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#LiteraturaDelYo: El quinteto de Bernhard

Cafe-Bräunerhof-1984-©-Sepp-Dreissingerok

Si nos ponemos a escribir sobre narrativas autobiográficas, por narices hemos de hablar de Thomas Bernhard (1931-1988) y su magnífico quinteto de narraciones del yo: El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982) –algunos lectores y críticos incluyen dentro de este conjunto autobiográfico El sobrino de Wittgenstein, pero la publicación editorial reciente parece haberse ceñido a estas 5 obras–, magníficamente vertidas al castellano por Miguel Sáenz, traductor de los más insignes escritores alemanes contemporáneos. Si la magna narrativa autobiográfica de Karl Ove Knausgård (1968), aquí reseñada, está bien, sobre todo por su ambición, pero deja que desear en aspectos estilísticos, la obra de Bernhard es simplemente brutal. No en vano, existe una jerarquía. El primero cita al segundo varias veces en la novela que inicia Mi lucha: La muerte del padre.

Bernhard, nacido accidentalmente en los Países Bajos (Heerlen) como hijo ilegítimo de un campesino austríaco al que nunca conoció y la hija de un escritor socialista austríaco, vierte en sus textos autobiográficos toda su dura infancia, en algunos momentos extrema, hasta la mayoría de edad. El autor se inició como poeta, para pasar con posterioridad a la novela y el teatro. Cuando inicia su trabajo autobiográfico, en 1975, está en la plenitud de su carrera, y eso se observa a las claras en la alta calidad de su quinteto del yo.

En el primero de los libros: El origen, habla de su paso por Salzburgo para estudiar la secundaria y recibir lecciones de canto por consejo de su abuelo, el también escritor Johannes Freumbichler. Allí se refleja la desesperación de Bernhard en el internado Johanneum al no apreciar diferencias entre la educación nacionalsocialista anterior al final de la guerra, y la posterior educación católica (Relatos autobiográficos, p. 83). Su resentimiento hacia la ciudad de Salzburgo es notable, llegando a incidir en su carácter destructivo para la creación, hasta el punto de afirmar: “la ciudad ya no es para él una hermosa naturaleza y una arquitectura ejemplar sino nada más que una impenetrable maleza humana, hecha de abyección y vileza y, cuando camina por sus calles, no camina ya rodeado de música, sino que se siente nada más que repelido por el lodazal moral de sus habitantes” (p. 18). En Pútrida patria, W. G. Sebald (1944-2001) habla del papel de la destrucción en el proyecto de Bernhard, como una consecuencia lógica del desmoronamiento del proyecto ilustrado. Y es cierto que, a través de descripciones como la citada, el escritor austríaco se aplica a llevar las incongruencias de la modernidad hasta su último extremo.

En El sótano, Bernhard narra su abandono de los estudios para empezar a trabajar con un comerciante en el peor barrio de Salzburgo, el poblado de Scherzhausefeld, un lugar que los habitantes de la ciudad consideran como una leprosería (p. 143). Ese descenso al sótano del comercio que se menciona ya en el título se convierte en la salvación de Bernhard según las palabras del autor. Su relación con su abuelo que, desde el primer volumen autobiográfico, se presenta como el gran aliado de Bernhard, por encima de la madre, se resiente por un momento en su nueva vida de comerciante. Pero la solidez de las convicciones del autor, el rédito que saca de su experiencia con los más desfavorecidos, estrato al que a partir de entonces asumirá pertenecer, y su retorno a las clases de música, en este caso, de canto, lo reconcilian con el abuelo y con la vida. Este es el texto en donde más se plantea la tensión entre lo inventado y lo recordado, imprimiendo tintes de autoficción en su autobiografía (p. 140).

