La muerte se viste de prensa

Existe un afán por hacer pública una solidaridad humana que se ha trasladado a la conciencia colectiva. El último atentado yihadista en Francia que ha cobrado más de 120 muertes y más de 130 heridos –hasta el momento-, ha sido motivo para magnificar la idea de un atentado terrorista que es cruel e incivilizado, pues solo busca la muerte por la muerte. Entonces, una serie de protestas han salido a demoler a esa parte del mundo bárbaro, que atenta contra la tranquilidad del mundo occidental europeo víctima de este lamentable hecho. Al menos, así lo informan los medios.

El problema de los medios de comunicación ha recaído en esa forma de protesta unilateral que no mira más allá de intereses personales. Intereses, que seguro, deberíamos aceptar y sostener al ser una porción de ese mundo occidental que se erige como arquetipo dentro de una sociedad con dominantes y dominados. En realidad, esto no solo es una forma de buscar manipular una información que carece de análisis crítico, sino, además, una forma de programación selectiva para sugerir la invitación a la piedad, pero solo de una parte y no de la otra. Y los usuarios de estos medios, aquellos que carecen de análisis crítico, han de dejarse llevar por imágenes desgarradoras que hacen comprometernos con el dolor francés, un dolor a medias, uno que no permite mirar la otra cara de la realidad.

Esta especie de sobredimensión de la violencia que proponen los medios, que se orienta a disminuir la información con el fin de buscar más audiencia parece ser el método del actual seudoperiodismo. La idea de exhibir las muertes y alinearse hacia un bando busca que los receptores, sobre todos los más pasivos y alejados de la realidad, entiendan solo una forma de ver la situación. ¿Recuerdan la forma de narrar la información cuando ocurrió el atentado contra la revista Charlie Hebdo?

Este último atentado contra Francia es sumamente condenable como lo es todo tipo de guerra que genera violencia y muertes inocentes en cualquier parte del mundo. Todos hablan de Isis y su terrorismo cruel, pero nadie habla de intereses de poder de los países europeos, llámese Francia, de las conversaciones bajo la mesa con Estados Unidos, y del petróleo en grandes masas que es una fuente atractiva para los ojos libidinosos de estas potencias.

Es en esta mirada fría que recae el silencio que se propagó tras las muertes de inocentes sirios en octubre a manos de los rusos. La cifra: más de 4200 muertos. Pero ello no es de lamentar, seguramente. Y qué hay de los atentados en Beirut, en Palestina, en Kenia. Todo es igual de lamentable y, sobre todo, como lo fueron las muertes de miles de palestinos en julio, a manos de israelís. Esto es asunto de todos los días en Medio Oriente, pero al ser una realidad lejana, no nos lamentamos por ello, o peor aún, los medios no nos los hacen ver así. Al parecer las muertes de “allá” son algo natural, propio de su forma de vida y actuar, bárbara, primitiva y generalizadamente terrorista.

Con todo ello la sumisión ante los medios o la influencia que ejercen se hace evidente, sobre todo, si no sabemos la idea transversal que marcan los hechos iniciales de estos conflictos bélicos. Estas muertes no aparecieron recién ahora; están ahí desde siempre. Y ello es lamentable: no ver, no actuar, no reclamar por eso. Toda forma de atentar contra la vida es condenable, y por eso mismo, debe tratarse de la misma forma en cualquier situación. Tal parece que estamos volviendo a la misma situación de Charlie Hebdo y la campaña masiva de informar una solidaridad al irrespeto y la intolerancia. Esta forma de comunicar de la seudoprensa es el reflejo de una sociedad que se resiste a aceptar la diversidad, a pesar del tiempo, y se ha condenado a vivir en la burbuja de su propia forma de pensar, arcaica, obsoleta y sin sentido de equidad.