1. «La cosa».

     “La cosa”, sustantivo oscuro, informe, amenaza que se cierne sobre nosotros mientras leemos, que se atraviesa y que apela a la fantaficción, al terror y a los cómics de superhéroes. «La cosa», así llama Iban Zaldua, el último escritor en que se centró esta serie, al conflicto armado que se desarrolló en el territorio vasco y no solo ahí, durante la segunda mitad del siglo XX  y que se alargó hasta el XXI. «La cosa», así llama el escritor navarro Jokin Muñoz (Castejón, 1963), a lo mismo.

  1. La dificultad de las traducciones.

     La coincidencia de Zaldua y Muñoz por definir con una palabra genérica un cajón de sastre, esa suerte de descubrimiento simultáneo de una realidad terrible, algo tan dramático, no queda solo en eso. De Muñoz habla Zaldua, y bien, en los artículos que dedicó a la literatura desde la zona negativa del conflicto, la literatura vasca escrita en euskera.

     Zaldua menciona especialmente dos textos del escritor navarro: el libro de relatos Bizia lo (Alberdania, 2003), premio Euskadi de literatura en 2004, que su editorial tradujo al castellano como Letargo, y Antzararen Bidea (Alberdania 2008), Premio Nacional de la Crítica en 2008, traducido al castellano como El camino de la oca (Alberdania 2008). Edurne Portela (Santurce, 1974), de quien también se hablará en esta serie y con quien también se conversará, menciona este y otros libros de Muñoz en su ensayo El eco de los disparos: cultura y memoria de la violencia (Galaxia Gutenberg, 2016), por cuanto deberían formar parte del corpus, de las lecturas básicas de esta serie dedicada a la literatura del conflicto. Sin embargo, me ha sido imposible hallar el último de los libros mencionados. Suerte he tenido de encontrar Letargo, olvidado en un estante de una biblioteca en Barcelona. Esa es la primera dificultad, el primer obstáculo que se encuentra quien, como yo, pretende mapear ese conflicto a través de la literatura, la de las traducciones del euskera de los libros originales que se difunden poco en sellos minoritarios, o en los mismos que publicaron en su lengua original, y esta queda acallada por las promociones, por los grandes sellos, hasta distorsionar la pintura real de la representación del conflicto en las letras, como denuncia Zaldua.

  1. Letargo: el libro.

     Pero vayamos al texto, un compendio de cinco relatos bien trenzados, ariscos, que golpean a quien los lee, con la tensión, el dolor del enfrentamiento en la figura del señorito al que ha de proteger su cuñado, nacionalista moderado que acepta la dictadura, y eso le permite mantener su posición; o en esos padres que temen por su hijo, por la posibilidad de que haya cruzado la frontera, se haya hecho terrorista, en parte, por las inseguridades, por la competitividad de un padre frustrado incapaz de trazar una existencia a su gusto, en parte por el carácter pusilánime de la madre; o en ese intelectual que, en contra de su pasado, se presenta como el pacifista que no fue, cuando flirteaba con la violencia en su juventud, mientras enfrenta al hijo de un preso, alumno suyo, que le enfrenta a él con un examen en blanco; o el terrorista, ya veterano, que se deja arrastrar por la impulsividad de la joven militante, y por su sexo, hasta enzarzarse en una espiral de fantasía y destrucción antes que ser relevado.

  1. La otra mirada.

     De entre todos los cuentos sobresale Chantilly, un relato en dos tiempos de los ajustes de cuentas que realizó ETA, con más asiduidad de la que muchas veces se recuerda, entre los miembros de lo que en aquellos años se denominaba lumpenproletariado, gente pobre no enrolada a la causa, en este caso, en la figura de Chantilly, un proxeneta, alguien no suficientemente comprometido con la lucha, según los guardianes de la pureza ideológica. El cuento rezuma imágenes conmovedoras, en especial, en la relación de Chantilly con su hermano, el chaval huérfano de madre, abandonado por un padre que tiene al alcohol como única compañía. Sin embargo, más allá de este caso, en el libro se echa en falta la otra mirada, la de la víctima, frente a una sobrerrepresentación del terrorista en todos los estadios de su vida.

     Zaldua hablaba de ese problema en la literatura vasca escrita en euskera, por la idiosincrasia del público, en su mayoría nacionalista, que lee en esa lengua. Y ahí encontramos una razón. Pero a nadie se le escapa que las personas que confrontan, componen textos, suelen dejarse atraer por esos personajes extremos que dialogan con la violencia. No es un hecho exclusivo de la literatura que aquí se está tratando la del conflicto vasco. Es muy común en la muy amplia narrativa sobre psicópatas, en donde en contadas ocasiones quien escribe, se pone de parte de las víctimas. Sin embargo, parece que la literatura desde una perspectiva global está virando a narraciones con víctimas en el centro y esa puede ser una de las razones que visibilicen ciertas propuestas frente a otras, propuestas donde se tiene en cuenta la otra mirada, la de las víctimas.

 

 

 

Carlos Gámez

Carlos Gámez (Barcelona, 1969) es licenciado en Ciencias Físicas. Cursó el Programa de Doctorado en Historia de las Ciencias por la Universitat Autònoma de Barcelona, y el Máster en Creación Literaria por la Universitat Pompeu Fabra. Ha disfrutado de una estancia en las intituciones penitenciarias de Nicaragua, de donde salió su primer libro, un diario titulado 'Managua seis'. Ha sido galardonado con el IX Premio Café Mòn por la novela 'Artefactos'. Colabora con las revistas Sub-Urbano, Culturamas y La bolsa de pipas. En su bitácora personal, "El blog de Carlos Gámez", estudia las relaciones entre ciencia y literatura. Actualmente está peleándose con una novela corta.

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