Los 30 de Marie Jane

Tenía los audífonos puestos y la mirada en el móvil, cuando entré en el Metrorail y tropecé con un chico que llevaba sus libros de matemáticas e inglés bajo el brazo. Me disculpé apenada por el descuido de caminar twitteando, y él, sin medir lo que estaba a punto de hacer, soltó toda la desgracia contenida en una sola línea: descuide, se-ño-ra.

No pude hacer nada para evitarlo… Habemus mal día.

Sentí cómo mi cara se transfiguró en una horrible mueca que luchaba por ser una sonrisa amable, pero no se dio y solté un “jiji”.  Fue un final patético. El se-ño-ra hizo eco y rebotó desde las paredes del vagón hasta tres estaciones más allá.

Decidí que lo mejor era caminar para ejercitar mis pier…/ ok, estaba huyendo.

—Marie Jane, relájate. No puedo creer que eso te agobie. A ti, a quien jamás la edad le ha parecido un problema— trataba de calmarme más tarde mi amiga Lola, en su bar con aire parisino de Española Way.

—Claro que no me importa —. Lo que pasaba era que jamás había estado tan cerca de tener 30 años y un chico como aquel, apuesto por cierto, me había dicho señora tan… tan… ¿espontáneo?

Lola chasqueó la lengua, restándole importancia, dijo que no exagerara,  “señora” no era lo mismo que “doña”. Lo que definitivamente era de vieja verde es que, un muchachito que seguro era estudiante de college, me hubiera parecido apuesto. Quedé boquiabierta y ella notó que no estaba ayudando en lo más mínimo.

Acodada sobre la barra me eché a llorar y Lola se apuro en servirme un tinto de verano para aplacar el calor -de la menopausia que aún no llega, pero llegará pronto-.

—De verdad me sorprende verte en este drama. Tú, la insensible del grupo, la muralla china hecha mujer. Lo único que te falta decir es que te preocupa llegar a los treinta, soltera, y sin un perro que te ladre.

Alcé mi cabeza y aclaré que tenía perro que me ladrara, lo que pasaba era que esa raza no me gustaba. Me limpié los mocos, di un sorbo del tinto y continué: el que me gusta vive en otro país, todo lo que me gusta está lejos o engorda.  Además, tengo crisis de treinta, no pensamientos estériles de soltería… no hoy, al menos.

Lola sonrió mientras servía una cerveza sifón y se la pasaba a Pablo, su mano derecha en la barra y quien se mantenía, como quien no quiere la cosa, siempre atento a nuestras conversaciones. Seguro ahí tenía material para escribir mínimo un libro para Dummies sobre la psiquis femenina.

—Vamos, Marie Jane —dijo Lola— 30 años es sólo un número, una edad más. Muy buena por cierto.

—¿De qué hablas, Lola, si tú también tienes 29?

—Bueno… es lo que he escuchado miles de veces en esta misma barra. Dicen que son como los nuevos 15 años, pero con la libertad de hacer lo que se te pegue la gana. Y como si se dirigiera a alguien en el techo garabateó algo en el aire. Dijo que había escrito las palabras adulto contemporáneo. Ahora formamos parte del grupo adulto contemporáneo ¿no suena chic? Somos mujeres jóvenes, sexys y peligrosas…

Yo la miraba como si estuviese dándome un discurso en alemán o escuchara un audiobook de Coelho. Mi rostro debió ser muy expresivo porque dijo que no la mirara tan feo, sólo intentaba ayudar.

—Mejor quédate en el bar, porque de psicóloga, sólo contribuirías al alza en la tasa de suicidios con engrapadoras como armas.

—A ver —siguió en su plan de psicoanálisis destinado al fracaso, ¿cuáles son tus razones para tener una crisis de 30 años?

—¿Será porque los cumpliré en un par de meses?

—Quiero escuchar tus razones para sentir que tener 30 años, podría significar que se acerca el fin del mundo.

Sin haberlo analizado demasiado arranqué a hablar. Vomité palabras, como cuando se escribe a mano suelta, sin prestar atención.

—En teoría estoy en el punto medio de una vida, digna para hacer todo aquello que deseo. De pronto, caí en cuenta que la juventud no es una condición eterna… no sé, Lola, es una etapa existencialista en la que analizo qué he hecho y hacia dónde quiero ir. Todos estos días me he preguntado: ¿qué he construido hasta ahora? ¿Qué me falta por hacer, que además, sólo pueda hacerlo joven y soltera?

Lola permanecía en silencio. No sabía si realmente estaba prestándome atención, pero yo seguí en mi desahogo.

—Es como si estuviese en la cima de una montaña rusa. En ése último punto donde lo que sólo divisas frente a ti, es la caída libre. ¿Quieres un ejemplo? Ahora el tema de ahorrar es algo de vida o muerte. Antes vivía el día a día como viniese. Pero ya no, tratar de ahorrar se ha convertido en casi una necesidad. Si no ahorro, no podré ir concretando sueños, ¿me explico?

Lola no interrumpía, sólo escuchaba -o eso quería creer yo-.

—De pronto, todas mis amigas comenzaron a hablar de matrimonios, teteros y reuniones de padres. Mis rutinas también cambiaron, Lola. Ahora me ocupo más de mi salud. Dejé de fumar y procuro no trasnocharme porque luego paso tres días en recuperación. A veces me duelen cosas que ni sabía que habitaban mi cuerpo. Compro cremas antiarrugas y evito mirarme mucho al espejo, porque prefiero no tropezar con los daños colaterales de la gravedad y de no haber movido el trasero en 29 años. Ayer, hasta me salió de lo más natural decirle a alguien: “cuando yo tenía tu edad”.

La boca de Lola era una línea recta e inexpresiva, incapaz de cortar mi monólogo.

—Pero creo que exploté hace dos días cuando me enviaron un email de estos que parecen divertidos. Decía que el libro de Harry Potter se publicó hace 14 años, Matrix se estrenó en el cine hace 12, y Mariposa technicolor, de Fito Páez, fue un éxito en el 1995…

Solté aire, aliviada, sintiendo que me había quitado el puente de Key West de encima. Aunque esta vez mi amiga, con ojos vidriosos como los de Candy Candy y un ligero temblor en el labio superior, dejó escapar algunas lágrimas: el fin del mundo también estaba cerca para ella. Entonces empinó mi vaso de tinto, acabó con lo que quedaba en él y le hizo un gesto a Pablo para que sirviera otro.

—Somos unas malditas doñas, Marie Jane- Iré a recoger gatos callejeros para que me hagan compañía en mi inmunda-soledad-treintañera.

En ése momento me pregunté si yo me vi igual cuando llegué y pedí al cielo que no.

—Lola, no te pongas así… oye, tampoco es tan grave — dije intentando sonar convincente con algo en lo que ni yo misma, creía—. Ya hasta siento que estoy viviendo mis… mis nuevos quince años, toda una teenager que puede hacer lo que quiere… Sólo que ahora no tengo ni el tiempo ni el dinero, pero eso es otro tema.

Pablo, que se acercó con el vaso lleno otra vez, nos miraba como bacteriólogo y negando con la cabeza, dejó escapar en un susurro las únicas palabras que podían nacer de su pensamiento en aquel instante:

—¡Pfff, mujeres, qué quilombo!

Lo mandé al diablo entre dientes y, mientras consolaba en un abrazo a Lola, remojé mis labios en esa segunda copa.

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