Maneras de estar muerto

 Diez

El charco de sangre se escurre por debajo de su espalda. Tiene los ojos bien abiertos, atentos. Me siento en el borde de la cama y pienso. Con eso puedo todavía. Actuar, en cambio, me causa mareos.

Enciendo un cigarrillo. Contemplo posibilidades, desarrollo hipótesis. La habitación está extrañamente luminosa. Pasan algunas horas. Un cadáver es algo muy difícil de solucionar.

Nueve

Marco los números con lentitud, como si presionar los botones fuera una carga enorme. Alguien contesta del otro lado y me sorprendo al modular una voz firme. Informo lo que pasó (ése, precisamente, es el asunto: ¿qué pasó?). Un auto va para allá, me dicen. Me pongo lejos de la cama y miro el techo.

—¿A quién pertenece el departamento?

—Es de mis padres.

—¿Conocía a la víctima?

—No había tenido el gusto.

—¿Sabe cómo murió?

—Ni siquiera entiendo cómo llegó aquí.

—¿Dónde estuvo usted en las últimas horas?

—No lo sé. Paso a explicarle. Hay un vacío entre el momento en que me acosté y el momento en el que me desperté con un cadáver a mi lado. Es como si de pronto se hubiera materializado una pesadilla o como si alguien se hubiera apoderado de mí para forzarme a cometer un crimen o como si hubiera perdido la razón por unos segundos suficientes para cometer un descalabro o como si me hubiera tomado una revancha de alguien que desconozco.

Los policías revisan el cuarto buscando algún rastro que, les aseguro, no hallarán. El sargento se dirige a mí desde el fondo de sus ojos, expresivos de una decisión que cancela todas mis teorías. Vamos, me dice, y me toma del brazo. Yo cedo porque así son las cosas cuando no se explican.

El cuarto está bañado de una luz azul. Me llevan hasta la puerta y comprendo que no puedo irme. Me aferro al picaporte, grito, todo está cubierto de neblina. Pasan algunas horas. Las ventanas están cerradas, pero hace frío.

Ocho

Intento echarme el cuerpo al hombro. Pero la figura escultural se convierte rápidamente en una de esas bolsas que los hombres cargan y descargan en los puertos. Rodeo su cuello con el brazo izquierdo y, cuando hago el esfuerzo para incorporarnos, caemos sobre el colchón y ahora yo también me mancho de sangre, salpicando las paredes y golpeándome en la cabecera de la cama. El cadáver queda mirando al techo.

Logro levantarlo y arrastrarlo hacia la ventana. Estoy transpirando. Levanto el vidrio inferior y lo trabo. Meto la cabeza y los hombros de mi molesto huésped en el hueco. Es inútil; el cuerpo es demasiado grande y no pasa. De pronto siento un ruido tremendo. El vidrio superior se ha caído y casi le guillotina la cabeza. Lo saco de allí; queda tirado en el piso. Los dos estamos amoratados y exhaustos.

Me río un poco. Ya no sé de qué color está el cuarto. Pasan algunas horas y sigo con frío.

Siete

Voy con pasos rápidos hacia la cocina; allí guardo las herramientas que nunca uso. Hurgo en la caja. No hay ni una sierra. Lo único que podría ser útil es este cuchillo de carnicero. ¿Y qué le corto? La cabeza podría ser, porque ya casi la tiene desprendida después de lo de la ventana. Me decido por un brazo.

Comienzo a hundir el filo de la hoja en la carne. Hay tendones y músculos y tengo que hacer un esfuerzo para atacar esa masa de color blanco. No me da asco, aunque definitivamente este papel no me queda bien. Intento asestarle golpes secos como los que usan los carniceros para ablandar la carne. Le doy a la nuca y la cabeza se levanta. Me enceguezco y empiezo a acuchillarlo por todos lados.

Es inútil: cortar el cadáver me llevaría una eternidad. Mis planes se desploman sin mucha ceremonia. Pasan algunas horas. Ahí estamos.

Seis

Empujo a mi cadáver hacia la bañera con mi último aliento. El agua caliente comienza a correr por su cabeza y sus hombros. Sentado, parecería disfrutar de ese momento de relajación. Yo también entro a la bañera y me dejo salpicar. Estoy, estamos purificándonos, me digo. No hay nada mejor que el aroma a limpio, me digo. Y entonces siento el hedor que emana de un cuerpo que no es el mío. Después de todo, un cadáver es un cadáver.

La habitación sigue iluminada.

Cinco

Quiero bailar un vals. Salgo bruscamente del baño y, tambaleando, busco a Strauss.

Miro a mi cadáver que está un poco maltrecho; lo incorporo y lo pego a mí. Lo abrazo y danzamos en esa pista de baile privada, a la luz de la luna, golpeándonos contra los muebles, dando vueltas, ebrios de felicidad. Pero en uno de nuestros giros tiro demasiado del brazo semicortado y me quedo bailando con el brazo, mientras el cuerpo de mi acompañante cae pesadamente. Se acabó el baile.

Tiro el brazo inútil contra el aparato de sonido, que sigue tocando el vals. Entonces, ya con furia, tomo el aparato y lo arrojo por la ventana. El ruido hace que algunas luces del edificio de enfrente se enciendan. Oigo gritos que se pierden en la noche.

Me siento al borde de la cama y pienso un poco. Pasan algunas horas. No tengo música.

Cuatro

Me acerco hacia mi monobrazo y le hablo al oído, le digo barbaridades. Beso ese cráneo que ya casi no pertenece al cuerpo y le meto la lengua en una oreja. Creo ver una mueca de placer en el rostro gélido. Me muevo despacio, para que nos vayamos conociendo. Me deslizo sobre su pecho para llenarme de sangre, para que me sienta. Ahora hay otra música en el cuarto, la música que componen mis gemidos. La cama hace ruido. Clavo las uñas en su pecho y me voy lentamente, en un rumor sabroso que me recuerda a una mañana de mar, con un sol que me calienta la cara y me pone a dormir.

Abro los ojos. Acaricio el cuerpo frío, mutilado, potente, que está debajo de mí. Enciendo otro cigarrillo, pero esta vez el gesto no es de nerviosismo, sino de descanso. Pasan algunas horas. Ha sido hermoso.

Tres

Creo que alguna vez vi una película o leí una novela con una situación parecida. Debería escribir todo esto, me digo. No. No quiero contar esta historia. Quiero vivirla, es decir, terminar de vivirla.

Dos

Aquí no hay nada que arreglar. Cualquier cosa que haga nos llevará a la situación inicial: a mi lado, un cadáver desnudo en una noche invernal. Él no cambia, la que debe cambiar soy yo.

Uno

Abrazo el cuerpo y lo acomodo lo mejor que puedo en la cama. ¿Cómo no lo había pensado antes? Algún otro va a tener que solucionar este caso. Me gustaría verle la cara al que se despierte con nosotros dos, muertos, en la cama.

Pasan algunas horas. Ya no hace tanto frío.

Cero

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ESC

Sinopsis: Un ladrón de besos, una tienda de objetos raros, un cadáver y una mujer, unos anteojos fatales, son algunos de los personajes o situaciones con los que el autor nos invita, o tal vez desafía, a pensar en otros mundos. En esta antología de Pablo Brescia se recogen doce relatos breves que proponen un ida y vuelta por la lectura, la escritura, los viajes, los cuerpos, lo extraño, los momentos decisivos y las grandezas y pequeñeces que nos hacen seres humanos.