La universidad de la vida, de Javier Lentino.

Las puertas del viejo ascensor se abrieron solas como si estuviesen encantadas. Mario, desconcertado, apretó el botón con la «C» varias veces hasta que asomó la cabeza para confirmar que estuviera en el lugar correcto.
—¡Es acá Onetti! Pase nomás— le gritó una voz bien argentina desde el fondo.
Este no era el cielo que Mario se había imaginado. Acá no había nubes, no había ángeles, mucho menos un portal de rejas de oro. El poco cielo que se veía se colaba por unas ventanas horizontales, abiertas en diagonal, que dejaban entrar el aire fresquito de la mañana.
El lugar no era muy grande y estaba completamente vacío. Cinco filas perfectas de sillas naranjas de plástico ocupaban casi todo el espacio, y miraban de frente a un mostrador enorme que corría de punta a punta del salón. Justo a la salida del ascensor, un cartel de letras perfectas pintadas a mano anunciaba: «CONSULADO CELESTIAL DE LA REPÚBLICA ARGENTINA»
Una bandera celeste y blanca, como esas pomposas del colegio, adornaba uno de los rincones junto con otra mas grande del Vaticano, y el retrato de un señor sonriente al que Mario no había visto en su vida.
La oficina parecía estar detenida en el tiempo. Sobre las paredes recién pintadas había un póster de la selección campeona del 78, escudos antiguos de todas las provincias de la Argentina, un cuadro gigante del obelisco, igual a esos que solía haber en los restaurantes, y miles de fotos de santos en blanco y negro autografiadas, o dedicadas de puño y letra.
La radio AM daba las noticias de la mañana y había olor a café recién hecho.
Mario, por inercia, sacó número de un talonario rosa apretado con una maderita, tornillo y mariposa de bronce.
—No hace falta número Onetti, los tenemos ahí para los días que se junta mucha gente— le dijo un señor flaquito con cara de antiguo parado detrás del mostrador acomodando unas carpetas.
El hombre agregó —Le preparé un café con leche y medialunas de grasa como a usted le gusta, ¿o prefería una traviata? Mire que adentro tenemos de todo. Ah, ¡bienvenido a su nueva casa! Antes de asignarle su cuarto necesito hacerle algunas preguntas de rigor ¿Está de acuerdo?
—Sí, balbuceó Mario.
—¿Prefiere que le diga Mario u Onetti está bien?
—Mario. Nunca me gustó que me llamaran por el apellido.
—Mario entonces. ¿Fecha de nacimiento Onetti?
Mario se rió en silencio.
—12 de octubre de 1940.
—Mala mía Onetti, quise decir de fallecimiento. Lo que pasa que acá morir es nacer de nuevo. No se preocupe, ya lo va a aprender con el tiempo.
—Ah perdón. 11. No, no; 11 está mal. 12 de octubre de 2017.
—Uuu, ¡justo el día de su cumpleaños! ¡Pobre su familia! ¿Sabe una cosa? Por otro lado mejor. De esta manera vivió una cantidad de años exacta y no se va a confundir las fechas nunca ¿Es creyente?
—Sí— dijo Mario de memoria. —¿Le hago una pregunta señor? El cielo es acá ¿no?
—Obvio Onetti ¿a usted que le parece? ¿No vio la bandera del Vaticano, la foto del jefe en la puerta?— dijo el flaco con tono sobrado e hizo señas con el dedo hacia arriba.
—¿Cantidad de rezos semanales?
—Los normales. Una vez por semana; quizás dos ¿Es muy importante?
—Y, depende mucho del país. Acá tantos no nos dan. Los brasileños, por ejemplo, son los únicos con una tolerancia de 14 por semana. Como se la pasan pidiendo cualquier cosa a santos que ni siquiera existen. ¡Con la cantidad de gente que se ha canonizado! Ya ni nos entran las fotos firmadas en la pared ¡Miles de santos para pedir y estos inventan nuevos!— dijo tomándose las manos.
—Todos los demás países acceden a una oración diaria acumulable. Si no la hacen, les queda el crédito. Y así todos los días. Sabe que pasa Mario, últimamente la gente se abusa y reza todo el día ¡Piden por cualquier cosa! Las oraciones de más, aquellas que están por encima de lo permitido, se descartan; ni siquiera se escuchan. Y entonces después pasan las cosas que pasan y la gente se queja … ¿Se enamoró alguna vez?
—Dos veces.
—En los papeles me figuraba una sola ¿Quién fue la primera?
—Mi novia del colegio. Me enamoré por primera vez a los 13 y después de mi mujer a los 26 años.
—¿Era linda la chica de 13?
—Uff, me mataba.
—¡Qué bueno enamorarse de chico!— dijo el flaco revoleando los ojos. —Hace tantos años que ya ni me acuerdo. Un día de estos, con tiempo, me cuenta, ¿le parece?
El empleado dio vuelta la página, se acomodó los anteojos y continuó:
—De chico: ¿le pegaba a los perros, aplastaba sapos o tiraba piedras con onda a los pájaros?
