Los desencuentros del exilio: “Sombras de verano” de Guillermo Ruiz Plaza

Entre quienes leemos a Roberto Bolaño es conocida la humorada con la que se refería a Edmundo Paz Soldán, en aquel entonces figura emergente en el paisaje literario latinoamericano. Algunas décadas después, eso de “Dante boliviano” se confirma – puesto que Paz Soldán ha mostrado con creces su calidad literaria, convirtiéndose en uno de los escritores referentes cuando se trata de entender la literatura latinoamericana actual -, pero al mismo tiempo termina siendo desmentido. Ahora, Edmundo Paz Soldán no es el único escritor que asienta una tradición a la vez que la internacionaliza, sino que es el primero de una lista en la que también debemos incluir a escritores tan dispares en sus temáticas como similares en sus logros literarios. Pienso, por ejemplo, en Liliana Colanzi (1981), Rodrigo Hasbún (1981) y Sebastián Antezana (1982), entre otros. Cuando reparamos en el paisaje literario actual, los escritores bolivianos parecen abrirse a una tierra sin fronteras pero donde se vive, quizá por eso mismo, de manera más intensa el exilio, el contacto con el idioma, la realidad dejada detrás, la experiencia de evocar, desde la memoria y la nostalgia. Las sombras de dos gigantes Jaime Saenz (1921-1986), Blanca Wiethüchter (1947-2004) se proyectan, de un modo o de otro, sobre esta tradición literaria en plena ebullición que no debemos perder de vista.

A todos esos nombres, desde este semana, yo añadiría el de Guillermo Ruiz Plaza (1982), autor de “Sombras de verano”. Libro conformado por doce cuentos, “Sombras de verano” muestra a un autor solvente, conocedor de los recursos de la ficción, consciente de cuán importante es en la literatura lo que no se cuenta, aquello que se mantiene entre líneas o que es sugerido, cuando no simplemente anunciado. A lo largo de cada uno de los relatos Guillermo Ruiz Plaza se las ha arreglado para plantear momentos, escenas de apariencia anecdótica en las que va fermentando algo imposible de formular aunque susceptible de ser delineado. Pienso en el caso del cuento “Viernes luminoso” en el que la noticia de haber sido erróneamente considerado como muerto por la función pública lleva al protagonista a buscar aclarar el error, pues de ello depende que siga recibiendo su pensión. No obstante, poco a poco, el protagonista, y con él el lector, termina ingresando en una realidad desconocida y perturbadora. El narrador, como los de Dino Buzzatti, uno de los referentes literarios de Ruiz Plaza, cuenta los acontecimientos de manera imperturbable, sin subrayar lo extraordinario sino consignándolo como si fuera otra cosa que su amanuense. De esa forma, refuerza, por negación, esa entrada en lo desconocido a la vez que intensifica la perplejidad del lector que no sabe, lo mismo que el protagonista, frente a qué se está encontrando: “Y ahí estaba. El punto luminoso. Ahí estaba. Alargó la mano y tocó una superficie helada. Parecía vidrio. Tapó la luz con un dedo, rascó sus contornos y la luz se agrandó. “Vidrio ahumado” pensó, y su corazón se puso a palpitar con fuerza. Echó el codo hacia atrás y soltó un puñetazo. Sintió el calor de la sangre en los nudillos. Con ira, con una ira dolorosa surgida del fondo de los años, golpeó de nuevo y, en ese instante, un resplandor lo cegó” (p.257). Aquel resplandor final llega para iluminar la historia pero con su luz borra los contornos, no deja ver qué es lo que en verdad ocurre.

