La quimera de Flagler

florida«Lo bueno de Miami es que está muy cerca de Estados Unidos», suele decirse, y esta es una frase que ayuda a definir con mucha ironía y certeza lo que es esta ciudad. Al menos dentro del imaginario hispanoamericano, que la ha convertido en ese mezcla de sabores intensos y repentinos como los aguaceros que con frecuencia parecen aplacar sus ganas de fiesta, su fiebre tropical. En efecto, la sola imagen de la ciudad, su cordillera de edificios espigados y luminosos, sus playas doradas, su coquetería art decó y algunos de sus barrios más representativos como Coral Gables, South Beach o Coconut Groove bastan para disparar en nuestra imaginación —o en nuestro recuerdo, como es mi caso— un largo travelling evocativo, tórrido y bullicioso. Y ello prueba que hay ciudades que se parecen mucho a los tópicos que las representan. Pero a menudo esos tópicos son sólo el trazo grueso con el que insistimos en mirar apenas la superficie de un lugar. Así, quien visita por primera vez la ciudad corre el riesgo de quedarse en la primera capa de esta cebolla y no adentrarse hasta su pulpa, donde bulle lo más intenso y vivo de la misma. Así ocurre con Miami: que necesita de quien acude a ella una mirada ausente de prejuicio para no ver nada más que su veleidad de Caribe, su rapidez tumultuosa de turistas abarrotando los malls inmensos, sus paseos marítimos, su estampa más floribbean y nocturna, llena de neones.

Desde que el viejo Henry Flagler cumpliera con su empecinado sueño de tender las vías de un tren a todo lo largo de la península de Florida —este año se cumplió un siglo de aquella hazaña— muchas cosas han cambiado por allí. Para empezar, el surgimiento de la propia ciudad de Miami, que le fue ganando protagonismo a Cayo Hueso como el principal núcleo urbano de la región desde que llegara allí el Florida East Cost Railroad en 1896. Su crecimiento a lo largo del siglo XX fue nutrido en principio por la infatigable colonia cubana, sobre todo desde la llegada de Castro al poder en 1959, cuando casi medio millón de cubanos desembarcó en las costas de Florida para instalarse allí con su nostalgia y sus reivindicaciones, y también con sus ganas industriosas de hacerse un espacio digno para vivir y prosperar sin abandonar sus raíces. Posteriormente, sucesivas oleadas migratorias venidas desde toda Hispanoamérica han ido configurando su perfil especial de ciudad cosmopolita y abierta, donde todas las nacionalidades han aportado tradiciones, fiestas, creencias, cultura, condimentos y sazones, pero también el empuje necesario para convertirla en la tercera ciudad más rica de los Estados Unidos. Así, atemperado su ardor latino por el calvinista sentido de la vida «gringa», Miami se ha transformado en un enclave de incesante y enigmática fusión que nunca deja de sorprenderme por su carácter transfronterizo, como ocurre con otras ciudades norteamericanas, pero muchísimo más intenso o acaso de otro manera: Creo que ni Los Ángeles, ni El Paso o Albuquerque tienen esa coloración tan heterogénea que encontramos aquí.

Lo curioso de todo esto es que Miami está formada así por representaciones importantes de prácticamente toda Latinoamérica que han convertido a la ciudad en una suerte de capital ad honorem de lo latino pero donde nadie se reivindica como miamense, como si esta fuera una ciudad de paso incluso para quienes viven allí desde hace décadas. Así por ejemplo no he encontrado en mis muchas visitas a la ciudad una gastronomía que se anuncie como típica de la región, como tampoco he encontrado escritores miamenses…  de manera que eso que en principio ha sido su empuje vital, su génesis y su bandera, se convierte también en su punto más vulnerable, el talón de Aquiles de esta incansable bailarina de salsa y de vallenato, de cumbia y de tango que es Miami. Con una oferta cultural variada y mucho más rica de lo que a simple vista puede parecer, la ciudad todavía pugna por encontrar su propia identidad, aquello que la defina por lo que es y donde en algún momento de la historia se ofrezca al mundo con su verdadera carta de ciudadanía. O quizá, y eso nadie lo puede saber, cuando ello ocurra pierda su identidad de espejismo, elusiva como un sueño para los miles y miles de hispanoamericanos que han hecho de ella lo que es: un buen refugio bajo el sol.

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