Cada vez que repaso las agendas de las bibliotecas o de las librerías; cada vez que observo los planes de fomento de la lectura de diversos países de Iberoamérica, me doy cuenta de que los grandes olvidados son los adolescentes.

Quizá mi sorpresa se deba a que, en mi caso particular, los libros no fueron del todo interesantes en mi niñez, en realidad no existió una voluntad para que yo me interesara por la lectura. Lo curioso es que los libros me conquistaron en plena adolescencia. Una edad difícil, donde estás más al pendiente de tus hormonas que de tu cabeza. Sin embargo, los libros me permitieron, con todas las limitaciones de conocimiento de aquel momento, buscar soluciones a los incontables problemas que creía que me aquejaban. Los libros me dieron fuerza y consuelo cuando creí que el mundo que conocía, me devoraba.

Por eso lamento la falta de interés por los adolescentes. Adolescentes que seguramente en su niñez los han llevado de la mano a un cuentacuentos, que han tenido infinidad de libros al alcance de la mano desde que nacieron o que han visto leer a sus padres desde siempre. Pero al llegar a esa edad difícil, tal vez debido a la rebeldía natural o a una mala gestión educativa en casa o en el colegio, abandonan los libros. Los observan como objetos que sólo alimentan el aburrimiento o, peor aún, los consideran una obligación de la que desean liberarse de inmediato. En resumen, se convierten en extraños, en enemigos.

En estos tiempos donde proliferan las pantallas y las redes sociales, sería conveniente encausarlas, ayudarse de ellas y mostrar a los adolescentes que lo que hacen en el mundo virtual no es otra cosa que lo mismo que se hace con los libros y con los cuadernos: leer y escribir.

Debemos aprovechar las nuevas capacidades que los adolescentes están desarrollando, en vez de pensar que son un defecto. Tal vez nosotros no logremos concentrarnos con diez ventanas abiertas en el ordenador, pero ellos sí, porque lo han hecho desde que aprendieron a utilizarlo. Para ellos la tecnología es algo natural. Por eso se sorprenden cuando saben que nosotros, cuando éramos niños, no teníamos ni ordenadores ni teléfonos móviles.

El reto es que nosotros, los que no nacimos con en la era digital, logremos desarrollar programas y metodologías que permitan que los adolescentes se acerquen a la lectura y a la escritura a través de las nuevas tecnologías, sin quitarles un ápice de su lúdica, pero que adquieran un nuevo sentido que les permita aprender a aprender. Aprender a pensar. Como lo han hecho los libros desde su invención.

 

 

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