La conocí cuando vine con doce años a Ciudad de México. Ahora he vuelto a visitarla en el Museo Nacional de Antropología: Piedra de Sol, joya mexica.

En aquel primer viaje vine a jugar futbol. Llegué con alegría lúdica a disfrutar y hacer amigos. Sin esperarlo a esa edad, me enamoré de una chavita con rostro de ángel y cabello azabache largo y rizado llamada América, vecina de la familia que me hospedaba en un edificio de apartamentos de la Colonia Roma. No recuerdo sus facciones, sólo su resplandor angelical, la dulzura de su voz, mi deleite al escuchar su acento y la sensación de descubrir la atracción física. Embelesado, comenzaba a dejar atrás mi niñez.

En aquella gira, nuestros anfitriones nos trajeron a visitar el Museo de Antropología, cuya pieza arqueológica más destacada, en el corazón de la sala de México-Tenochtitlan, es la Piedra de Sol. Yo la miré absorto por largo rato y la grabé en mi memoria y en mis afectos. Durante todos estos años la imagen me ha acompañado. 

Es una enorme piedra circular de basalto, labrada en bajorrelieve por artistas mesoamericanos (1500 d.C.). En su corazón muestra la figura del Quinto Sol, Nahui Ollin, según la cosmogonía mexica. Tiene el rostro de Tonatiuh, dios del Sol. Lo rodean cuatro figuras dispuestas circularmente que representan a los cuatro soles de las cuatro creaciones anteriores a Nahui Ollin: los soles de la tierra, del viento, del fuego y del agua.

A estos cuatro soles, con Tonatiuh en medio, los circunda una serie de anillos concéntricos. Un anillo de glifos presenta los símbolos de los veinte días del mes. Desde el siguiente anillo emanan cuatro rayos de sol en dirección de las cuatro regiones del cosmos. Del próximo salen cuatro púas. Y el último anillo consiste en dos serpientes cuyas colas se encuentran en el punto superior del círculo y cuyas cabezas se enfrentan en el punto inferior. 

Hay muchas interpretaciones antropológicas. Sin embargo, contemplándola de frente intento esbozar mi propia interpretación vital. Procuro algunas claves en el poema “Piedra de sol” (1957) de Octavio Paz.

 La piedra es una alegoría del tiempo cíclico. Con el Sol esculpido en su corazón, es una alegoría de los ciclos de Vida.

Cuando el Sol brilla y estás inmerso en el tiempo presente, luminoso y cálido, sentís bienestar, alegría, felicidad. El pasado y el futuro se encuentran y se unen en el presente vivo. Sólo existe este tiempo presente que fluye sin pasar.

Pero en el tiempo cíclico hay un riesgo: el pasado y el futuro pueden disfrazarse de presente para emboscarte y capturarte. Podés quedarte atrapado en la memoria, recordando el pasado, apegado a lo que ya pasó como si continuara presente, atascado en conductas y pensamientos que causan malestar, en relaciones frustrantes, en proyectos estériles. O podés desvivirte intentando revivir algo que ya dejó de ser. También podés ponerte ansioso por vanas predicciones sobre el futuro que no es, el futuro que nunca llegará a ser.

En el poema de Paz hay un el juego del tiempo en el que pasado y futuro confluyen en el presente. Esa confluencia puede oscurecer la percepción del poeta. Inmerso en el tiempo cíclico, siempre presente, de la Piedra de Sol mexica, el poeta busca rescatar el rastro existencial de un amor adolescente, de una chica que camina por el patio de su colegio al caer la tarde:

alta como el otoño caminaba

envuelta por la luz bajo la arcada

y el espacio al ceñirla la vestía

de una piel más dorada y transparente,

La describe y luego intenta llamarla por varios nombres de mujeres míticas o legendarias:

adolescente rostro innumerable,

he olvidado tu nombre, Melusina,

Laura, Isabel, Perséfona, María,

tienes todos los rostros y ninguno,

eres todas las horas y ninguna,

Yo podría llamarla América. Algunos versos después, el poeta vuelve a evocar a la misma mujer en el patio del colegio, junto al muro, con rostro de llamas como el sol, atrapada en el laberinto del tiempo cíclico:

