La narrativa breve de Oswaldo Estrada: Cortocircuitos

Un amigo camerunés me decía que hay un tipo de persona con la que no se puede discutir: aquella que se quiere ir del país. Cuando la decisión está hecha, no hay nada ni nadie que las detenga, así se las coman los tiburones. O se van o se van. Esto se podría considerar como un acto de locura sin medias tintas ni otras alternativas.

Se podría decir que los treinta y cinco cuentos que componen Cortocircuitos (Intermezzo Tropical, 2025), del autor peruano Oswaldo Estrada, están compuestos por gente de este tipo: locos clínicos, amantes con el corazón hecho jirones, personas corroídas por el alzhéimer, envenenamientos, enfermedades terminales, virus en pandemia, sadomasoquismo y una larga lista de situaciones extremas que producen, en palabras de Estrada, ese ¡zas! que las separa del mundo. En Cortocircuitos, además, se amalgama una retahíla de preocupaciones sobre la migración, el desarraigo, la nostalgia, la alienación y la memoria perdida.

La narrativa de Oswaldo Estrada parte de sus experiencias como escritor peruano a caballo entre Perú y los Estados Unidos de América. Migrante en el país del norte, desde la adolescencia, y profesor de literatura latinoamericana por muchos años en UNC Chapel Hill, su experiencia de vida lo ubica dentro de lo que Nadia Saavedra llama el New Latino Boom o Nuevo Boom Latinoamericano. Un auge de la literatura escrita en español en los Estados Unidos tras las olas migratorias de académicos y escritores latinoamericanos en este país durante las últimas décadas. Escritores que ven en la literatura en español una herramienta de resistencia cultural. Llegado a este país, como muchos peruanos en la década de los 90, época de decadencia social y moral en el Perú, época de Sendero Luminoso y de los primeros años del Fujimori, Oswaldo Estrada se ubica en este panorama literario.

En los cuentos de Oswaldo Estrada uno encuentra el elemento sorpresa. Sus historias están estructuradas a la manera clásica de los maestros del género: de Chéjov, Poe, Quiroga. Las anécdotas fluyen en un sentido lineal, sin ambages ni truculencias, hasta revelar las causas de la intriga, la desgracia, las penas de los personajes. Tributario de estas fuentes, las historias de Cortocircuitos conducen de la mano al lector hasta ese momento inesperado, sorprendente, ubicado generalmente en el último párrafo, para sacudirlo y sacarle una sonrisa o un suspiro. La locura, por otra parte, es el eje articulador del conjunto de historias. Vista desde distintos ángulos, esta siempre es un factor determinante en la progresión dramática. Es lo que sucede, por ejemplo, en “Dálmata”, donde una anciana le reclama su perro a una mujer, acusándola de ladrona. Una acusación que obedece a simples rasgos compartidos entre el Pipo, el perro perdido, y el de la construcción donde trabaja la mujer. Cuando sus nietos ven al perro, sin embargo, le revelan el grave error que la anciana ha cometido, confundiendo el suyo con otro. El absurdo, en el sentido que le da Albert Camus, busca aquí una válvula de escape entre la desmesura de la situación y las causas que la provocan. El olvido y la memoria también se hacen presentes. Lo mismo se repite, aunque por causas distintas, en “Algo mío”, a raíz del deterioro mental de un anciano imposibilitado de recordar su pasado familiar.

En otros momentos, la sorpresa va acompañada de la revelación de lo oculto y de la idealización de la muerte. “El otro barrio”, por ejemplo, revela a cuentagotas una relación homosexual entre el protagonista y un amigo menor que él, en cuyo velorio la gente ríe en vez de llorar. Para el protagonista, “tomarse la muerte como una bendición le parecía una locura”.

