Los cuentos de Mary Jane

Mis dedos bajaban por su espalda de piel canela y sabor a café tostado. Entre mis manos, Daniel iba ajustándose a mi cuerpo como pieza de Lego. A lo lejos, escuché un timbre al que no le presté atención por estar sumergida entre el calor de sus piernas. El sonido se fue incrementando con cada repique ignorado. Me separé decepcionada para eliminar el molesto ruido, y terminé despertando a solas en mi habitación. La luz del sol se colaba débil entre las cortinas. Apagué la alarma y tapé mi rostro con la sábana. Cerré los ojos para traerlo de regreso a mi sueño, a mi cama, pero fue inútil. Daniel no volvería aquella mañana.

Acaricié la portada del manuscrito que al anochecer, le entregaría a mi editor. Era mi segunda novela. Tres años y medio de trabajo intenso y mal agradecido. Horas de soledad invertidas en 375 páginas. Lo pienso y sonrío con ironía, porque cuando comencé a escribirla, estaba rodeada de amigas, dormía entre los brazos de Gerardo —mi ex novio—, y todo parecía estar en el lugar correcto. Ahora que tenía el resultado final frente a mí, me encontraba sola. Más sola de lo que alguna vez imaginé. Aquellos que decían ser mis amigas resultaron no serlo. A los escritores siempre nos miran como si fuésemos raros especímenes que no logran encajar en la sociedad. En todos estos años, Daniel fue el único que no me abandonó en medio de mis naufragios. Hojeé el manuscrito abriendo páginas al azar como si fuese nuestro ritual de despedida. Le tocaría sobrevivir en el mundo exterior del mercado literario. Mientras, yo planeaba tomarme unas largas vacaciones en Madrid, saboreando una cañita en algún viejo bar de Lavapiés o Malasaña.

Daniel estaba en la cocina con el torso desnudo. Me sonrió dulce en cuanto me vio salir de la habitación. Me serví una taza de café, mientras él —en silencio—, se preparaba unas tostadas de pan con mermelada. De tanto en tanto, me miraba de reojo y dibujaba en su rostro una sonrisa de medio lado. Madre mía, era una bendición mirarlo por encima de mi taza de café humeante todas las mañanas, con ese deseo contenido de irme sobre él y revolcarlo de amor sobre el tope de granito. Él lo sabía. Estaba consciente de que estaba volviéndome loca y todo aquello lo manejábamos en el dulce lenguaje del silencio. Terminó de desayunar y se levantó de la mesa. Tuvo intenciones de hacerme un cariño en la mejilla al pasar junto a mi, pero como siempre, se contuvo. La estela que dejó al pasar con su olor a lluvia me penetró las fibras del alma. Cerré los ojos embriagada y al abrirlos, ya se había marchado. Solté el aire queriendo ahogarme en cafeína.

El día en la oficina se desarrolló con tranquilidad. Redacté algunas notas de prensa y transcribí una entrevista de dos horas. Ahora disfrutaba de un té verde, mientras contemplaba el paisaje desde la ventana de un edificio alto de Miami. Muchos autos. Pocas personas caminando por la acera. Puentes que se elevan. Cruceros que zarpan a nuevas aventuras. Ciudad que me prestaron cuando llegué hace cinco años y que muy pronto, debía devolver. Si Daniel pudiese estar a mi lado, mi vida sería otra cosa. Miami, otra ciudad diferente.

Llegué al bar antes que mi editor. Pedí una copa de vino. Saqué del bolso el manuscrito y lo dejé a un lado de la mesa junto con un libro de Javier Cercas que terminaba y que me dispuse a leer durante la espera. Cuando comenzaba mi segunda copa de vino y le quedaban apenas tres páginas a Cercas, mi editor llegó.  Eddy se sentó frente a mi con gesto serio.  Era un hombre cuarentón de cejas anchas y pobladas. Ojos pequeños que se perdían entre vellos y gordas mejillas rosadas sobre todo cuando se reía con ganas. Se secó la frente húmeda con la servilleta de tela dispuesta sobre la mesa. Parecía inquieto, agitado. Alzó la mano y cuando el mesonero captó su atención, le señaló que le trajese una copa igual a la mía. Sólo hasta entonces, me saludó.

—¿Qué hubo, Marie Jane? ¡Qué día de mierda he tenido, ¿eh?!

—¿Algún problema?

El mesonero llegó con la copa para Eddy y un plato con aceitunas rellenas de salmón. Se bebió la mitad de la copa de un sorbo y se llevó dos aceitunas a la boca de un bocado.

—Muchos, Marie Jane —explicó masticando con la boca abierta—. Tengo una novela que no termino de corregir, una edición que mandar a reimprimir y claro tú, que también formas parte de mi lista de quehaceres.

—¿Pudiste terminar de leer? —le pregunté curiosa—. Mira —le extendí el manuscrito—, te traje la copia impresa que me pediste para la editorial.

Eddy la dejó a un lado de la mesa sin darle demasiada importancia.

—La terminé, sí —me dijo tras darle otro sorbo a su vino—, y me ha gustado, pero hay algo que debemos hablar primero. Es sobre un asunto que me ha pedido la editorial… es más bien un pequeño ajuste en el desenlace.

—Termina de decir qué sucede, Eddy— dije inquieta sobre la silla.