rostro de llamas, rostro devorado,

adolescente rostro perseguido

años fantasmas, días circulares

que dan al mismo patio, al mismo muro,

arde el instante y son un solo rostro

los sucesivos rostros de la llama,

todos los nombres son un solo nombre,

todos los siglos son un solo instante

Y en una estrofa desgarradora, parece decir que esa mujer a la que amó, murió:

no hay nada en mí sino una larga herida,

una oquedad que ya nadie recorre,

presente sin ventanas (…)

            yo vi tu atroz escama,

Melusina, brillar verdosa al alba,

dormías enroscada entre tus sábanas

y al despertar gritaste como un pájaro

y caíste sin fin, quebrada y blanca,

nada quedó de ti sino tu grito,

La voz poética se extravía entonces en las trampas del tiempo cíclico, sin saber si el pasado es memoria o imaginación: ¿recuerda a la chava o la imagina? Se enreda en vericuetos: “sigo mi desvarío”. 

El tiempo se te puede volver un laberinto. La vida se te puede convertir en un atolladero. Hay que saber escapar a esos ciclos perniciosos. Hay que saber vivir en el presente, soltar el pasado y no ansiar el futuro. Hay que buscar al Sol del Día Presente: Sol luminoso, Sol cálido, Sol generoso, Sol vivo.

El poeta, perdido y solitario en una larga noche sin sol, le pide a la muchacha sin rostro y sin nombre, transformada en todos los rostros y todos los nombres, que lo despierte y le ayude a ver el amanecer, a renacer en comunión con los demás:

Eloísa, Perséfona, María,

muestra tu rostro al fin para que vea

mi cara verdadera, la del otro,

mi cara de nosotros siempre todos

(…)

cada día es nacer, un nacimiento

es cada amanecer y yo amanezco,

amanecemos todos, amanece

el sol cara de sol

Quiere escapar a la larga noche de ausencia solar y temor solitario, amanecer con todo su prójimo para crecer juntos en la luz. Para el poeta, la Piedra de Sol se convierte en la puerta del ser por la cual debe pasar para renacer:

puerta del ser, despiértame, amanecer

déjame ver el rostro de este día

(…)

puerta del ser: abre tu ser, despierta,

aprende a ser también, labra tu cara,

trabaja tus facciones, ten un rostro

para mirar mi rostro y que te mire,

para mirar la vida hasta la muerte,

El ciclo de nacimiento, vida y muerte será inescapable. Pero “mirar la vida hasta la muerte” significará estar presente, percibir el presente y vivirlo plenamente.

He pasado largo rato meditando frente a la Piedra de Sol en Ciudad de México. Regresé a visitarla después de muchos años. Frente a ella he pensado en América, esa chavita de resplandor angelical cuyo rostro no puedo dibujar con la memoria, sólo con la imaginación. Pero no he venido a buscarla por Colonia Roma, ni a identificar tras los portales de los edificios de apartamentos el patio interior donde nos conocimos. He venido a cerrar ciclos pasados e iniciar ciclos nuevos, a renacer, a ver el amanecer vital y festejar sus colores, a caminar libre por el altiplano mexicano, con la mirada de frente, bajo el cálido Sol de una mañana sin nubes.

Daniel Campos

Daniel Campos Badilla reparte su tiempo entre Brooklyn, Nueva York, y su natal San José, Costa Rica. Ha vivido también en Brasil. Es filósofo y profesor en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Publica crónicas urbanas semanales en ViceVersa Magazine (Nueva York). Su libro Loving Immigrants in America (Lexington Books, 2017) narra y reflexiona sobre sus vivencias como inmigrante latinoamericano. Ha publicado ensayos en La Nación y Semanario Universidad (Costa Rica). Sus textos exploran el encuentro y enriquecimiento mutuo entre literatura, filosofía y vida cotidiana. Twitter: @Daniel_G_Campos

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