La obsesión por prohibir

alcoholismo

Quienes nos gobiernan parecen últimamente muy obsesionados con prohibir. Prohibir y que se acepten sus prohibiciones, incluso porque nos convenzan a base de campañas machaconas y medianamente razonables, parece ir en el ADN de los que ostentan el poder.

Hace muchos años, cuando viajé por primera vez a Estados Unidos, me llamaron mucho la atención las prohibiciones que había en ese país que proclama una libertad que no tiene. Me chocó como anécdota, mientras me bañaba en una playa de la Jolla, en donde ya no es posible hacerlo porque la han invadido las focas, que un vigilante me prohibiera, con su silbato y aspavientos desde su torrecilla anclada en la arena, que me alejara de la costa. Recientemente me ha sorprendido encontrar caminos de montaña en algunos parques nacionales de Estados Unidos por los que está prohibido pasar bajo pena de prisión, literalmente, o senderos de bosque vetados porque meses atrás un oso atacó a un humano. Me queda la duda de si con estas prohibiciones protegen al ciudadano imprudente de sí mismo o bien son ellos los que se están protegiendo de posibles demandas en un país en donde hasta la justicia es un enorme negocio. En España uno tiene la libertad de despeñarse por una montaña o de servir de almuerzo a un oso sin que le riñan, le multen o le metan en la cárcel. De momento.

Cuando Estados Unidos emprendió esa cruzada contra el tabaco no creí que saltara tan rápidamente el océano y se propagara por España con tanta o más virulencia que allí. Durante años, en mi época de estudiante universitario en España, se fumaba en las clases, fumaba el profesor que las impartía y los fumadores pasivos aspiraban las nubes, nieblas más bien, de humo de tabaco que se formaban. En los bares, alrededor de las bebidas, en las tertulias, fumadores y no fumadores compartían el mismo espacio sin que nadie se quejara de ello, quizá porque los no fumadores éramos muy educados y condescendientes. Fumaban los políticos en el Congreso de los Diputados enormes cigarros habanos; fumaban los pasajeros en los vuelos de avión y hasta fumaban los dibujos animados de las antiguas películas de Walt Disney que todavía pueden ver hoy los niños sin censura. De pronto todo eso se acabó y se inició una cruzada antitabaco que prohibió su publicidad, ilustró con imágenes profundamente desagradables los  envoltorios de los paquetes de cigarrillos, vetó fumar en los espacios cerrados y hasta en los abiertos, en las playas, y ha proscrito a los fumadores hasta convertirlos en personas marginales que envenenan al resto de la población con su humo, a un paso de convertirse en delincuentes a pesar de ser ciudadanos que contribuyen de forma activa a engrosar el erario público por la cantidad de impuestos que pagan cada vez que compran un paquete de cigarrillos. Que fumar perjudica la salud es algo que todo el mundo sabe y las estadísticas confirman, pero también podían prohibir la circulación de vehículos por las ciudades atendiendo a los cientos de miles de personas que mueren en todo el mundo a causa de la contaminación producida por los tubos de escape de los coches y acabar ya de una vez por todas con nuestra dependencia de los hidrocarburos contaminantes.

Con el alcohol pasaba algo parecido en Estados Unidos. Durante décadas, sobre todo a través del cine, se vendieron las virtudes del alcohol. En todas las películas que nos llegaban a España desde Estados Unidos lo primero que hacía el protagonista a los pocos segundos de empezar era abrir el mueble bar y servirse una copa. Daba la sensación de que nadie podía entrar en su casa y sustraerse a una buena dosis de alcohol después de una jornada de trabajo. Después de la ley seca el pueblo norteamericano anduvo sediento de alcohol, y con la ley también, por supuesto, engrosando con aquella estrambótica prohibición las arcas de la mafia. Luego llegaron las prohibiciones. No se puede beber en la calle; no se puede beber en la terraza de un restaurante, aunque sea una simple cerveza; en muchos restaurantes no hay bebidas alcohólicas; no se encuentran en los supermercados; no se venden a la hora de los oficios religiosos. Tienes que ir a Las Vegas o a Nueva Orleans para pecar a conciencia.

