El Nobel entra a escena

          

  ¿Qué concepción del arte se esconde detrás de los discursos de aceptación de los premios Nobel de literatura? 


En 1934, el premio se otorga al escritor siciliano Luigi Pirandello (1867-1936). Fue un escritor prolífico, con novelas como Il turno (1902), L’esclusa (1906) y Si gira (1916), esta última titulada a partir del término que se usa en el rodaje cinematográfico para avisar que se va a filmar. Sus cuentos están reunidos en los quince volúmenes de Novelle per un anno (1922-1937) que contienen un relato por cada día del año y entre sus títulos de poesía encontramos Mal giocondo (1898) y Fuori de chiave (1912). Descolló en el teatro: entre sus obras aparecen Cosí e (si vi pare) (1917), Il gioco delle parti (1918), L’imbecille (1922) y Ciascuno a suo modo (1924). Por supuesto, es Sei personaggi in cerca d’autore (1921) su título más inolvidable. En la presentación, la Academia destaca el poder mágico de Pirandello de transformar el análisis psicológico en buen teatro y declara que su temática central es la disolución del yo. El discurso de aceptación de Pirandello es corto y destaca que para su éxito literario recurrió a “la escuela de la vida” y concluye: “Espero que este premio que se me otorga haya sido menos por la virtuosidad del escritor, siempre mínima, y más por la sincera humanidad de mi trabajo”. En el comienzo de Seis personajes en busca de un autor vemos la genialidad del italiano cuando el personaje del Padre señala: “Usted sabe muy bien que la vida está llena de absurdos y que estos, extrañamente, ni siquiera deben aparecer como creíbles, ya que son verdaderos”. En 1935 el premio no se otorgó y en 1936 recayó en el escritor americano Eugene O’Neill (1888-1953), quien también fue un escritor prolífico y, como Pirandello, se destacó en el teatro. Es reconocido por haber introducido el realismo de Chéjov e Ibsen en la dramaturgia estadounidense. Entre sus obras más conocidas se cuentan Luna de los caribes (1918), Anna Christie (1921), El mono peludo (1922), Deseo bajo los olmos (1924), Extraño interludio (1927), A Electra le sienta bien el luto (1931) y Días sin fin (1934). La Academia lo llamó un dramaturgo trágico cuyas obras demostraban una gran intensidad de sentimiento. O’Neill mandó una carta de aceptación donde destacó la influencia del dramaturgo sueco August Strindberg. En Dínamo, de 1929, uno de sus personajes dice: “Creer en el sentido común es la primera falta de sentido común”

             Y el pescador dijo: “Habla y abrevia tu relato
porque de impaciente que se halla mi alma
se me está saliendo por el pie”.
Las mil y una noches, “Historia del pescador y el efrit”.