—Es sobre el personaje de la chico latinoamericano —Sentí un aire frío deslizarse por mi columna vertebral en forma de escalofrío—. Ese chico que al final termina huyendo —siguió Eddy reforzando mis miedos—.  En la editorial creen que no tiene el final que debería tener y yo, hasta cierto punto, debo confesar que los apoyo.

—¿Por qué? Yo soy quien decide. Soy la escritora, Eddy —repliqué a la defensiva.

—Marie Jane, no sólo soy tu editor, soy tu amigo —me dijo en tono conciliador—. A leguas se nota desde la mitad de la novela que ese personaje debía morir. Por alguna razón ajena a la historia, cambiaste de opinión en el último instante… y así como está, se siente forzado —me miró por un instante esperando que diera alguna señal en estar de acuerdo con él, pero me mantuve seria, mirándolo—. Ash, tú sabes de lo que hablo —siguió tras mi inexpresivo silencio—. Estás consciente que si él no sale de la historia, será una basura para la editorial, comidilla para la crítica y claro, tu prematura muerte como escritora. Tú lo sabes, ¿por qué insistes en hacer las cosas mal si tienes material para hacer un trabajo impecable?

Desvié la mirada hacia la ventana del bar y noté que afuera llovía a cantaros. O quizá sólo era un fiel reflejo de mi interior. Ya no estaba tan segura de qué era real y qué no.

—Vamos, Marie Jane —siguió Eddy buscando llamar mi atención, pero yo seguía mirando las gotas que daban contra el cristal—. No eres una joven novelista. Tú sabes que con ese desenlace tal y como está, el libro pierde valor. No seas prepotente, carajo. Es sólo un personaje secundario, uno más de los miles que has creado.

Quité la mirada de la ventana y lo observé con gesto sereno. Sabía que por más que intentara explicárselo, no lo entendería.

—Como escritora dejo que los personajes tengan vida propia —dije excusándome—. No puedo presionarlos, lo sabes bien, Eddy. Ellos son quienes deciden cómo y qué hacer. Yo sólo soy el canal que se presta para narrar una historia.

—No me vengas con esas cursilerías literarias, joder— dijo inconforme.

Apoyé los codos de la mesa y llevé mis manos a la cara, aturdida. Tenía ganas de llorar, pero me contuve. Cuando destapé mi rostro, descubrí a Eddy mirándome con pena y decepción.

—Él… aunque te suene absurdo… —agregué— no quiso morir. Lo intenté, pero ése personaje se niega a morir y yo… tampoco quiero hacerlo.

Eddy bajó la mirada, se tomó el último trago de vino y cuando colocó de regreso la copa sobre la mesa, soltó aire, como si todo el peso del día le hubiese caído encima de golpe. Su gesto corporal de hombros caídos y la forma en que me miró con la cabeza gacha, me hizo prever cómo terminaría aquella discusión. Ninguno de los dos cedería.

—Lo siento —dijo tomando su maletín y regresándome el manuscrito—. Tendrás que ser de verdugo esta vez, si quieres que ellos la publiquen. Y créeme, no sólo te lo aconsejo por condiciones de contrato, sino como tu editor. Estoy salvándote de ti misma. Ya sabes lo que debes hacer—. Se levantó y colocó dos billetes de 20 dólares sobre la mesa dando por terminada nuestra conversación, antes de desaparecer bajo una lluvia torrencial que no lo mojó.

El mesonero apareció con otra copa. Lo miré agradecida y le pedí que se quedara con el cambio. Clavé la mirada sobre el mantel manchado con gotas de vino tinto. Yo sabía que Eddy tenía razón. No estaba enojada, él sólo ignoraba que habían personas en el mundo que no querían ser salvadas.

Abrí el libro de Cercas y leí las tres páginas que me quedaban para terminarlo. Sus palabras finales dibujaron una sonrisa sarcástica en mi rostro: “Aquel mar llameante de arena infinita, caminando hacia delante bajo el sol negro del ventanal, sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va, sin importarle mucho siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante”.

Alcé la vista complacida, y me encontré de golpe con los ojos tristes de Daniel observándome desde la barra. Levanté mi copa en el aire en señal de brindis y él —con una sonrisa dulce—, me devolvió el gesto con su botella verde de cerveza.  Saqué un bolígrafo y me dispuse a escribir sobre la portada del manuscrito, lo que pretendía dejar a modo de carta en mi apartamento en South Beach, aquel verano de 2014. En la primera hoja de mi segunda novela, a modo de confesión, redacté las razones del por qué —más tarde— me quitaría la vida disparándome con una semiautomática en la cabeza.

No tuve opción —escribía—. Él, mi Daniel. El chico latinoamericano que nació de mi novela hasta hacerse real ante mis ojos, me sedujo hasta conseguir que perdiera la razón. Traspasé la delgada línea que separa la realidad de la ficción.  Ya no sé cómo regresar. Tampoco quiero hacerlo. Si el personaje de Daniel debe morir para que mi historia tenga un sentido, he de morir junto con él. La única manera que hallé para que desaparezca, fue disparándome a la cabeza. A fin de cuentas, allí fue donde siempre habitó.

Aquella noche abandoné el bar para colocar el punto final, y al cruzar el umbral de la puerta, la lluvia me abrazó por completo. La mano de Daniel se unió a la mía bajo la lluvia, lejos del mundo de los sueños.