue interpretada en medios conservadores estadounidenses como castigo divino a conductas licenciosas, las que se le suponían al círculo del director de El pianista mucho antes de la violación de una menor por la que el cineasta hubo de exiliarse a Europa y decir definitivamente adiós a su carrera americana. Hay quien dice que a Roman Polanski no le conmocionó mucho el brutal asesinato de su esposa, pero lo cierto es que años después rodó la película Tess, dedicada a Sharon, porque la novela de Thomas Hardy era uno de los libros de cabecera de su difunta mujer.

Los asesinos se han podrido literalmente en presidio y algunos de ellos, el propio Charles Manson y una de sus discípulas, han pasado a mejor vida, nunca mejor dicho. Charles Manson se tatuó con una hojilla de afeitar una esvástica en la frente. Creo que lo hizo por Adolf Hitler, otro psicópata y artista frustrado, y no reivindicando el símbolo sánscrito que se asocia con la felicidad y el éxito. Si hay infierno, allí estará. Por no encontrármelo, voy a procurar ser bueno.

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