Pero la locura también está acompañada de idealismos y utopías quijotescas que se asoman por las costuras. A Eduardo, un poeta cubano, “no le interesan los estudios culturales”, y pasa por una crisis quasi existencial cuando un amor pasajero le invita a dar una charla sobre poesía cubana en su universidad, en Tennessee. En este cuento, “La boca del lobo”, la concepción del l’art pour l’art de Stephan Mallarmé está bien arraigada en Eduardo (Lalo). Las teorías posestructuralistas y posmodernas de la academia actual lo espantan, porque a él no le interesa eso, sino la poesía, la poesía pura. Con una conclusión alarmante a la vez que lúdica, escuchamos la consciencia de Eduardo: “A ver si aprendían esos ilusos lo que era cultura de verdad, coño, y no los disparates que había que había escuchado toda la mañana”.

Uno de los aspectos más originales de Cortocircuitos es, a nivel de conjunto, el léxico proveniente de diversas canteras de Latinoamérica y España, utilizado de un cuento a otro, revelando un cosmopolitismo coloquial hispano muy particular. El uso de palabras de contextos diferentes revela, por su parte, un gusto del autor por la picaresca y el costumbrismo. Al leer algunas páginas, resulta ineludible pensar en el Lazarillo de Tormes o el niño Goyito, de Felipe Pardo y Aliaga. Por esto, “perendengue”, “chingada”, “drogo”, “lacra”, “fichita”, “porro”, “marihuanero”, “lomo”, “trespeleque” se leen con total naturalidad en un libro que apuesta por una especie de hispanismo ecuménico que, además, desconoce de fronteras nacionales.

Julio Ramón Ribeyro, por otro lado, solía expresar cierta ironía en el triste destino de sus personajes. Un cierto spleen en sus vidas se revelaba frente al crecimiento urbano de la Lima de los 50. Sus obsesiones por los marginales, los rezagados, los desadaptados (los locos), en ese tránsito a la modernización de Lima, se rastrean en toda su obra. Uno de sus cuentos más emblemáticos, “Solo para fumadores”, encuentra un eco lejano en el cuento “Cumpleaños”, de Oswaldo Estrada. ¿De qué manera? Por la vía del fetiche: el amor desmedido por los objetos, piezas de adoración en la vida de los hombres. En el cuento de Ribeyro, el protagonista revela su desmesurado amor por los cigarrillos, sus formas, sabores, texturas y olores; en Oswaldo Estrada es el pisco peruano el objeto de este deseo. Cuento logrado por todos sus contornos, con la extensión exacta y las palabras precisas.

El suicidio, la muerte y la venganza, asimismo, son componentes que atraviesan las páginas de Cortocircuitos. La vejez, del mismo modo, y a diferencia de Onetti, es contemplada como un proceso natural, de la que los familiares más cercanos forman parte ineludible en los cuidados diarios. Estos componentes, por ejemplo, se hallan en “Locos de atar”, “Genio y figura”, “Hasta que la muerte nos separe” y “En el nombre del padre”.

Oswaldo Estrada es de los escritores que organizan sus libros de cuentos a partir de ejes temáticos bien definidos. Ya en Luces de Emergencia (2019, editado en España, Estados Unidos, Perú y México) mostró una preocupación similar con respecto a la enfermedad. Entre sus cuentos no hay un solo hilo que no tenga relación con el conjunto; en este aspecto, demuestra una gran intuición, talento y destreza. Eso notamos también en Las guerras perdidas (Sudaquia, 2021) y en Las locas ilusiones (Maquinaciones, 2025).

Pronto llegará el día en que la literatura del New Latino Boom se consolide con sus mejores plumas, como ya lo viene haciendo con Oswaldo Estrada y otros escritores con destinos similares. Cortocircuitos nos muestra que el cuento es un género predilecto y vigente entre los escritores latinoamericanos dentro de los Estados Unidos. Un poco más o un poco menos locos, los personajes nos ayudan a mirarlos —y a mirarnos— más de cerca para descubrir que cada uno tiene, en resumidas cuentas, un tornillo suelto.

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