La madre y la noche como símbolo, sobre Pan de la noche de Ibán de León

El poeta checo Vladimir Holan en su poema titulado Madre habla sobre una milagrosa ubicuidad, posible por lo tanto, de este ser esencial en la vida del ser humano. ¿Has visto una vez a tu vieja madre en el momento de tender la cama?, dice. Con el amor de sus manos con que tiende la cama, y su respiración, puede apagar en el pasado un incendio en Persépolis o dará calma en el futuro a un mar de China o alguno hasta ahora desconocido.

Holan sintetiza en escasos 10 versos la repercusión que tiene en la vida de los seres humanos la figura de la madre, el amor bilocal y un tanto sobrenatural posible de acontecer en la línea flexible del tiempo, hacia atrás y hacia delante, en la memoria y su alquimia.

La madre desde tiempos remotos existe.

En Pan de la noche, la figura central es la Madre. La madre, como la noche, es un símbolo, tanto en la vida como en la poesía.

Si bien, este libro se escribe en el estado al cual San Juan de la Cruz refería como la Noche oscura del alma, dónde hay orfandad, ese proceso extenuante que se inicia con la orfandad, que precede a la pérdida, el poeta también es espectador de la destrucción de su ciudad natal, donde está la primera morada, la primera casa que también es el vientre materno.

La muerte sucede en casa, pero también está en las calles. Surge todos los días por las grietas de las banquetas como una clase de flor dolorosa: acribilla a sus hijos, cercena sus cuerpos, los lleva a las montañas y los tortura. Esto pasaba de forma impune, el pan de cada día, durante los gobiernos de los sexenios pasados. Es una orfandad doble, y sin embargo hay algo esencial que se resiste a la destrucción: la infancia. La poesía también es una casa; el lenguaje, un país.

La noche por su parte es un sustantivo y también un adverbio de tiempo y una protagonista ideal. Tiene diferentes formas de manifestarse: huele a pan horneado, es una argamasa moldeada por las manos milagrosas de la madre; pan de la noche, pan que se hace durante la noche, la materia de la que está hecha la noche, prolongación de las manos de la madre, las manos de la madre que hornean la noche.

Recordar a la madre a altas horas de la madrugada significa sentir un amor profundo por ella y que es distinto en las horas, por ejemplo, matutinas o en la lejanía, incluso.

Recordemos este verso entrañable del poeta Gennadi Aigui, que a mí parecer, alcanza su esplendor a altas horas de la noche: Cuando nadie nos quiere, / empezamos a querer a las madres.

Ante la muerte uno es siempre espectador. La imposibilidad de evitar, retrasar, lo imposible, nos coloca en una condición de orfandad. Mi mamá, la única que tuve, dice Ibán. Sólo las palabras parecen ofrecer una partida de cartas justa.

Este libro incursiona en un género cuyo linaje proviene de una larga serie de grandes poetas. José Carlos Becerra habla sobre la primera lluvia después de la muerte de la madre. Los muertos acumulan años en la vida de los vivos. Llueve, es tu primera lluvia, escribe.

Marco Antonio Montes de Oca en uno de los versos más memorables dedicados a su madre, escribe: Algo que parte al rayo me ha partido.

Ibán de León, en el mismo tenor halla este favor recibido en unos de sus poemas más conmovedores de todo el libro: Es mayo otra vez, mamá. Y llueve. Y mejor aún: Ha llovido en la noche una primera lluvia de cangrejos.

Mientras la madre espera la hora final, los hijos, distintos a los de la infancia, continúan con el curso de la vida. Salen y cazan, de forma primitiva, la cuadrilla de cangrejos que aparece con la primera lluvia.

Es mayo otra vez, mamá.

Y llueve.

Sobre el afán de mis papeles ha caído un recuerdo

     llamado carcinoma.

Se llama carcinoma esta mañana con su tierra mojada,

con la ropa húmeda que tendimos de noche y hay

     que lavar de nuevo.

Es la primera lluvia que no limpia, que levanta

     el calor del pavimento con sus orines viejos.

Tú estás en el cuarto de hospital, en medio del dolor

     y los reclamos.

Estás ahí rendida, pidiendo entre sollozos que te lleven

     a casa a morir en tu cama.

Ha llovido en la noche una primera lluvia de cangrejos.

Amaneció nublado y parece domingo.

Son las siete, tal vez, casi la luz.

Mi hermano Gil y yo vamos a ver, buscamos.

Es una playa extensa junto a un mar implacable

     que revienta su espuma entre la arena.

Agua turbia del aire nos golpea al llegar, sentimos frío.

Armados con las pinzas para el pan, cada quien

     con su bolsa.

Con la primera lluvia emergen los crustáceos,

     salen del corazón de la mañana.

La consigna es capturarlos con cuidado. Luego irán

     a encontrarse en la cubeta.

