La jubilación de los ladrones

Ronnie Biggs posing on Copacabana beach

Aunque se evite con voluntad feroz, el ocio como la vida se vuelve tan aburrido como un cuento dos veces contado. Tal vez Ronnie Biggs haya leído alguna vez  las líneas  de  Shakespeare que a la vez  Nathaniel Hawthorne tomó  para titular su famoso libro de cuentos, pero el que fue el ladrón más célebre del siglo XX decidió regresar a Inglaterra luego de pasar treinta y un años en las playas de Río de Janeiro.

El apellido de Biggs saltó a la popularidad en 1963 cuando junto a un grupo de amigos –como él, ladrones de carrera mediocre– se hizo de un botín de 2,6 millones de libras esterlinas de un tren postal que iba desde la ciudad escocesa de Glasgow a la estación londinense de Euston. Los diarios titularon el caso como «el robo del siglo» –hoy serían algo así como 69 millones de dólares– mientras Scotland Yard emprendía una cacería que en pocas semanas resultó benéfica: trece de los quince integrantes de la banda –salvo Bruce  Reynolds y Buster Edwards–  fueron encarcelados.

Algún tiempo después del juicio en el que Biggs obtuvo una condena de treinta años, otro plan se gestaba:  liberarlo. Una noche de julio de 1965 el ladrón se escapó de la prisión de HM Wandsworth. Como el suelo de Inglaterra ardía, Biggs se escondió en París donde consiguió pasaportes falsos y se hizo una operación de rostro. Pensó que un lugar tan lejano como Australia, donde sin embargo se hablaba inglés, sería un insospechado refugio. Se instaló en un suburbio de Glenelg, en Adelaide. En los cuatro años que vivió en Australia Biggs trabajó de lo que había sido, junto al robo, el oficio de toda su vida, la carpintería.

La  tranquilidad de Biggs se rasgó cuando Scotland Yard recibió una carta anónima que lo delataba. Decidió huir a Panamá, otro lugar perdido para la imaginación de cualquier europeo. Por esos años Reynolds y Edwards también elegían Sudamérica para refugiarse. En las playas de Acapulco disfrutaban de un botín que lentamente empezaba a evaporarse.

La última parada en la fuga de Biggs se llamó Río de Janeiro. Las fotos de todos esos años lo muestran bronceado, con una sonrisa de dientes blancos, con el pelo largo. Y aunque Scotland Yard lo intentó un par de veces, nunca logró arruinarle las vacaciones. Al no tener Brasil tratado de extradición con Inglaterra, Biggs pudo gozar de una vida al aire libre.

Biggs se convirtió en una celebridad. Periodistas de aquí y de allá llegaban a Brasil para entrevistarlo, para que contara la historia del robo del siglo. La libertad de Biggs molestaba a la justicia, a las reglas del establishment: el ladrón finalmente se había salido con la suya. Incluso para muchos británicos, era una especie de héroe de la clase trabajadora.

Hasta Río también viajaron los Sex Pistols para grabar con él “No One Is Innocent” y «Belsen Was a Gas», del disco The Great Rock ‘n’ Roll Swindle. Biggs puso su voz para otros grupos de punk rock como el alemán Die Toten Hosen y el argentino Pilsen.

Hubo un momento, sin embargo, que alguien pareció arrebatarle la fama a Biggs. Curiosamente no fue Reynolds –el verdadero cerebro del robo– con su autobiografía  The Autobiography of a Thief y sus actuaciones estelares en series británicas sino el pequeño Buster Edwards. Sucedió en 1988. El film, una aleccionadora comedia dramática titulada Buster, mostraba los infortunios del ladrón junto a su familia, que una vez en Acapulco, a salvo de Scotland Yard, y con una vida despreocupada,  les fue imposible acostumbrarse a una nueva cultura –el idioma español siempre ha sido muy difícil para los anglosajones…

Buster se entregó a la policía, y terminó cumpliendo una condena de nueve años. Al salir de la prisión consiguió trabajo en  un pequeño puesto de flores en  Waterloo Station, en Londres. Era habitual que la gente le pidiera autógrafos o se sacara fotos con él.  Su amigo Reynolds, que había sido su anfitrión en Acapulco, un buen día se cansó de las playas y regresó a Londres donde, inevitablemente, Scotland Yard logró atraparlo. Estuvo casi diez años en la cárcel. Salió en 1978.

El protagonista de Buster era el simpático Phil Collins, que también se hizo cargo del soundtrack. Los singles «A Groovy Kind of Love» y «Two Hearts» llegaron a los primeros puestos de los charts en Inglaterra y los Estados Unidos. La banda de sonido fue nominada a un Oscar y obtuvo otros de esos premios que sólo sirven para vender más discos.

En el 2001 las vacaciones terminaron para Mr. Biggs. Su salud empeoró y el inglés no lo dudó mucho: la medicina británica, tan gratuita como de buena calidad, era un botín difícil de rehusar.  Hizo un acuerdo económico con el nefasto The Sun y junto a un periodista del periódico mientras viajaba en un jet privado, contó otra vez su historia al mundo. En el 2009 consiguió un perdón humanitario por la fragilidad de su salud. Murió en un asilo de ancianos en el barrio de East Barnet, al norte de Londres.

Pocos años antes, el inefable Buster se había suicidado en el garaje de su casa. Su hermano lo encontró colgado del techo. Hacía tiempo que el ex ladrón era alcohólico y sufría de depresión. Para muchos, la extensión del subterráneo, que había perjudicado su puesto de flores, como los nueve años en prisión, contribuyeron a la decisión de Buster. En sus últimas entrevistas había confesado que era un hombre de suerte por tener un negocio y ser su propio jefe, aunque era demasiado aburrido si lo comparaba con  su vida de ladrón. “Muchas veces ni siquiera lo hice por dinero. Tuve trabajos que no me dieron ni un centavo, pero ¡qué adrenalina!”.

 

 

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