Exportada a mi país la histeria antitabaco, le llega el turno a la del alcohol. Primero de una forma racional: Si bebes, no conduzcas, porque el borracho no sólo se mata a sí mismo sino que suele causar víctimas colaterales con su conducción incorrecta. Pero lo que empieza así, siendo una prohibición racional y asumible por el conjunto de la sociedad, pronto se distorsiona. La autoridad podrá sancionar a los padres de los menores que sean sorprendidos ingiriendo alcohol, lo que no me parece mal porque es una dejación de la patria potestad por parte de estos. Buena parte de la juventud española asocia perder el sentido bebiendo en la calle, porque es más barato, el fenómeno conocido como botellón que algunos municipios promocionan de forma irresponsable, con divertirse. No se podrá beber en las cercanías de los colegios, del mismo modo que no se puede fumar, lo que tampoco me parece muy descabellado, ni de los hospitales. Lo que me inquieta más es que se alega, para tomar esa medida, y me temo que otras más drásticas que vendrán después, el mal ejemplo que dan a los niños y a los jóvenes los adultos bebiendo—se da mal ejemplo si se está ebrio— y se mete en el mismo saco la cerveza y el vino, cuyo uso moderado hasta resulta beneficioso para la salud, con las bebidas de alta graduación alcohólica. Mucho me temo que empecemos por ahí, con estas pequeñas restricciones contra las que casi nadie está en contra porque son racionales, y pasemos a prohibiciones de mayor alcance, a no beber en terrazas de restaurantes, a tener que buscar un restaurante en donde se pueda beber alcohol, a no poder comprar alcohol en los supermercados, en definitiva, a copiar el modelo norteamericano, como buena colonia que somos, de conducta en relación a esas dos drogas legales por ahora.

Confieso mi confusión ante todas esas medidas. Durante años nos han bombardeado con publicidad de que estaba bien fumar cigarrillos y que estaba bien, y era bien visto, tomar una copa al salir del trabajo y entrar en tu casa. Nos crearon un hábito social y una dependencia con su batería de mensajes subliminales a través de la publicidad, el cine, la fotografía y la literatura. Y una vez que media humanidad está enganchada al tabaco y al alcohol, lo prohíben o  ponen un sinfín de cortapisas para su consumo.

Como no creo en el altruismo de los que nos gobiernan, a un lado y otro del océano, me inclino por las cuestiones económicas, que todas esas medidas que buscan el consumo casi clandestino de tabaco y alcohol, y quizá servírselo en bandeja a la mafia en un futuro, van encaminadas a reducir el gasto hospitalario que supone tratar pacientes con los pulmones ennegrecidos por la nicotina (con los mineros no se tuvo esa consideración: ellos echaban a perder sus pulmones en su trabajo diario) o con hígados cirróticos. Me temo que no vamos a tardar mucho tiempo en ver sustituidas las bonitas y muchas veces literarias etiquetas de las botellas de vino por una serie de advertencias apocalípticas ilustradas con imágenes desagradables.

Me parece muy bien que se prohíba a los menores el consumo de tabaco y alcohol, que lo consumirán clandestinamente por el hecho de tenerlo vedado como siempre ha sucedido, pero no entiendo que, por esa misma regla de tres, una bebida como la Coca-Cola, que es todo menos una bebida sana con su dosis de excitantes y azúcares, se autorice, o que los niños, por los problemas de obesidad infantil que actualmente hay tanto en Estados Unidos como en España, puedan comer toda clase de bollería grasienta que atenta directamente contra su salud. ¿No se debería, en ese afán prohibicionista, multar a los padres cuyos hijos ingieran bollos regados con Coca-Cola? ¿No se debería vedar a los niños la entrada en los McDonalds?  ¿No deberían cerrar los McDonalds y todos aquellos establecimientos de comida basura en aras de una buena salud?

Personalmente creo que le afecta mucho más a un niño una sospechosa hamburguesa con queso cheddar fundido metido en un bollo grasiento que ver a su padre fumar un cigarrillo o tomar una copa de whisky.

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