sombras de verano

No se piense, sin embargo, que los cuentos de Ruiz Plaza son nada más que ficciones fantásticas. Si bien algunos de ellos tienen ese corte, que recuerda al ya mencionado Buzzatti pero también a Julio Cortázar, el boliviano propone una paleta mucho más amplia en la que las diferentes gradaciones de lo fantástico alternan con el realismo. Por eso, pese a ser historias distintas, narraciones que muestran, por lo menos a nivel temático, la riqueza de recursos de Guillermo Ruiz Plaza podemos encontrar coincidencias tanto temáticas como formales. A nivel temático, por ejemplo, las historias – en primera o en tercera persona – plantean situaciones en las que los personajes son, por lo general, testigos de algo, relaciones de pareja o familiares que van descubriendo de a pocos, no sin cierta sorpresa, cuando no fascinación. Pienso en particular en los cuentos con los que abre y cierra el conjunto, ficciones en las que el narrador boliviano se ve, sin esperarlo ni quererlo, en medio de relaciones de pareja (“Sombras de verano”) o filiales (“Todo lo que soy será tuyo”). De un modo o de otro, los narradores terminarán apartándose de esas relaciones que se revelan malsanas, pero al mismo tiempo instigadoras para lo contado. La ficción es el resultado de un encuentro con lo inesperado, también de asomarse a un precipicio donde lo humano es abyecto, violento, agrio.

En cierta manera los personajes de Guillermo Ruiz Plaza son unos exiliados en una sociedad, un país que no son los suyos. Esto sucede en los cuentos ya mencionados pero también, en mayor o menor medida, en los demás donde el hecho de ser un extranjero tiene una doble cualidad. Por un lado, refuerza la mirada del foráneo sobre los gestos y palabras de quienes le rodean pero, por otro lado, se revelan como una lectura equívoca de los demás, tal y como ocurren en el cuento “Sombras de verano”. Es necesario añadir que esto ocurre porque existe algo inextricable en los otros que, pese a la intimidad, amorosa o familiar, se mantiene misterioso. La condición de extranjero o exiliado del narrador subraya este aspecto. En ocasiones, el exilio es más sutil, puede ser entendido como un descalce con la realidad, como una necesidad de negarla pues ésta es áspera, en la medida en que va en contra de los sueños. Eso es lo que le ocurre a, la cincuentona que se inventa un embarazo (“Inés”) o también a la niña que decide boicotear su audición en el Conservatorio y, de esa forma, mostrar su rebeldía contra su padre (“Here comes the sun”).

A nivel formal, como en el mejor Raymond Carver, las historias de Ruiz Plaza se desarrollan linealmente, con una naturalidad sorprendente, que se traduce en una lectura cabalgante pero a la vez sus historias recelan algo, algo innombrable que se mantiene latente, negándose a emerger. Eso sucede en varios de los cuentos mencionados; en particular, en el titulado “Almuerzo en familia” donde la figura paterna es, de manera meticulosa, incluso perversa, puesta en entredicho. En otras ocasiones no se juega tanto con dos líneas paralelas – una sobre la superficie, la otra por debajo de ésta – sino con la progresiva entrada en una realidad “otra”, donde las relaciones de causa-efecto, donde lo esperado y conocido, por consuetudinario, debería tener lugar. Antes bien, el lector ingresa en una zona de claroscuro en la que todo es posible, sobre todo la muerte.

La prosa con la que escribe Guillermo Ruiz Plaza es un gran acierto porque es rica, atenta a cada detalle y matiz, en sus personajes y las atmósferas donde evolucionan, y también porque se despliega sin torpezas ni excesos. En la mejor línea de prosistas franceses como Guy de Maupassant o Gustave Flaubert, Ruiz Plaza muestra un cuidado minucioso en las palabras, lo que ellas quieren decir o tan solo sugieren, la manera en que mediante ellas se puede despertar el interés junto con generar una intriga. No es, por lo tanto, un capricho si “Sombras de verano” ha recibido el caluroso entusiasmo nada menos que de Antonio Altarriba y Ángel Olgoso. De Altarriba recuerdo con mucho cariño el cómic “El arte de volar” libro con el que “Sombras de verano” comparte el sensible dibujo de los personajes. De Ángel Olgoso, Guillermo Ruiz Plaza ha retenido antes que nada el cuidado en el lenguaje que se manifiesta no sólo en el estilo, precioso y minimalista a la vez, dos cualidades difíciles de encontrar reunidas en español, sino también el gusto por las imágenes. Lo mismo que ambos, saludo la aparición de tan notable libro de cuentos y espero la siguiente entrega de Ruiz Plaza, boliviano exiliado en Francia, latinoamericano que se abre camino en esta sociedad ajena y estimulante.