La mujer que no quería ser otra

El escritor israelí Abraham B. Yehoshua (Jerusalén, 1935) sabe que todo ser humano, por insignificante que parezca, es capaz de encerrar una poderosa alegoría del mundo en el que vive. Su obra narrativa está habitada por hombres y mujeres que, en manos distraídas, no alcanzarían nunca la condición de personajes literarios aptos para simbolizar, sutiles, certeros, la historia de una nación. Siguiendo este punto de vista, también se podría definir su estrategia narrativa como el dibujo de individuos que son parte de una cotidianeidad puntual, que nunca manifiestan otro deseo que seguir viviendo sus vidas, apacibles o tortuosas, y que no almacenan la menor impaciencia por convertirse en protagonistas de una épica sobrenatural.

Autor de novelas como Una mujer en Jerusalén, La novia liberada, Viaje al fin del milenio, la notable El cantar del fuego, El amante y El Señor Mani (que él considera su obra más lograda), afortunadamente traducidas al castellano, Yehoshua fue entrevistado tiempo atrás por The New York Times Book Review. Interrogado acerca de lo que inspira su literatura, contestó que es la conexión de temas y sucesos: “Nuestras vidas son un flujo de acontecimientos, lo cual es difícil de organizar en una obra narrativa con comienzo, nudo y desenlace, y en la que se resuelvan satisfactoriamente todos los conflictos en juego. La buena literatura vence a la aleatoriedad de la vida imponiendo una forma que crea un significado en medio del caos, haciendo conexiones simbólicas entre varios acontecimientos.”

Descendiente de una extensa estirpe sefardí de raíces griegas, Yehoshua es considerado, junto al desaparecido Amos Oz (1939-2018) y a David Grossman (1954) uno de los escritores fundamentales de la moderna literatura israelí. Sus títulos han traspasado fronteras y ganado varios premios internacionales. En 2017 la editorial Duomo Nefelibata publicó una novela que él escribió entre 2012 y 2014, y que recién ahora llega a nuestro país: La figurante.

Dos pequeños intrusos

Noga es una arpista de cuarenta y dos años que vive en Holanda. Divorciada, sin hijos, tiene un amante ocasional por el que no siente particular ardor e integra la orquesta filarmónica de Arnhem. Su hermano Honi reside en la cosmopolita Tel Aviv junto a su esposa y sus dos hijos. Su madre viuda ha quedado sola en un viejo apartamento alquilado desde hace muchos años, en un barrio de Jerusalén invadido por judíos ultraortodoxos, que han cambiado la fisonomía de la zona con sus rígidas y fanatizadas costumbres. Honi, temeroso por la salud de su madre, trata de convencerla de que se traslade a una casa de salud de Tel Aviv, de la que él estará cerca y donde la podrán cuidar como merece. Para ello, diseña lo que todos llamarán un “experimento”: una prueba de tres meses tras la cual, si la madre no se acostumbra a su nueva vida, puede volver a Jerusalén.

Pero como el viejo apartamento no debe quedar desocupado, bajo riesgo de que sus dueños lo vendan sin dar cuentas a nadie, el hermano le pide a Noga que abandone su residencia europea y se instale en Jerusalén a la espera de los resultados del experimento. La arpista accede a regañadientes, para no sentirse culpable de la distancia que la separa de su madre y para ayudar a su hermano en un proyecto del que todos están convencidos, muy de antemano, de su obvia resolución. Para ello, debe suspender sus actuaciones con la orquesta, tolerar que le busquen una sustituta y arriesgar a quedarse sin intervenir en la interpretación de una pieza, La mer, de Claude Debussy, que significaría uno de los hitos más importantes de su carrera.

Y al poco de haberse instalado, descubre que dos niños que viven en el mismo edificio y que llevan la misma vestimenta que sus padres ultraortodoxos han entrado al apartamento, hábito que parecen haber adquirido muchos antes con el consentimiento de la madre de Noga, a mirar televisión, lo que en sus convenciones religiosas les está totalmente prohibido. Entre el horror y la incredulidad, ella intenta echarlos de su casa con muy poca fortuna, hasta que termina haciendo colocar unos cerrojos, tanto en la puerta principal como en una ventana del baño, para que los dos pequeños intrusos no puedan entrar más. Y mientras tanto su hermano, que trabaja en el área de los medios de comunicación, sugiere que, para dar alguna utilidad a sus días de ocio, Noga trabaje como figurante en algunos cortos publicitarios, una forma de matar el tiempo y también de ganar algún dinero.

“Tengo un camino”

Me resulta raro volver a mi patria y trabajar como extra”, dice Noga en cierto momento, y su protesta deja establecidos viejos y nuevos roles en su vida: su condición de extranjera, tanto en el plano geográfico como en el afectivo, de pronto la descubre ante una serie de interrogantes que va más allá de esas semanas de prueba, que convoca a su pasado, a la relación con su exmarido, a su decisión de no tener hijos (causa del divorcio) que su madre recrimina con perseverancia, a su desempeño como música, a su calidad de desterrada voluntaria.

En esa breve labor como figurante, ella participa en dos o tres comerciales, en un documental y en tres funciones al aire libre de la ópera Carmen, pero luego se enrola en la grabación de una serie televisiva que replica la vida en un hospital, y cuya locación se ubica en un viejo y enorme almacén deshabitado que, tras deambular por su desolado interior, “se le ocurre de repente, es una metáfora de la humanidad, y todos somos figurantes en su historia sin saber si al final nos espera una solución creíble y grata”.

¿Cómo he podido pasar, en solo un par de semanas, de ser una música profesional a una simple y sustituible extra de películas?”, se pregunta. Recuperar su identidad es entonces el principal objetivo de Noga, que ve cómo el barrio (el país) de su infancia se ha inundado de fundamentalistas para los que cualquier novedad o cercanía resulta amenazante, ya desde un televisor hasta un simple apretón de manos entre un hombre y una mujer. Doble alegoría, el camino de regreso no está donde uno cree encontrarlo, el regreso nunca es posible al mismo lugar que nos vio nacer, en particular en una nación donde, tal como el propio Yehoshua ha denunciado, los radicalismos se multiplican y han pasado a formar parte de lo normal.

Necesito que cada ladrillo en la construcción tenga un significado para el ladrillo de al lado”, le dijo Yehoshua el año pasado a la uruguaya Ana Jerozolimski con respecto a su relación con la escritura. “Yo planifico. Casi no borro. Escribo despacio, pero no borro. Pero cada uno va por el camino que le resulta mejor. No hay reglas para eso. Tengo un camino. A veces me pasa que al principio me cuesta ver dónde estoy, pero entonces determino cuál será la meta, cuál será el final y entonces me acerco a él paso a paso, lentamente.” Tal como ocurre en esta novela.

La figurante, de A.B. Yehoshua, Duomo Nefelibata, impreso en Italia, 2017, 347 páginas