—Mis amigos lo hacían. A mi nunca me gustó.
—Mario, Mario; no mienta. Acá tenemos todo registrado. ¿Está seguro?
—Se lo juro.
—¿Le dijo alguna vez a su mamá que iba a algún lado y en realidad fue a otro?
—Seguro que sí— dijo Mario riendo, y el flaco festejó con él.
—Yo también, no se preocupe ¿Qué carrera estudió?
—Soy abogado.
—Disculpe. Carrera de la universidad de la vida ¿Cuál estudió?
—La verdad no tengo la menor idea de lo que me esta hablando.
—Mire Onetti, perdón, Mario. La universidad de la vida no posee tantas carreras y generalmente están todas relacionadas con la forma en la cual uno se comportó en la vida. Nosotros diseñamos un cuestionario cortito para saber si el cliente no sabe, o no recuerda. Infinidad de gente que ha cursado muchas carreras, pero no llegó a recibirse de ninguna. Gente de buenas intenciones, aunque de poca constancia. La debilidad es una condición bien humana y eso generalmente juega en contra de aquellas personas que cambian a carreras largas como “Solidaridad», o «Dedicación». Se la pasan la vida estudiando. Antes de comenzar con las preguntas leo que acá tuvimos que pagar dos cuentas en las que usted y sus amigos hicieron un «pague Dios».
—Me acuerdo. La verdad, un papelón.
—Ni se preocupe, pasa todo el tiempo, pero debemos dejar constancia. Le cuento una cosa más de la cocina. Es un drama eso del «pague Dios». Cada año son más las cuentas que hay que pagar por ese tema.
La radio dio el top de alguna hora y Mario buscó su reloj en su muñeca desnuda.
—Ah, mire justo le iba a preguntar eso: ¿cantidad de relojes que compró en su vida?
Mario pensó por un rato hasta que dijo sin mucha convicción: —Creo que fueron doce.
—¿Cantidad de autos propios en un mismo momento?— pregunto el empleado sin siquiera levantar la vista.
—10. No, perdón; 11.
—¿Cuántos metros tenía su casa? Esta es multiple choice, para que no tenga que pensar tanto: A) Entre 30 y 100 metros, B) Entre 100 y 300, C) Entre 300 y 500, D) Más de 500.
—D,— dijo Mario con vergüenza.
—De los papeles surge que su familia no tenía dinero cuando usted era chico, y que recién amasó su fortuna bien entrados los cuarenta. Según estos datos, y las preguntas que le acabo de hacer, usted se recibió de «Nuevo Rico» más a menos a los 45.
Mario se puso a llorar en silencio.
—No se ponga mal, Mario. Acá hay un montón de carreras lindas para estudiar. Si usted quiere, y esta arrepentido de lo que estudió en la tierra, lo puedo anotar hoy para que empiece mañana mismo.
—La verdad me gustaría, dijo Mario con los ojos todavía vidriosos. Me gustaría estudiar algo que me enseñe a dedicarle mi tiempo a la gente, no pensar solo en mi. Me hubiese gustado dedicarle más tiempo a mis hijos, no haber estado tan pendiente del dinero y del éxito las 24 horas del día. Creo que no fui malo, pero hubiese querido ser algo más solidario, quizás un poco más comprensivo.
—Escúcheme, Mario. No se quede mirando el piso. Yo sé que usted fue un hombre fiel; está todo en la carpeta. Y, créame, estos papeles no mienten. Por acá pasan muchos atorrantes. Dice también que usted siempre veló por los suyos, que fue buen padre, buena persona y un gran amigo. ¿Si hubiera visto la cantidad de gente que fue al velatorio? Le voy a conseguir las fotos.
—Me reconforta que me diga eso,— dijo secándose las lágrimas con el puño de la camisa.
—Ya hemos terminado. Espéreme un momentito ahí parado en la puerta que tiene la “C” grande.  Yo dejo mis cosas y ya lo alcanzo.
Mario tomó un poco del café que ya estaba frió y agarró una de las medialunas. Luego se dirigió hacia la puerta despacio pero aliviado.
La puerta se abrió sola al percibir su proximidad. El sol más lindo de la mañana le baño todo el cuerpo de luz, y una alfombra infinita de nubes perfectas le cubrió los pies descalzos de un frío inusual.
El flaco ya estaba del otro lado y Mario sonrió sin esfuerzo al verlo.
—Le hago una pregunta Señor,— dijo Mario al volver a verlo —¿Cuándo empiezo a estudiar? la verdad me ilusiona poder aprender más cosas, arrepentirme de aquello que hice mal.
—No se preocupe Onetti, acaba de dar toda la carrera libre con las preguntas que le hice. Ya se recibió ¡felicidades! Y vaya tranquilo. Camine hasta las puertas de oro, que ahí lo espera un colaborador mío. Yo acá me despido. Descanse, que se lo merece,— dijo mirándolo de frente, y le extendió la mano derecha visiblemente lastimada en su palma. —Un placer volver a verlo, y que Dios lo bendiga siempre.