Las otras pandemias

El COVID-19 ha causado, hasta el momento en que escribo este artículo, más de 295.000 muertes. En los Estados Unidos, epicentro de la pandemia, la cifra de fallecimientos hasta este instante supera los 84.000, muy por encima de cualquier otro país, incluso de China, donde apareció la enfermedad, y aproximadamente tres veces más que en Italia, España y el Reino Unido, naciones muy golpeadas por el virus.

Se trata de un fallo catastrófico del gobierno de Donald Trump, que minimizó la gravedad de la epidemia y después, aun dándose cuenta de la tormenta que se le venía encima, tomó medidas muy tarde, en un ambiente de confusión en el que Washington dice una cosa y cada estado hace lo que le parece. Y también –o sobre todo– de un fallo catastrófico del sistema imperante, en el que la salud es una mercancía y el acceso y la calidad de la atención médica que uno recibe depende del grosor de la billetera. El capitalismo neoliberal –cuyo epicentro, como el de la pandemia del coronavirus, también radica en los Estados Unidos– ha demostrado su incapacidad total para resolver de una manera razonable y humana la crisis causada por el COVID-19.

Los medios, lógicamente, han dirigido toda su atención al desastre del coronavirus. Pero, sin restarle gravedad a la plaga que acapara los titulares, conviene recordar que el mundo también sufre otras pandemias, que azotan a muchas personas ahora mismo y que en algunos casos provocan una mortandad mayor.

El COVID-19 ha causado 300.000 muertes hasta el instante en que escribo esta columna. La gripe estacional ha dejado 178.965 fallecidos, menos que el COVID-19. Pero la malaria ha matado a 358.810 personas; el VIH-SIDA, a 614.938 –el doble que el coronavirus–, y las enfermedades contagiosas, a más de 4.800.000 –sí, casi 5 millones–. Cuando este artículo se publique, esas cifras habrán aumentado, como pueden ver aquí.

A la gripe estacional, que nos flagela todos los años, no le damos gran importancia. La vemos como un catarro fuerte, eso es todo, para el cual hay una vacuna que más o menos funciona. No solemos reparar en su saldo trágico. El SIDA es una epidemia de la década de 1980, algo que nos parece lejano en el tiempo y de lo que ya apenas se habla, a pesar de que este año su letalidad es dos veces mayor que la del COVID-19. Y la malaria es una epidemia de países pobres, de gentes que habitan en la periferia del mundo desarrollado, ese que encerró a sus ciudadanos en sus viviendas para evitar el contagio de la epidemia que lo devasta, mientras olvida las otras pandemias que una parte considerable de la humanidad sufre año tras año.