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La larga risa de Vallejo

Desde cerca, el poeta César Vallejo dista mucho de esa imagen triste y desolado con la que se le identifica. 


Mi relación con la poesía de Vallejo se resume en un momento clave: mi labor como docente de Cátedra Vallejo. A partir de ello, la visión lejana que tenía de ese poeta que jamás comprendí en el colegio, se hacía cada vez más cercana, más familiar, más propia. Al leer con conciencia crítica su poesía comprendí que él era muchísimo más que esa imagen sesgada de poeta triste y desolado. Vallejo tenía un alma que trascendía y que hacía comprender las cosas que sucedían alrededor. Su vida y su literatura también tenían humor, evocaba recuerdos de la infancia, de su presente mismo, y, sobre todo, había en sus letras un enorme aprecio por la tierra, por ese Perú y ese Santiago de Chuco que jamás olvidó. Desde entonces, nunca volví a mirar equivocadamente a Vallejo como en mis años adolescentes.

Cátedra Vallejo fue una de las asignaturas emblemáticas de la universidad. Y en las aulas significó toda una experiencia compartir poesía con adolescentes que quizá no tenían la mínima intención de pensar en literatura. Sin embargo, fue sumamente gratificante ver cómo esos rebeldes literarios, poco a poco, pudieron interactuar no solo con la poesía de Vallejo, sino con su vida y con los otros géneros en los que incursionó. Se trataba, sobre todo, de cambiarles esa equivocada visión escolar. Esa que les decía que Vallejo era un tipo desolado y muy triste a la vez. Esa idea equivocada que nos dijo que a Vallejo nunca se le reconoció nada en vida y siempre vivió en la miseria y en el olvido. Entonces conocimos a un Vallejo que ha ido mucho más allá del enfrentamiento ante el dolor y la miseria humana de la que nos habla en Los heraldos negros. Comprendimos el humor vallejiano, su ironía, su vida social, su incursión en otros géneros que quizá desconocían. Leímos su narrativa y descubrimos que había mucho más que Paco Yunque y el Tungsteno. Entendimos el mundo de entonces y su visión de futuro a partir de sus artículos periodísticos que escribió en Francia. Y sobre todo, disfrutamos de su teatro, esas obras que se escenificaron en las aulas y se vivieron como alguna vez a él mismo le hubiera gustado vivirlas. En suma, vimos a un Vallejo mucho más humano.

A lo largo de las sucesivas temporadas académicas, encaminamos el curso centrándonos en la mirada de Vallejo sobre el mundo. De ahí nace el interés por lograr que los estudiantes conozcan, comprendan, asimilen y valoren la  vida y la obra de Vallejo,  y  a la vez lo reconozcan como un peruano esencial para la construcción de su identidad personal y colectiva. Esto permitiría que se avive y se fortalezca su sentido de pertenencia, su identidad, su filiación al Perú, en medio de un mundo cada vez más globalizado. Esa, sin duda, habría de ser una tarea sumamente complicada, pero se logró, de a pocos, se logró.

Escribo esto porque hoy Cátedra Vallejo es un curso que, en teoría, ha fenecido, pero que en la práctica, desde cualquier espacio, sigue latiendo y alentando que la poesía no muera nunca y, por supuesto, con ese incentivo, jamás morirá. Desde esa trinchera a veces escondida e ignorada, quienes todavía quedamos en el terreno vallejiano, alentamos el amor por las letras, por la poesía, por el mismo poeta César Vallejo. La tarea seguirá siendo difícil, seguramente, pero será al fin y al cabo valiosa. Ver a las nuevas generaciones con Los heraldos negros entre las manos, leyendo o escribiendo poesía es una de las satisfacciones más grandes que nos puede dar la literatura a quienes nos dedicamos a esta labor, aunque sea difícil, compleja y muchas veces invalorada. No queda otra alternativa: hay muchísimo por hacer.

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