Los tambores del Perú profundo. 3ra Parte.

La batucada es comunidad. Los tambores no solo producen sonidos y ritmos, también conectan a la gente. Mientras tocan y fluyen con energía vital, los músicos la pasan genial y los oyentes reciben un mensaje musical que se convierte en vínculo secreto, una unión que no necesita palabras o explicaciones. El cuerpo lo comprende y el cerebro solo atestigua el proceso, un saber que va más allá de la lógica.

En Villa El Salvador la movida de los tambores se ha mantenido a través de los años en base a este poder musical que une a la gente. Las organizaciones usan la batucada para atraer a los jóvenes y hacerlos partícipes de una energía vital que enciende las calles y se apodera de los cuerpos generando espacios creativos. Como Gerson Incio, líder de la Retumba dice, en Villa “la batucada es arte de protesta, y su objetivo fundamental es recuperar la conciencia de los jóvenes.” Tocar los tambores es una forma de construir plataformas donde la creación colectiva florece para impregnar las calles de energía vital, es una forma de dialogar, de compartir, de crear familia y amistades, pero también de recordar el pasado y seguir con la lucha, de rememorar los valores solidarios que trajeron los pobladores de Villa cuando fundaron el distrito en la década de 1970. Los jóvenes recuerdan esta conciencia solidaria, la ponen en práctica al redoblar sus síncopas. La batucada permite un diálogo musical que construye y renueva.

La historia se inicia en 2005. Leandro “Lelé” Mikati llega a Lima huyendo de la debacle económica en Argentina. Busca continuar su labor creativa en la capital peruana. La idea de formar un grupo de batucada, un género que por aquel entonces era desconocido en el Perú, cobra fuerza. Aunque Lelé es un músico preparado, este busca la ayuda de un verdadero especialista para iniciar el proyecto con pie derecho. Así, en 2005, Lelé llama a Santiago Comín, a quien había conocido durante la movida de circo callejero que se dio en Argentina entre los años 1994-2001. Comín es un percusionista ecléctico y viajero que se había empapado con la esencia de la batucada durante su estadía en Salvador de Bahía. Lelé cuenta la historia:

“Cuando llegué a Lima quise hacer una batucada. Así fue que invité a Santiago Comin a venir a Perú para dar un taller y hacer batucada en serio, porque en Perú no había grupos de batucada conocidos. Entonces organizamos un taller para 30 personas que duró casi un mes. De ese grupo seleccionamos un grupo de 16 personas y así fue como empezamos. Desde ese entonces empezamos a trabajar y abrir un ámbito de percusión en el Perú.”

En este espacio que se abría con fuerza y espontaneidad, aparecen Leonardo Chacón y Pamela Otoya, dos adolescentes de Villa El Salvador fascinados con los sonidos de la batucada. Santiago Comín los recibe y entrena, aunque estos no tenían dinero para pagar las clases. Pamela, además, empieza a reconocer en la batucada su poder para energizar a la comunidad y crear lazos solidarios. Santiago los recuerda de esta forma:

“Cuando empezaron los talleres de batucada en Lima, siempre aparecían Pame y Leo de Villa El Salvador, que venían de muy lejos, adolescentes de trece años, chiquillos. Ellos no tenían ni un peso para pagar los talleres, pero querían aprender, así que empezamos a becarlos. Lo que sucedió con ellos fue increíble. Ellos toman las clases y aprenden allí lo que es la música Bahiana y Carioca. Ahora hay un fenómeno de la batucada en Lima. El movimiento creció a lo loco. Ahora encuentro muchos espacios dedicados a esta música.”

Pamela y Leonardo fueron parte de un grupo de jóvenes innovadores de Villa El Salvador que se vincularon con Lelé y Santiago Comín y de los cuales aprendieron tanto las técnicas musicales de la batucada como el poder energizante de los tambores para vincular a las personas. Aquel conocimiento se sigue pasando hoy de boca en boca, de tambor en tambor, enraizándose en el espíritu vanguardista de Villa El Salvador.