Llegamos a la casa hueca el sábado por la tarde. El auto se estacionó en una veredita de tierra que se adentraba en el bosque, justo al lado derecho de la casa y una figura misteriosa se escabulló entre los árboles. Por más que grité con cara de terror que no me bajaría, nadie me hizo caso. Solo Grey me miraba gesticular con cara de asombro, sin mover los párpados ni dejar de morder la maruga anaranjada. La figura no tenía forma humana, ni de vegetal correlón, ni siquiera de monstruo, eso fue lo que más me asustó, que no tenía forma de nada, más bien un vacío que no quería ser visto.

Al rato, cuando sacaron a la Grey del carseat y cerraron las puertas del auto, el calor me empujó hacia el jardín que rodeaba la casa como una fortaleza de flores. Me senté en los escalones que daban al portal e inmediatamente sentí su blandura, su falta de sustancia debajo de las tablas. ¡Esta casa esta hueca!, dije y nadie me escuchó, o si me escucharon, no se dieron por enterados. Entonces llegó el camión de mudanzas y se parqueó justo detrás de nuestro coche, abrió su barriga enorme y empezó a vomitar cajas.

Mi madre le decía carseat al asiento de choche para niños de Grey. Hay palabras que siempre ha dicho en otros idiomas, palabras cortas, casi siempre cosas, en inglés o en alemán, depende del país donde estaba cuando las vio por primera vez. La casa era la casa, pero el lugar estaba herlich y las columnas torneadas que sostenían el techo sobre el portal era very fancy. Para mí, el lugar era una trampa, uno de esos huecos negros de los que hablaba el Dr. Faustino en las clases de ciencia de la escuela vieja. Listos para comérselo todo.

Enseguida salieron mis padres y mi hermana Gloria, formaron una cadena y movían las cajas hacia el interior de la trampa. Me gritaron que ayudara, que no me quedara de holgazán, viéndolos sudar, pero dejé caer una con el letrero de frágil y me dejaron huir por inútil. Agarré la bicicleta enmomiada en cuanto salió del camión y le quité las tiras de scotch tape azul con que la habían vendado para protegerla. Las tiras se las llevaba el viento y pronto cubrían partes del jardín, ramas de un árbol grande cercano a la casa y un pequeño charco que mi hermana mayor se había empecinado en decirle fuente. Era un charco ranoso, con agua apestosa lleno de limo y barro del que sobresalía un tubo plástico del que saldría un surtidor de agua de arcoíris. Al menos esa era la foto que me mostraron en el prospecto.

Una tira azul voló hasta mi padre y se aferró a su cara como una venda. Entonces me tocó perseguirlas, pero huían con una voluntad sospechosa. Las vendas me evitaban, algunas reptaban como serpientes y otras volaban a ras del pasto seco, zigzagueando, parecían las olas de mis dibujos de primer grado, muy bonito, pero yo estaba cagado. Miré hacia el inicio del bosque, pero no vi nada, solo las ramas, las hojas susurrando, el olor tranquilo que trae la brisa verde.

Cuando por fin las tuve todas en una bolsa de basura comenzaron a pelearse. La bolsa se movía, daba tirones, parecía estar llena de culebras. Mi madre me lanzó una mirada de “no te hagas el actor” y me senté sobre las serpientes azules. Boté la bolsa en el tanque de basura y coloqué algunas cajas vacías sobre la tapa, no se fueran a escapar. Después todos entraron en la casa y el camión se fue.

Me senté en la bici a hacer guardia. Estaba seguro que la tapa se abriría en cualquier momento y lloverían serpentinas, pero no pasó nada. Seguí observando por un rato, pero nada pasó. Un niño de pelo largo, más grande que yo pasó pedaleando por la calle desierta, me vio, se dio la vuelta y se paró justo frente a mí.

—¿Sapos de bolas de papel? — dijo.

—No, culebras de scotch tape azul. —le dije y me tendió una mano muy grande para su brazo.

—Manotas. —dijo y me reí. Se rio, me envolvió la mano con la suya y salimos pedaleando por la acera.

—¿Ya viste al Sinnadajamás? —me preguntó y le dije que sí, que lo había pillado espiando la mudada.

—¿Pero lo viste viste?

—No, lo vi sin verlo.

—Ya —dijo y pedaleó más duro, tuve que sudar para mantenerme a la par.

Después no quiso hablar más del tema.

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La Habana, Cuba, 1969. Escritor, traductor y editor cubano americano. Radica en Miami. Su familia proviene de una larga tradición de escritores y editores de literatura infantil. En 2010 fundó la editorial Linkgua USA, con el fin de representar, publicar y promover la literatura en español de autores latinoamericanos. Tiene Premios tan reconocidos como el White Ravens, 2013, el Premio Planeta Infantil, Apel les Mestres 2009, la Medalla de Oro de los Florida Book Awards, 2015, el Premio Edad de Oro 2000 y 2002, el Premio de la Crítica al mejor libro del año (La Rosa Blanca 2004). Es autor de más de 200 libros publicados que se han traducido a 12 idiomas.
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