Una noche en el Jazz

Cuando en la década de 1940 Dizzy Gillespie escuchó por primera vez las ráfagas de energía que brotaban de las tumbadoras del cubano Chano Pozo no solo su vida sino el futuro del género jazz entraron en fase de transformación. Desde sus primeras colaboraciones con Pozo, Dizzy se enfrascó en buscar maneras espontáneas de integrar esas dos formas de sentir el ritmo que a primera vista parecerían irreconciliables: el triple feeling flotante que caracteriza el swing y el empuje directo y afilado de las percusiones afrocubanas. Ambas maneras de sentir el ritmo proveen marcos completamente distintos para comprender tanto el movimiento corporal y el desenlace sónico. Dizzy, sin embargo, supo discernir mecanismos para abrir espacios donde el triple feeling del swing, tan viscoso y etéreo, pudiese integrarse a los engranajes matemáticos y acerados de la música cubana; descubrió que la música cubana también explora las posibilidades de las síncopas subdivididas. Es decir, descendiendo a las profundidades cavernosas donde se hierve el plasma vital de la rumba y el guaguancó, Dizzy descubrió que ambas maneras de sentir el mundo rítmicamente, el swing y el guaguancó, poseen una hermandad fundamental que se explicaba a través del uso común de los tresillos, aunque era ciertamente para lograr distintos resultados sonoros.

No hay mejor evidencia del éxito de este descubrimiento que el álbum Live at the Royal Festival Hall grabado en vivo en 1989 y lanzado un año después por Enja Records. Live at the Royal Festival Hall, el cual obtuvo un Grammy en 1992, ofrece una visión global y ecléctica de los distintos rumbos que el Latin jazz tomó a partir de las primeras alquimias realizadas por Gillespie y Pozo. El álbum es puro desenfreno. Dizzy abre las puertas de la casa y deja a los perros rabiosos correr en busca de sus presas. El ritmo muje, literalmente, marcando un paso que te lleva a lugares luminosos y llenos de vida. El éxito de su receta musical yace en la consabida fórmula utilizada por Dizzy, y otros grandes del jazz, en sus mejores momentos: crear arreglos que permitan a los solistas ser libres. Y en el caso de Live at The Royal Festival, todos los solistas eran en aquel entonces, y lo siguen siendo ahora, expertos en el arte de volar.

Paquito D’Rivera, Arturo Sandoval, Giovanni Hidalgo, Claudio Roditi, Danilo Pérez, Airto Moreira, Flora Purim, Ignacio Berroa, son algunos de los solistas que aparecen en el roster, todos músicos hoy reconocidos como innovadores y forjadores de las nuevas corrientes del Latin jazz, quienes prestan su creatividad y pasión para habitar aquellos espacios de libertad puestos a su disposición por el genio de Dizzy.

En “Seresta,” Danilo Pérez y Paquito abren el número con un dueto de clarinete/piano que presenta resonancias neoclásicas. La improvisación y la ejecución rigurosa van de la mano para ofrecer un sonido nítido. El manejo armónico y la limpieza de las transiciones nos hablan de la erudición de estos dos experimentados artesanos.  “Samba for Carmen” llega como coda al final y desemboca en la energía punzante de todo el big band que hace bailar a la audiencia.

“And Then She Stopped” nos ofrece el ya clásico enfrentamiento de los dos titanes, Dizzy y Sandoval. Mientras el trompetista cubano hace un despliegue de virtuosismo y un fraseo multidimensional donde la velocidad y el requiebre melódico se compenetran quitándole el aire al oyente, Dizzy se enfoca en el poder de invención y el conocimiento intuitivo del arte de improvisar. Se rehúsa a apelar a la pirotecnia y amasa unas melodías gozosas e indagadoras.

“Tanga” abre con un scat inspirado de Flora Purim mientras que la respuesta sensible del maestro de la percusión menor Airto Moreira sirve para entablar un diálogo rítmico. “Dizzy Shells” nos introduce a un mundo mineral y primigenio desentrañado pulcramente por los vientos de Steve Turre. Finalmente, en el cierre, “A Night in Tunisia,” un tema central que define la carrera de Dizzy Gillespie, sirve de marco expansivo para soltarnos una coda apoteósica. El protegido de Dizzy, Arturo Sandoval, deja en claro con las últimas notas que interpreta al final del concierto por qué fue elegido como el clarín del futuro del Latin jazz en aquel entonces.