La emergencia vital queda truncada en El aliento. Allí se narra el ingreso en el hospital de Bernhard por unos problemas respiratorios que lo acompañarán hasta su muerte. Coincide con la recaída del abuelo, que también tiene que ser ingresado en Grossgmain, el mismo centro hospitalario en el que se encuentra Bernhard, aunque en otro pabellón del hospital, y con la reconciliación con la madre, que viene a visitarlo esporádicamente al hospital. El escrito narra los problemas de Bernhard con los médicos y su rebeldía innata. La parte más sobrecogedora del libro es su testimonio de la muerte, al ser ingresado en la habitación del hospital para enfermos terminales, dada la supuesta gravedad con la que accede al centro médico. Por los ojos del narrador autobiográfico van apareciendo figuras que abandonan esta vida de una forma que compunge el corazón del muchacho que comparte lecho al lado. Para colmo de dramatismo, el libro finaliza con la muerte inesperada del abuelo.

Bernhard prepara a la persona lectora para lo que tiene que venir. El frío es el culmen del dramatismo. El texto se inicia con las consecuencias de la muerte del abuelo y, en seguida, sin apenas dar tiempo al lector, anuncia la desgracia: el cáncer que ha contraído la madre. Este es el libro de reconciliación entre la madre y el hijo, también es la parte del total que trata de indagar en el padre, sin apenas éxito. En paralelo, los problemas pulmonares del autor se recrudecen. Es ingresado en Grafenhof, una institución exclusivamente para enfermos de pulmón y para tuberculosos. Allí tiene que someterse a un férreo tratamiento. Piensa que morirá, pero se recupera por el poder de la fuerza de voluntad y por el recuerdo del abuelo. No podrá asistir a la muerte de su madre, que agoniza en otra institución médica. Pero será capaz de reunirse con ella antes de que esta fallezca para mostrarle sus primeros poemas. Ha decidido seguir la obra de su abuelo una vez este ha fallecido, aunque, como afirma: “Mi abuelo había dicho siempre la verdad y se había equivocado totalmente” (p. 340), lo que abre la puerta al absurdo en su obra. Es el inicio de una vocación que Bernhard honrará, haciéndola llegar hasta cumbres muy elevadas. Ese hecho atenúa la tragedia.

Un niño, la última de las 5 entregas, es una síntesis. Se trata de mi favorito entre los 5, si es que se puede crear una comparación en un trabajo tan excelso. Se inicia a partir de un recuerdo, el del niño que, con 7 años, arrebata la bicicleta a su tutor, aprende a mantener el equilibrio sobre ella y se lanza hacia Salzburgo sin éxito. Ese fracaso, cuyas consecuencias teme el niño, le sirve al autor para rememorar su infancia junto a sus abuelos a través de Viena, la Alta Austria y Baviera, y su difícil relación con su madre por el notable parecido con su padre (p. 412). Los recuerdos del niño que se transmiten a través de la palabra son muy vistosos. Las narraciones sobre los orígenes familiares de los abuelos resultan amenas (p. 417). También hay momentos dramáticos, como los problemas escolares o la incorporación a un centro para niños difíciles en el oeste de Alemania. Pero, en general, este es un texto iluminador, que incluye el retorno a los estudios musicales, finaliza la serie y alumbra ya el nacimiento de un escritor.

Esta breve sinopsis de las temáticas de los 5 volúmenes no permite incluir lo más impactante de la lectura de la obra autobiográfica de Bernhard. No es otra cosa que el estilo, la escritura, la capacidad del autor de recrear en la persona lectora una vida a partir de la continua repetición de unas palabras que se convierten en motivos musicales, que se repiten en el oído del lector a partir de frases largas y un único párrafo que una vez tras otra se enfrenta con el detalle del recuerdo para volver a las mismas escenas, los mismos traumas, los mismos recuerdos. Esa técnica es fundamental para afrontar la distancia entre lo que se piensa y lo que se vivió, que Bernhard se plantea una y otra vez (p. 17). Lástima que esa musicalidad de las palabras siempre se pierde en parte en una traducción, pese al excelente trabajo de Sáenz. En todo caso, no es excusa para dejar de sumergirse en esta espléndida lectura, el quinteto autobiográfico de Bernhard.

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