La consigna es capturarlos suavemente, buscarlos bajo

     piedras, entre hojas.

Acorralar la línea de sus huellas.

Es el manjar de un día, una muerte que vuelve cada

     año y alimenta las bocas de tus hijos,

de otros hijos que fuimos cuando niños.

Sólo una vez al año, sólo con la primera lluvia.

La miseria nos dio, a mediados de mayo, una carne

     prestada para engañar al hambre.

Hay una gran tristeza en todo esto: matamos para ser,

     siempre es así.

Se llama carcinoma este platillo donde sueñan el chile

     y el laurel.

Y el frijol y las hojas de aguacate.

Mientras muere el cangrejo atravesado por su propia

     tenaza,

otro cangrejo clava en tus pulmones la tenaza

     del miedo.

Freud representaba a la madre con la figura de la araña más allá de la representación del poder, más grande que el dominio del macho, o como la figura tejedora, de múltiples patas.  La madre carga con las crías a la espalda, va al mercado, continúa siendo niña cuando lucha contra un futuro desafortunado. La araña prefiere devorar a sus crías antes que éstas sean devoradas por el tiempo.

Son misteriosas las formas de trabajar de la madre. Se levanta temprano, hornea el pan, carga la canasta y sale a venderlo, provee de recuerdos a los hijos que no dejan de gestarse a su amparo, lava ropa, agoniza, se quema por dentro por el cáncer, el cangrejo que devora por dentro después de haber prestado su carne para alimentar a quién lo necesitaba, el cangrejo en su constelación y en el diagnóstico extraordinario, carcinoma. Cáncer, el cangrejo que recibe todos los nombres de la muerte, que cae del cielo en las épocas de lluvia y que obliga a los habitantes de la noche a buscarse la vida hasta por debajo de las piedras.

Ahí en esos mercados, entre los olores a pan y los baldíos y la lluvia, se está creando el poeta que años después regresará a su lugar natal a cuidar de la madre enferma y escribir su historia como nadie. Pan de la noche es un reloj de agua que uno puede voltear una y otra vez y hallar en cada vuelta —todas las vueltas pertenecen a la vida— un momento luminoso en cada verso.

Ibán de Léon es un poeta en toda la extensión del término. Hace de su experiencia una experiencia poética porque lo siente necesario. No lo hace por responsabilidad. Sí por oficio, pero sobre todo por necesidad. La imposibilidad de colocar sobre la mesa los sentimientos que se muestran oscuros, un tanto vagos, es el ejercicio del poeta, es la forma del balbuceo casi místico que deberá ser escrito.   

Como el poema de Vladimir Holan, la madre aún sostiene el mundo del ser humano, vive en el subconsciente, desdobla cada arruga de la cama al tenderla al mismo tiempo en que época pasadas, daba calma a un mar en Asia o en cualquier parte del mundo, desdobla las arrugas del agua de los lagos. Su amor comparte lógica con la Teoría del Caos. Todo aquello que se provoqué aquí, tendrá su repercusión allá, en hora y en sitio.

Pan de la noche, es un libro que se mueve con calma, de baja velocidad, porque para mirar es necesario tener tiempo, tener fe. De eso se trata la poesía. Yo me llamo Juan, nacido en marzo. / Hay fe si lo repito mirándome los dedos, dice el poeta. Su personaje se llama Juan. Tiene un nombre sencillo. Ibán de Léon alecciona. Los nombres sencillos pertenecen a la poesía. El poeta ya no es un dios o un mago, trabaja como un alfarero con figuras sacras, correspondientes a la divinidad, sí, porque cosas sencillas son los dioses.

Hay fe para sentirse cerca de la poesía nuevamente cuando uno abre este libro.

Manuel Becerra Salazar

Manuel Becerra Salazar (Ciudad de México, 1983) es autor de Cantata Castrati, Editorial Colibrí, Colección As de oros, México, 2006; Los alumbrados, Estado de México, 2008; Canciones para adolescentes fumando en un claro del bosque, Universidad Autónoma de Zacatecas, México, 2011; Instrucciones para matar un caballo, Conaculta/FONCA, México, 2013; Fábula y Odisea, Mantis Editores; 2020, La escritura de los animales distintos próximo a publicarse bilingüe en Song Bridge Press, Iowa City, 2020. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2019, Premio Nacional de Poesía Enriqueta Ochoa 2014, Premio Nacional de Poesía Ramón López Velarde 2010, entre otros. Ha asistido a diversos festivales internacionales en Nueva York, Filadelfia, Canadá, Japón y Cuba. Obtuvo la Beca para formación de jóvenes escritores que otorga la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía, (2009-2010). Fue escritor residente en Omi Art Center en la especialidad de poesía en Nueva York, 2018. Fue

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